Y la noche tan esperada llegó: la que, finalmente,
le puso fecha de caducidad al trumpismo.
Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que Donald Trump parecía haber conseguido algo más duradero que una (segunda) victoria electoral:
una forma de habitar la política (y las instituciones, y el poder) estadounidense. Su discurso se volvió doctrina; sus agravios, una agenda; sus enemigos, una comunidad imaginada. Y, durante dos años, los republicanos repitieron que aquella fuerza permanecía intacta. Pero
los resultados de las midterms —el gran examen de cada mandato presidencial— han contado otra historia.
El relato, traducido del conteo de votos de la cita del 3 de noviembre, fue uno escrito en los suburbios de Pensilvania, en los condados industriales de Míchigan, en los barrios pluriculturales de Arizona y en
todos los cinturones de vulnerabilidad que rodean a las grandes ciudades del sur profundo. Y, como ya se sabe, al terminar el recuento, los demócratas no solo recuperaban la Cámara de Representantes (algo que estaba previsto), sino que también se habían hecho con el Senado.
No se trata de una derrota parlamentaria para el partido rojo; se trata de un veredicto nacional.
"Los demócratas no solo recuperaban la Cámara de Representantes (algo que estaba previsto), sino que también se habían hecho con el Senado"
Los pronósticos se cumplieron (incluso más allá de las perspectivas más optimistas para el partido azul):
Donald Trump ha quedado aislado y el final de su era, al menos como proyecto político expansivo, ha comenzado.
Lo dijeron las encuestas durante semanas; lo sugirieron las mediciones de opinión pública que registraban (y relataban) el deterioro constante dentro de la Casa Blanca; lo anticiparon, también, algunos de los observadores más agudos de la política estadounidense. Entre ellos, ha destacado Susan B. Glasser, de la prestigiosa revista
The New Yorker. Hace apenas unos días, en una pieza titulada
"Finally, the Beginning of Trump's End" (Finalmente, el comienzo del fin de Trump), sostenía que
el propio presidente había hecho hasta lo imposible por asegurarse un fracaso de su partido y movimiento. Y las urnas hablaron, claro y alto: millones de votantes reprobaron no solo a su líder —que llegó al escrutinio con un mínimo histórico de popularidad; cerca del 30%—, sino a su forma de ejercer el poder.
La escena tuvo
algo de esas derrotas que se anuncian mucho antes de que aparezcan en los titulares. El deterioro y desgaste del apoyo al presidente eran visibles, pero lo verdaderamente esencial era otra cosa:
la sensación de agotamiento. El ineludible contraste entre la grandilocuencia de los discursos presidenciales y la cruda realidad económica que muestra la inflación en las calles terminó convirtiéndose en una grieta imposible de ocultar. Mientras el trumpismo hablaba de épicas imágenes del país, de finales imposibles de guerras inútiles, de crecimiento y bonanza,
la gente no paró de preguntarse por los precios del alquiler, por el encarecimiento injustificado del café, la gasolina y los alimentos, y sigue (porque así sigue) preguntando cuándo la sanidad en Estados Unidos dejará de ser un privilegio (y un negocio) para convertirse en un derecho. Y fueron meses de una virulencia inocultable del presidente, que atacó a periodistas, hizo comentarios misóginos en actos públicos y cometió excesos retóricos que rayaron en lo insultante, hasta el punto de que
incluso algunos sectores moderados del Partido Republicano se anticiparon al desgaste del presidente.
"El ineludible contraste entre la grandilocuencia de los discursos presidenciales y la cruda realidad económica que muestra la inflación en las calles terminó convirtiéndose en una grieta imposible de ocultar"
Y, entonces, llegó la noche electoral. En las pantallas aparecieron primero los estados más disputados, los territorios incómodos en los que Estados Unidos suele decidir qué es lo que querrá por los años siguientes. Los republicanos esperaban resistir ahí su primera línea de defensa. Como si cualquier mínima victoria fuese oxígeno en tiempos de asfixia. Pero no ocurrió así. Uno tras otro, los márgenes se estrecharon; después se inclinaron, y finalmente cayeron.
Pensilvania confirmó el giro (dando un triunfo demócrata con holgura); Míchigan profundizó la tendencia (Abdul El-Sayed ganó a Mike Rogers incluso con la traición de la demócrata moderada a la que ganó en las primarias); y Arizona (confirmándose como un territorio azul) terminó de consolidar la sensación de que algo importante estaba ocurriendo. En pocas palabras, la voluntad de la gente se hizo escuchar más que el ruido del populismo trumpista.
