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MAHMUD HAMS (AFP)

Robar el derecho a la verdad

Borja Monreal Gainza

5 mins - 6 de Noviembre de 2023, 07:00

A lo largo de la historia la concepción de la verdad ha representado, además de una forma de entender nuestra realidad, un mecanismo más para ejercer y mantener el poder. Durante siglos, la verdad como revelación divina otorgó a clérigos y reyes la capacidad de imponer su reinado tanto en el mundo divino como en el mundano. Mucho más tarde, Descartes reinterpretó la verdad como representación de la realidad, poniendo en el centro del debate la razón y a la ciencia como mecanismo único de búsqueda de esa verdad. A principios del siglo XX, sin embargo, comenzó un cuestionamiento de esta concepción de la verdad. Tanto Nietzsche como Heidegger, abrieron la puerta de la verdad a las interpretaciones: consideraron que algo solo es verdad si se acepta el paradigma desde el que se construye cada una de esas verdades. La verdad, entonces, pasa de ser algo objetivo a una construcción social, una convención. De esta forma, decía Focault, la verdad es capaz de moldear lo que pensamos y lo que decimos y, lo que es más importante, lo que podemos o no podemos decir, lo que puede o no puede pensarse. 

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Hace unos días, tras la reacción de Israel a las declaraciones del Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, constatando lo obvio, que los ataques de Hamas no se habían producido en un vacío histórico, vivimos el último episodio de una ofensiva constante y continuada del Estado de Israel por robar al mundo el acceso a la verdad, intentando consolidar el marco sobre el que construimos nuestra percepción del conflicto: Israel es la víctima y Palestina el verdugo

Desde el principio del conflicto, Israel se ha hecho eco de una política de acoso y derribo contra cualquier visión que intente explicar, o incluso entender, el contexto de actual fase del conflicto palestino-israelí. Ha silenciado todas las voces internas y externas que intentan, como hizo ayer Guterres, explicar que el ataque de Hamas no fue una ocurrencia peregrina de unos barbudos que se levantaron una mañana con ganas de exterminar israelíes. Ha generado una narrativa deshumanizadora que ha sido capaz de confundir y asimilar Hamas con pueblo palestino y que, por derivación, ha acabado por atribuir a este último sus males y también sus consecuencias. Ha utilizado de manera burda la comparación con el Holocausto generando un paralelismo que, por el contexto y las magnitudes, resulta obsceno. Pero, sobre todo, se ha autoproclamado detentor de la verdad imponiendo un relato de víctimas y verdugos que nada se parece a una verdad histórica del conflicto. 



Porque sí, es verdad que el pueblo judío sufrió uno de los genocidios más brutales de la historia de la humanidad y que, tras él, se hacía difícil plantear la posibilidad de que los supervivientes regresasen a los pueblos donde sus familiares habían sido masacrados. Y es verdad que esto, tras décadas de colonización judía en Palestina, derivó en la creación del Estado de Israel como compensación de un sentimiento de culpa colectiva de los países europeos. Pero también lo es que la creación del Estado de Israel supuso la expulsión de sus hogares de centenares de miles de palestinos que perdieron sus hogares y su tierra por un conflicto del que ni siquiera habían participado. Es verdad que desde entonces el pueblo palestino ha visto como su espacio vital, tanto en territorio como en derechos y libertades, se ha visto constantemente reducido, atacado y vilipendiado por la política israelí. Es verdad que Hamas, ese grupo de fanáticos que sembró de muertos los kibutz israelíes, fue apoyado en su creación por el Estado de Israel para romper la supremacía de Fatah, una organización aconfesional y socialista que ostentaba la legitima representación del pueblo palestino y cuya fuerza en los años ochenta forzaba a Israel a negociar una solución, la de los dos Estados, cuyas fronteras eran insuficientes al ala dura del Gobierno Israelí. Es verdad que, tras su crecimiento social, político y militar, y alimentado por la beligerancia constante de Israel, ganó las elecciones en 2006 y que, tras un enfrentamiento con la OLP, se quedó con el control de Gaza. Y también es verdad que, desde entonces, Isarel ha impuesto unas condiciones de bloqueo absoluto al pueblo de Gaza que ha vivido arrinconado, amenazado y ahogado en una existencia de pura supervivencia que atenta contra la más mínima dignidad del ser humano. 

Todo esto es tan verdad como que los asesinatos del siete de octubre por parte de Hamas fueron de una brutalidad inasumible. Pero no lo es más que el hecho de que la respuesta de Israel contra la población civil es tan brutal como la de los terroristas que dice combatir, solo que multiplicada por diez. 

En los últimos días estamos viviendo el fracaso más absoluto de la comunidad internacional de llegar a un acuerdo para parar esta masacre. Y en parte se debe a la capacidad israelí de construir el paradigma sobre el que entendemos la verdad del conflicto árabe-israelí. El problema es que ese paradigma está trucado. Y la verdad que sobre él se construye no es más que un panfleto que pretende hacernos creer que el conflicto solo se puede ver desde los ojos del sionismo.  A esto sí podemos resistirnos.

Los más de nueve mil muertos palestinos, entre ellos millares de niños, ya han perdido su guerra. Devolvámosles al menos el derecho a la verdad. 

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