Las empresas europeas tributan conforme a un impuesto mínimo global del 15% que ya no obliga a sus competidoras estadounidenses. Como advierte la doctora en Derecho Teresa Puchol Tur, "la UE ha legislado en solitario un acuerdo internacional que otros han abandonado, creando un marco desigual, jurídicamente inestable y económicamente perjudicial para sus propios intereses".