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AFP

De Gaulle y la derechización del debate político francés

Arsenio Cuenca

12 mins - 7 de Abril de 2022, 10:09

Existe a día de hoy, en las ensoñaciones del nacionalismo francés, una Francia eterna (éternelle). En el panteón de sus más ilustres hijos, al lado de Clovis, Vercingétorix o Juana de Arco, se encuentra Charles de Gaulle (1890-1970). Daba fe de ello el grupúsculo de ultraderecha Generación Identitaria, que blandía en su última manifestación carteles con los rostros de estos iconos de la historia francesa, inclusive del general. Éric Zemmour, por su parte, candidato ultranacionalista a la Presidencia, inauguraba oficialmente su campaña imitando el discurso del general del 18 de junio de 1940, momento en el que pronunció su famosa llamada desde Londres, reivindicándose como líder de la Francia Libre. Incluso Marine Le Pen, en su tímido proceso de moderación, afirma que el RN está adscrito a la línea del general, si bien su padre y antiguo líder del partido fue uno de sus mayores opositores.

Con todo, la extrema derecha no es la única que se reivindica del gaullismo. Sobresalen la derecha conservadora de Los Republicanos, herederos directos del general, así como el actual presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien se ha escorado progresivamente a la derecha a lo largo de su quinquenio. Incluso Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, a caballo entre el populismo y la izquierda tradicional, reconoce la labor del general en lo tocante a su política internacional y de planificación estatal. Aunque se distancia del fundador de la V República (la actual), de un De Gaulle político que encarna el poder personalista y antiparlamentario,  el insumiso reconoce su herencia con este balance: "Su figura, como la de los comunistas y socialistas de la Resistencia, forma parte de nuestro patrimonio memorial común. No pertenece a ningún campo político".  

Charles de Gaulle dejó tras de sí un consenso tácito en torno a su legado, que agrupa a fuerzas tan dispares como las arriba mencionadas en torno al marco del nacionalismo franco-republicano. Se puede recurrir a la noción de populismo para entender la ideología del general, tanto se confunde con la de nacionalismo: su desdén frente a la democracia representativa y su consiguiente defensa de un régimen plebiscitario, con predilección por la democracia directa; su distanciamiento de la naturaleza partidista de sus formaciones políticas (el RPF primero y la UNR más tarde no eran partidos, sino reagrupamiento y unión, respectivamente), mirando por encima del hombro al resto de partidos; la falta de democracia interna en el seno de estas mismas formaciones; o la síntesis del clivaje izquierda-derecha en sus programas, de poca consistencia ideológica.

No obstante, habida cuenta de la presencia de estos elementos en la ideología de derecha y extrema derecha, junto con el nacionalismo republicano francés, y puesto que Serge Berstein, en su incontestable Histoire du gaullisme (Perrin, 2002) no emplea ni una sola vez el término populismo, concepto difuso que puede nublar más que esclarecer el entendimiento, parece buen momento para hablar sobre el pretendido apoliticismo nacionalista de Charles De Gaulle, resituarlo en su pertinente espectro ideológico y entender, así, hasta qué punto la transversalidad de su figura en la Francia de hoy es una muestra de la derechización del debate político francés. 

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De entre los rasgos que delimitan a De Gaulle por la derecha cabe destacar la ausencia de antisemitismo en sus escritos, nada desdeñable teniendo en cuenta su socialización en el seno del Ejército durante el caso Dreyfus (1894-1906). Católico, en el momento de la instauración de la V República (1958) se posicionó frente a todo integrista contrario a la laicidad republicana, garantizada por el artículo 2 de la Constitución. Sin embargo, desde su juventud De Gaulle estuvo lejos del ideal positivista y secular que caracteriza a la República del cambio de siglo, más cercano al nacionalismo excluyente que al universalismo ilustrado. En realidad, para De Gaulle la República no era más que un epifenómeno de la Francia eterna (tampoco tratará nunca a la URSS como tal, sino como Rusia). Hasta tal punto llegaba su cosmovisión ultranacionalista de la realidad, similar a la de un Zemmour que concluye sus discursos con el refrán: "Viva la República y, sobre todo, viva Francia".


