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ALEJANDRO MARTÍNEZ VÉLEZ (EUROPA PRESS)

El necesario entendimiento entre PP y PSOE para sacar a España de su estupor

Andrés Ortega

10 mins - 17 de Noviembre de 2023, 07:00

Rien ne vas plus, dicen los croupiers una vez lanzada la bola en la ruleta. Pero la política no es una ruleta; los resultados, no digamos ya los tiempos, están por determinar. No se elige, ni se gobierna o legisla, por sorteo (algunos lo proponen). Dicho esto, de todos los problemas que tiene España, que son muchos, hay uno que destaca entre todos porque es clave para intentar resolver varios de ellos. No es el problema catalán, tan divisorio, en el que el Estado siempre ha demostrado querer y saber defenderse; veremos ahora. Ni la creciente desigualdad, más importante entre clases sociales, pero de estas casi no se habla, y generaciones que entre Comunidades Autónomas. Para corregirla deben cambiar muchas cosas a nivel español y mundial. Ni el empobrecimiento relativo del país en los últimos tres lustros, bajos gobiernos de distinto signo. Uno de los problemas más graves de España es que los dos primeros partidos, PP y PSOE, son incapaces de ponerse de acuerdo sobre algunas profundas transformaciones que necesita el país. Esta falla no es algo propiamente español -la polarización y la crispación han aumentado en casi todas las democracias, vaciando el centro-, mas tiene causas específicas españolas. El largo estupor provocado por los atentados del 11M de 2004 la ha agravado. En buena parte, seguimos en él.

La investidura de Pedro Sánchez, con una abigarrada, pero clara mayoría, en el Congreso y un programa de difícil cumplimiento, ya está hecha. Es un comienzo, no un fin. El PP seguirá siendo esencial para pactar las reformas que la Constitución y las instituciones, e incluso la economía, necesitan. De no reformarlas se romperán. Demasiado tiempo se ha perdido. Y para reformarlas hace falta el concurso -no se trata de ninguna gran coalición- del PP y del PSOE, necesarios pero no suficiente, pues hay otros partidos que tienen que concurrir. No parece posible. ¿Por qué?

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Aunque hay cuestiones que vienen de lejos, de la sublevación de 1936, de la Guerra Civil, y de la larga dictadura franquista, sin embargo, se gestionaron relativamente bien durante la Transición. Otro precedente es 1993, cuando el PP de Aznar que se daba por ganador, no soportó la victoria, sin mayoría absoluta, del PSOE de Felipe González, y se abrió la caza del todo vale, removiendo el estiércol del Estado profundo, que lo había.

Sin embargo, lo que en muchos sentidos marcó la divisoria, la falla, fue el golpe de terrorismo yihadista del 11 de Marzo de 2004, una violenta irrupción de la política exterior en la interior. Perdió el PP tres días después del atentado, en buena parte por los intentos de manipulación informativa del gobierno del Partido Popular, especialmente de Aznar que no se presentaba. Al ganador, Rodríguez Zapatero la derecha, el PP, le tachó de “presidente accidental”. Luego vino, en 2018, la moción de censura que Sánchez ganó a Rajoy, de nuevo insoportable para el PP. Tampoco ahora la derecha perdonará a Sánchez la nueva investidura, no sólo por las concesiones a los independentistas catalanes, aunque amnistía no es amnesia, menos aún olvido, y todavía menos extinción del tipo de delito, sino de la pena. El pacto de investidura con los independistas catalanes implica (con su referencia al art.92 de la Constitución), al menos de momento, una vuelta de todos al marco constitucional. Es comprensible que no guste a mucho ciudadano, votantes de las derechas, de las izquierdas o, también, de los independentismos. Pero la política de concordia ha cambiado el ambiente en Cataluña, mucho más que en el conjunto de España.

Por tercera vez en lo que va de siglo, sienten los populares que los socialistas les han robado la Moncloa, cuando el PP había llegado en cabeza el pasado 23J. “Ilegítimo”, “fraude”, “dictador”, le llaman ahora a Sánchez. Pero su investidura es resultado del juego de un sistema parlamentario -con una clara mayoría-, de un cuerpo político que se resiste, a un precio, sí, que puede no gustar, a ver a Vox ejercer el poder nacional, sobre todo a la vista de las primeras medidas de gobiernos de PP y Vox en algunas Comunidades y Ayuntamientos, justo antes del 23J. 

El PP, compitiendo con Vox, se ha escorado a su derecha y esta investidura, más la fracasada de Núñez Feijóo, ha puesto de relieve su soledad. ¿Solo se puede entender con Vox? Es preocupante en un partido central que pertenece a una de las grandes familias del panorama europeo. El PNV lo ha entendido bien y, se verá con el tiempo, lo rescatará. El PSOE, por su parte, ante la necesidad de coalición, también se ha escorado, aunque el balance de la anterior legislatura es positivo en términos de avances sociales y gestión de la economía, como puede serlo la que ahora empieza, con menos leyes y más medidas. Como en otros países, con esta tensión el centro desaparece. ¿Volverá? Probablemente, cuando reconozca que tiene opciones. El PP haría bien en alejarse de Vox, y cultivar ese centro baldío, en vez de agitar la calle, con ese partido y otros; y el PSOE en no descuidar este terreno. 

