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Nathalie Paco

'Contra las elecciones, cómo salvar la democracia', D. van Reybrouck (2016)

Joan Navarro

11 mins - 2 de Mayo de 2022, 11:48

Al calor de las recientes elecciones presidenciales francesas, tras el susto en el cuerpo que para cualquier demócrata supone el sostenido incremento de la extrema derecha, he echado mano de mi biblioteca, triste consuelo, para releer Contra las elecciones, cómo salvar la democracia (2016), un pequeño y excelente ensayo de David van Reybrouck; autor de Congo (2012), uno de los libros que más me han impresionado sobre la crueldad humana, y de Odas (2021), un exquisito canto al optimismo humano.

 


Si lo buscas en Google, encontrarás no pocas reseñas que clasifican este ensayo del joven filósofo flamenco como una más de las muchas obras que "cuestionan la democracia". No hay nada de eso: al contrario, cada línea de su trabajo ejemplifica un comprometido esfuerzo por hacer frente a lo que el autor denomina "síndrome de la fatiga democrática" y que, como otros muchos autores, argumenta en una doble crisis de legitimidad y de eficiencia del sistema democrático, precisamente en el momento histórico de su mayor desarrollo en el mundo: "Nunca antes en la Historia hubo tantas democracias y nunca antes este sistema de gobierno tuvo tantos seguidores como en la actualidad".


Señala como síntomas de la "crisis de legitimidad" el paulatino incremento de la abstención en las democracias europeas, la mayor volatilidad en el comportamiento de los electores y el descenso de afiliados a los partidos políticos y sus organizaciones de apoyo, coincidiendo (sin citarlo) con el diagnóstico de Peter Main en Gobernado el vacío: y, como argumentos sobre la pérdida de eficiencia de las democracias, el incremento de las dificultades de gobiernos y partidos: desde las dificultades para la propia formación de los gobiernos, hasta los problemas para el mantenimiento de los consensos básicos sobre los que efectuar la gestión de la agenda pública. En esta línea, señala que "en Europa los gobiernos han perdido mucho prestigio y poder… Impotencia es la palabra que caracteriza esta época: impotencia del ciudadano respecto al Gobierno, impotencia del Gobierno respecto a Europa e impotencia de Europa respecto al mundo".

Especialmente interesante es su clasificación de diagnósticos. Cuando "la culpa es de los políticos, el diagnóstico es el populismo", al que no deja de denominar como "cursilería romántica". Si "la culpa es la democracia, el diagnóstico es la tecnocracia", personas no elegidas pero reconocidas como expertos, empresarios, organismos transnacionales, independientes… "pero la eficiencia no genera legitimidad de forma automática. En cuanto llevan a cabo recortes, la confianza en el tecnócrata se desintegra con la rapidez con que se funde la nieve al sol". Cuando "la culpa es de la democracia representativa, el diagnóstico es la democracia directa, bajo las fórmulas de We are the 99%, ¡Democracia Real Ya! y No nos representan. El propio autor reconoce que "ni el anti-parlamentarismo ni el neo-parlamentarismo conseguirán darle la vuelta a esta situación". 

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Obviamente, nos guarda para el final su favorito; cuando la culpa es de un tipo determinado de democracia representativa, esto es, la electoral. "Nos hemos convertido en fundamentalistas electorales. Despreciamos a los elegidos, pero idolatramos las elecciones… La humanidad lleva casi 3.000 años experimentado con la democracia y apenas 200 sirviéndose de las elecciones… un sistema que hasta las revoluciones (estadounidense 1776 y francesa 1789) sólo se utilizaba para designar al nuevo Papa".


Sigue el autor con una acertada y sumaria descripción del parlamentarismo como respuesta de la burguesía al Antiguo Régimen, así como su evolución: "Durante los dos siglos siguientes el sistema ideado en el siglo XVIII sufrió cinco transformaciones estructurales: el advenimiento de los partidos políticos, la introducción del sufragio universal, el auge de la sociedad civil organizada, la conquista del espacio publico por los medios de comunicación comerciales y, finalmente, el avance de las redes sociales", hasta llegar a la conocida descripción del ciudadano como consumidor y la "política nacional como serial diario, una radionovela con actores gratis", descripción que el autor entronca de nuevo con el "síndrome de la fatiga democrática".

Quizás sea la revisión histórica de la introducción al sistema electivo el apartado más sugerente. En "patogénesis", tras una revisión del funcionamiento de democracia ateniense y su peculiar sistema de elección y sorteo, concluye que "la democracia ateniense no se puede considerar una democracia directa, sino una democracia representativa muy peculiar; no electoral y representativa", que el autor denominará "democracia representativa aleatoria"; esto es, "una forma de gobierno indirecta en la que la diferencia entre gobernados y gobernantes se obtiene por sorteo en vez de por elección". 

Van Reybrouck entra de lleno en la tesis central de su obra, el sistema electivo como "reflejo aristocrático", citando a Aristóteles al referirse "al uso de la suerte para la designación de los magistrados como una institución democrática. El principio de la elección, por el contrario, es oligárquico". Revisa las experiencias de Venecia y Florencia para alcanzar la Ilustración. Su reflexión también abarca las palabras de Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748) cuando manifiesta que "el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia; el sufragio por elección es de la aristocracia"; y a Rosseau en El contrato social (1762), cuando señala que "el nombramiento por suerte es más de la naturaleza de la democracia. En toda verdadera democracia la magistratura no es una preferencia, sino una carga onerosa que no se puede imponer con justica a un individuo más que a otro". 