En nombre de esta Francia, no de la entonces III República, se proclama De Gaulle portavoz en su exilio a Londres ("¡Nada menos!", afirma Bernstein). Esta actitud no es vista con buen ojo ni por los aliados británicos, los emigrados franceses o la Resistencia de comunistas y socialistas. Salvando el rechazo al armisticio, en primera instancia, los ideales de la Francia Libre se distinguen vagamente del régimen de Vichy. No será hasta el avance de la contienda cuando el general comenzó a teñir su discurso de republicanismo para tejer alianzas con la Resistencia y ganarse el apoyo de los aliados, que ven en él tendencias dictatoriales. Con la llegada de la liberación, sabiendo de su dudosa legitimidad, gana París inmediatamente tras la división Leclerc para intentar reunir a sus afines sobre el terreno. De Gaulle se cuida de hacer demasiadas concesiones a la Resistencia, donde se encuentra su competencia por la futura gobernanza de Francia. Así, un comité de partisanos que le espera enfrente del Ayuntamiento sufrirá el desplante del general, que se dirigirá directamente al Ministerio de la Guerra. 

Terminada la guerra, De Gaulle se opuso al régimen de partidos que instauró la inaugurada IV República, al que asociaba la capitulación frente a la Alemania nazi y la inestabilidad. Frente a los defensores del parlamentarismo, el general apostó por un Ejecutivo fuerte, eficaz: un régimen donde la Asamblea no tuviera apenas margen de maniobra.

La cultura de la Resistencia se impuso ante la visión gaullista durante más de una década, incluso siendo torpedeada por la formación liderada por De Gaulle, el RPF. Pero el estallido de la guerra de Argelia en 1954 provocó un bloqueo institucional, fruto del desacuerdo sobre el conflicto en el seno de la Asamblea, que resquebrajó el orden parlamentario. Charles De Gaulle, en buenos términos con los militares defensores del mantenimiento colonial, se presentó como árbitro y protagonista del desbloqueo. Pero si bien éste acabó por ser convocado en mayo de 1958 por René Coty, entonces presidente de la República, para cederle el control de la situación, el general había llegado previamente a organizar un golpe de Estado en colaboración con los militares coloniales, para el caso de que su acceso al poder se complicara: la conocida como 'Operación Resurrección' no llegó a convertirse en un pronunciamiento militar de corte franquista, pero sí en una marcha sobre Roma

A su toma de poder le siguió un profundo pragmatismo, producto de su objetivo primordial: el esplendor de Francia (la grandeur). De Gaulle entendió que el mantenimiento del imperio colonial era un lastre para Francia en términos políticos y económicos. El mismo esquema desastroso de la guerra de Indochina (1946-1958), que había estudiado con atención, no podía repetirse en Argelia. Por ello, se deshizo de los militares que le apoyaron en su llegada al poder (lo cual le costó enfrentarse a la extrema derecha colonialista hasta su muerte, liderada por un joven Jean-Marie Le Pen), para firmar la independencia de Argelia en 1962. 

De Gaulle renovó su mandato por la vía del referéndum en 1962 y 1965, una práctica hasta la fecha sólo empleada por los antiguos regímenes imperiales y, a día de hoy, presente en las reivindicaciones de los chalecos amarillos y en los programas de Le Pen y de Mélenchon. Marcado por la proyección internacional de Francia y celoso de la tutela americana en el seno de la Otan, De Gaulle se distanció de Estados Unidos. La bipolaridad de la Guerra Fría frenaba la independencia de Francia en el plano internacional y el general buscó su propio espacio en un orden multipolar, proclamándose árbitro entre Washington y Moscú. Enemigo histórico de la integración supranacional, De Gaulle se volvió entonces hacia Europa, sabedor de la dificultad de Francia para convertirse en un actor de peso en la arena internacional si no era en coalición con sus socios europeos. En el plano interno, el desarrollo estatal de la bomba atómica se convirtió en otra de las aristas del poderío francés, sumado a una economía de planificación industrial, punta de lanza de un De Gaulle crítico con "el fatalismo inhumano del laissez-faire".