Mientras, la falta de democracia interna en los dos grandes partidos se ha ahondado. A Casado, lo liquidaron de un plumazo para poner e Nuñez Feijóo. Sánchez, también barrido de malas maneras de la Secretaría General del PSOE, regresó al frente del partido en unas primarias democráticas. Pero en el último Comité Federal socialista, a diferencia de tantos otros anteriores, no se escucharon voces discrepantes. Todo en una situación mediática de trincheras y de odios, con un ruido que ha tapado la petición de Jorge Fernández Díaz, ex ministro del Interior de Rajoy, de inculpar al PP en el caso Kitchen. De nuevo, sobre la mala utilización del Estado profundo y la corrupción. Y mientras, tantos editoriales y columnistas se afanan en señalar “debe” o “tiene que” a unos y otros, en contra de las enseñanzas de aquel gran editorialista y columnista que fue Javier Pradera, que solía decir que desde los medios no hay que hacer ese tipo de apelaciones, ni escribir en primera persona del singular, y cuantos menos adjetivos, mejor.

Con estos mimbres va a resultar difícil, si no imposible, recomponer unas áreas de grandes acuerdos transversales que el país necesita. El PSOE en el poder no ha hecho participar al principal partido de la oposición en demasiadas cosas. Ahora bien, no cabe olvidar que el PSOE apoyó al PP votando a favor de la aplicación del art.155 de la Constitución contra Cataluña en octubre de 2017, o apoyó la renovación de instituciones. Un año antes, un PSOE dividido había hecho posible la investidura de Rajoy con su abstención, con alguna excepción como la de Sánchez, que dimitió de la secretaría general, entregó su escaño y volvió a empezar. El PP no echó ninguna mano, ni ante la crisis que empezó en 2008, ni durante la pandemia, ni ante los efectos de la invasión rusa de Ucrania. Más bien lo contrario e incluso intentando poner palos en las ruedas al gobierno de coalición progresista en Bruselas, algo que no se entendió allí. Un movimiento peligroso y que daña la imagen del país, el de llevar las querellas políticas internas a Bruselas. 



Es verdad que el voto del PP permitió hace unos meses que un socialista fuera elegido alcalde de Barcelona, pero los populares siguen sin querer renovar el Consejo General de Poder judicial, lo que en las tensas circunstancias actuales sería bienvenido. Sea como sea, e incluso si uno u el otro vota a favor de leyes propuestas por el otro o el uno, esta falla ha ido a más, impidiendo esos grandes acuerdos necesarios, que no tienen que cubrirlo todo, pues las diferencias existen y son parte sana del juego democrático. El debate bronco entre Sánchez y Feijóo en la sesión de investidura del primero fue poco edificante.

El sociólogo José Antonio Gómez Yáñez sitúa en los atentados de 2004 un cambio paralizante de este país. El 11-M causó estupor (palabra muy orteguiana que significa “asombro o sorpresa exagerada que impide a una persona hablar o reaccionar”) no solo en el PP, sino en toda la sociedad. Desde entonces, España anda desorientada. Un estupor de sociedad, de país. Lo contrario de lo ocurrido tras el asesinato del profesor y ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente en 1996, seguido un año después de el del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco, que movilizaron a la sociedad, y marcaron el principio del fin de ETA. 

También hubo estupor económico. A un alto precio. Ha contribuido, con las crisis, a que España haya pasado, con gobiernos del PSOE y del PP, después de años de progreso tras el ingreso en 1986, de un PIB por habitante (en paridad de poder de compra) de un 105,4% de la media de la UE en 2007, a un 85% en 2022. Y casi nadie se solivianta. La crisis que empezó en 2007-2008, y la pandemia han afectado a España más que muchos otros. En esta situación podría volver a tener acceso a los fondos de cohesión, lo que reportaría 6000 millones de euros. Pero sería una humillación. También el estupor ha frenado la suficiente renovación del tejido económico español. De las diez más grandes empresas que había en Estados Unidos en 2004, sólo queda una (Exxon Mobil) en ese ranking. La única nueva empresa en la lista para España es Inditex, un caso estudiado en Harvard. Aunque España ha hecho grandes progresos en comunicaciones digitales, autopistas y autovías, trenes de alta velocidad, biotecnología, energías alternativas, aeroespacial y otros campos, y los fondos y el plan pactado con Bruselas estén contribuyendo a esta transformación, más lentamente de lo previsto, entre otras razones, porque falta Estado. Empieza a haber un cierto desentumecimiento, insuficiente, pues el mundo en su derredor va muy deprisa.

A pesar de la polarización política, a pesar de que el bipartidismo se ha transformado, el PP y el PSOE, que suman entre ambos una amplia mayoría, se necesitan mutuamente, aunque no lo parezca. Y deberían saber que los ciudadanos se cansan de unos u de otros. La alternancia, se llama, aunque ya sea, previsiblemente, entre coaliciones. Aunque en España la política es muy dada al adanismo, no el eterno retorno.

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