Citando a Bernard Manin, apenas una generación después de las dos obras más influyentes sobre filosofía política del siglo XVIII ya citadas, reconoce que "la idea de atribuir funciones publicas por sorteo había desaparecido casi sin dejar huella". ¿Qué fue lo que ocurrió? Para el autor, no fueron los aspectos prácticos (el gran tamaño de las nuevas naciones, la imposibilidad de disponer de censos fiables, el escaso conocimiento del funcionamiento real del modelo ateniense a finales del XVIII) sino justo, una peculiar idea de "republica" de los revolucionarios americanos y franceses en 1776 y 1789.

Los nuevos estados independientes americanos se instauraron como repúblicas, pero muy al contrario de lo que nos gusta señalar, no fueron democráticas. Para John Adams, "una democracia jamás durará mucho tiempo"; para James Madison, las democracias han dado siempre "el espectáculo de sus turbulencias y sus purgas". Para los juristas, latifundistas, propietarios de fábricas y plantaciones con esclavos, la democracia no entraba en sus planes. "El sistema representativo (por elección) tal vez fuera democrático por el derecho al voto, pero también era aristocrático debido al método de reclutamiento de candidatos: todo el mundo puede votar, pero la selección previa ya se ha realizado a favor de la élite". "La Revolución francesa, como la estadounidense, no desalojó a la aristocracia para sustituirla por una democracia, sino que apartó a la aristocracia hereditaria para remplazarla por una aristocracia elegida".

Para iniciar la "democratización del sistema electivo de voto censitario" tendremos que esperar al trabajo de Alexis de Tocqueville La democracia en América (1835) ya entrado el siglo XIX, quien curiosamente fue el primero en describir las tensiones que en su admirada democracia americana generaban los procesos electorales: "El presidente está absorbido por su deseo de defenderse. No gobierna por interés del Estado, sino por su reelección… A medida que la elección se aproxima, las intrigas se vuelven más activas y la agitación mas viva y difundida… la nación entera cae en un estado febril" (utilizo mucho esta cita cuando leo el catastrofismo con el que la prensa diaria trata al Gobierno de turno). Sin embargo (sigue citado a Tocqueville), en referencia a los jurados nombrados mediante sorteo, "el jurado sirve increíblemente para formar el juicio y aumentar las luces naturales del pueblo".

Pero esta obra no es (sólo) un tratado de filosofía política, sino una herramienta de agitación a favor de la revisión del funcionamiento de la democracia y, sobre todo, un intento de aportar soluciones a su crisis de legitimidad. En "remedios", el autor repasa las experiencias de democracia deliberativa, no sólo desde la óptica de una mayor implicación (por tanto, mayor legitimidad), de un mayor numero de ciudadanos en las tareas de gobierno, sino de sus efectos prácticos a la hora de lograr mayores consensos y mayor eficacia en sus tareas: "El proceso de deliberación había vuelto a los ciudadanos mucho más competentes, había sofisticado sus juicios políticos", de donde se siguen experiencias de participación deliberativa en Canadá, Islandia e Irlanda, para entrar de lleno en las propuestas (que no experiencias) sobre parlamentos en un sistema "birrepresentativo", por elección y sorteo, con bastante lujo de detalles que ya dejo para el lector.

"El sorteo no es un acto irracional, sino arracional; es un proceso neutral con el que es posible repartir de forma justa oportunidades políticas y evitar desacuerdos. Limita el riesgo de corrupción (sorteo siempre va asociado a rotación), rebaja la fiebre electoral e incrementa el bien común. Puede que unos ciudadanos elegidos por sorteo no tengan la experiencia de los políticos profesionales, pero tiene algo distinto: libertad. No necesitan ser elegidos ni reelegidos".

"Es indiscutible que el sistema democrático se debe renovar. La cuestión es cuándo… ¿hacemos la actualización antes o después de la debacle?… Claro que no es fácil reparar un vehículo cuando está en marcha, pero aún es más difícil hacerlo cuando ha sufrido un accidente". Vuelvo a nuestra actualidad: Trump, Bolsonaro, Johnson, quizás, ¿por qué no? Marine Le Pen, con Putin haciéndonos retroceder a lo peor del siglo XX.

Por un momento me he podido imaginar una democracia en la que los partidos políticos han perdido su monopolio en la selección de las elites, pero siguen siendo útiles para la formación de las preferencias ciudadanas; donde las legislaturas no acaban ni empiezan, pues el Parlamento se renueva por partes, dando continuidad a las políticas de largo plazo y posibilitando que sus señorías, mucho más sabios de lo que entraron al servicio publico, regresen a sus empresas y actividades profesionales, hasta que, en otra ocasión, la suerte les vuelva a llamar para éste u otro cargo por sorteo. Adiós a estas campañas electorales, estas farsas teatrales con las que ocultamos la realidad y la sustituimos por promesas asentadas en sueños irrealizables. Digo a éstas; quizás podamos encontrar otra forma de hablar de nuestras prioridades como comunidad; ahora no lo hacemos, y reconocerlo es un buen comienzo.

Por otra parte, y no menos importante, ¿cómo se transformarían los medios de comunicación? Quizás el info-entretenimiento barato que hoy llamamos comunicación política pueda madurar y afrontar la complejidad sin infantilizarla para sustraernos del miedo a lo desconocido (Innerarity, La sociedad del desconocimiento, 2022). No lo sé, a tanto no me alcanza. 

En una parte de mundo (pequeña, es verdad), la política logró sustituir a la violencia en el reparto de los recursos más escasos y valiosos de una sociedad: el poder, el éxito y el reconocimiento. Pese o, precisamente, contra Putin, no deberíamos renunciar a seguir avanzando. El autor de Contra las elecciones, cómo salvar la democracia sólo plantea un pequeño cambio: introducir el sorteo para la selección de una parte de nuestro cuerpo representativo, justo para mejorar la democracia representativa, no para sustituirla. Y me ha dado que pensar.
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