Junto con este intento nacionalista de superar el 'clivaje' izquierda-derecha (las campañas de los tres candidatos mayoritarios de 2017, Macron, Le Pen y Mélenchon, ahondaron en esta narrativa, llegando el primero a citar recientemente a De Gaulle para afirmar "No estoy por un lado ni por otro, estoy por Francia"), las principales balizas del legado del general reivindicadas por el arco político francés son su rol durante la Segunda Guerra Mundial, su política internacional y el desarrollo económico del Estado. Los ecos del gaullismo han resonado con fuerza durante el quinquenio de Macron, quien ha intentado reactivar el músculo europeo en torno a la política de autonomía estratégica en el ámbito tecnológico; el comisario europeo del Mercado Interior y valedor de la estrategia de Macron en Bruselas, Thierry Breton, ha llegado a ser tildado de "tecno-gaullista". Al mismo tiempo, el papel de intermediario entre la Otan y Rusia en la guerra ruso-ucraniana, así como el anti-otanismo reiterado de Le Pen y Mélenchon, evocan también la figura del general. En lo económico, la presencia de Charles De Gaulle es palpable al hablar todos los candidatos con frecuencia de la reindustrialización de Francia o en materia nuclear, donde generalmente concuerdan de forma matizada.  

Obviamente, la relación común que tienen los distintos candidatos a la Presidencia francesa con De Gaulle no quita que sea mucho menos lo que les separa que lo que los une, especialmente en el caso de Mélenchon frente a Macron y el tándem ultra Le Pen-Zemmour. Con todo, si el legado del general está todavía tan presente en la Francia de hoy (eso sí, de forma distorsionada) es debido al enorme espacio que ocupa el nacionalismo en el discurso político francés. De ideología cercana a la derecha y a la extrema derecha, su recuperación como símbolo por parte de este espectro político tiene sentido. En cualquier caso, conviene recordar que el gaullismo político fracasó, tanto en el plano internacional como en el europeo, y que la realpolitik del general tiene todavía menos sentido en el mundo de hoy.

Con respecto al progresismo que reivindica a De Gaulle, visto queda que si su implicación en la liberación es palpable, su asociación con la Resistencia y los aliados es fruto de la moderación y del pragmatismo; no pudiendo ponerse al mismo nivel, como hace Mélenchon. El insumiso idealiza también la política económica gaullista cuando afirma que "De Gaulle jamás apoyó la idea de la mano invisible del mercado". El Estado gaullista fue, una vez más, pragmático en su nacionalismo: cuando tuvo que ser liberal y ortodoxo, en ciertos aspectos en las antípodas del keynesianismo de la época y, en todo caso, más cercano al cristianismo social que a otra cosa, esto es lo que fue. 

En 1969, la revuelta de una sociedad francesa harta de la gestión monárquica de la República de De Gaulle (el "ejercicio solitario del poder" que evoca Valéry Giscard d’Estaing) precipitó el fin del general. Meses antes, en mayo 68, estudiantes y trabajadores de diversas corrientes de izquierda habían tomado las calles de forma violenta para contestar las dinámicas de producción y la moral anticuada defendidas por el gaullismo. Un desencuentro entre unas instituciones conservadores y las reivindicaciones de los sectores más progresistas de la sociedad francesa resultó en un estallido social que acabó con el mandato de una de las figuras más emblemáticas de Francia.

Actualmente, el pensamiento de derecha y extrema derecha es aceptado de forma acrítica por una parte importante de la esfera política francesa en torno a símbolos nacionales como De Gaulle. Volver a dar vida a un debate que frene la ola reaccionaria que asuela Francia en estos momentos, entre otros países, pasa por volver a afianzar las bases del debate político e histórico, abandonando especialmente idealizaciones nacionalistas.
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