El escándalo del beso no consentido de Rubiales no era la causa, sino la consecuencia de décadas de decadencia ética, moral y profesional de una organización llamada a organizar uno de los eventos deportivos más importantes del mundo y para el país en los próximos años y que está al cargo de la gestión de decenas de millones de dinero público así como de la gestión del deporte no profesional.