¿Qué sucedió en el resto del país? Como era previsible, en Nueva York el voto fue demócrata: ese ha sido y sigue siendo un territorio difícilmente disputado. En California, otro estado indiscutiblemente azul, la historia fue la misma:
Xavier Becerra derrotó al republicano Steve Hilton; obtuvo el 64,4% de los votos, frente al 35,6% de su rival. En Florida sucedió algo particular: si bien es un estado republicano y en estas elecciones se confirmó esa hipótesis,
la diferencia porcentual entre la vencedora Ashley Moody y su temida rival Angie Nixon fue de casi tres puntos porcentuales: 50,9% frente al 48%. Eso, más allá de los números, es una prueba más del descontento que ha generado tanto la verborrea del presidente como su devastación en la economía doméstica.
¿Y Georgia? Como ya lo hemos abordado con profundidad en Agenda Pública, este es un estado que representa, a escala, lo que es en esencia Estados Unidos. En este estado bisagra, o
swing state,
ganó el demócrata Jon Ossoff. Lo hizo con el 59% de los votos. Ese era un estado clave para los republicanos para contener la ola azul que amenazaba su poderío y el control legislativo por el resto del mandato de Trump.
No lo lograron.
Kansas y Texas también apostaron por los demócratas. Ambos no suelen considerarse
swing states clásicos, pero sí que son auténticas sorpresas de esta elección.
El tejano James Talarico ganó las elecciones para el Senado. Y en Kansas lo hizo el también demócrata Adam Hamilton. Estos casos son buenos ejemplos de por qué las elecciones terminaron con estos resultados. La probabilidad de una victoria republicana en ellos era alta.
¿Qué supone esta reconfiguración legislativa de medio mandato?
Esta victoria demócrata, a nivel nacional, resulta histórica porque
rompe una de las premisas de la era Trump: la idea de que la polarización permanente era políticamente rentable.
Durante una década,
el movimiento trumpista construyó el poder desde la confrontación y la polémica constantes. Cada conflicto alimentaba al siguiente. Sin embargo, como todo, eso se agotó. Los insultos a periodistas, las guerras culturales y bélicas, así como la teatralización perpetua de la vida pública, terminaron produciendo el efecto contrario al esperado: erosión de las instituciones y de la imagen del propio Trump.
"Los insultos a periodistas, las guerras culturales y bélicas, así como la teatralización perpetua de la vida pública, terminaron produciendo el efecto contrario al esperado: erosión de las instituciones y de la imagen del propio Trump"
En pocas palabras,
esta elección dice más de los republicanos que de los propios demócratas. Los vencedores no ofrecieron un relato épico y ridículamente glorificado como el del líder MAGA; tampoco inventaron la idea de un país que ya difícilmente alguien puede creer; ellos ofrecieron algo menos espectacular y, por ende, más eficaz. Ganaron porque una buena parte del país concluyó que
el experimento radical y polarizador de Trump ya había mostrado todo lo que podía mostrar, roto lo poco sólido que quedaba y exhibido los fracasos que eran inocultables. Los demócratas triunfaron ahora porque se atrevieron a decir las cosas como hechos y no como fantasías; denunciaron el fracaso de la sanidad en un país que no conoce lo público; exhibieron las causas de la inflación que solo pagan quienes más trabajan; señalaron los pactos entre Trump e Israel, y las devastadoras consecuencias de ello como
los papeles de Epstein y la guerra en Irán. Y la gente, pese a lo que Trump pueda creer, se guía más por los hechos que por las palabras de un líder. Es decir,
la magnitud de la derrota republicana convierte a la noche del 3 de noviembre de 2026 en algo más que un simple cambio de mayorías legislativas: la transforma en el primer gran rechazo electoral al proyecto político que dominó a Estados Unidos durante los últimos años.
¿Qué sucederá ahora? Se prevé que Washington vuelva a ser un campo de batalla, pero ahora uno distinto. Cuando ambas cámaras pasen a estar bajo control demócrata,
la Casa Blanca se enfrentará a un escenario mucho más hostil y que la limitará prácticamente por cualquier ángulo. Cada iniciativa ejecutiva será sometida a la vigilancia, a una negociación o, directamente, al bloqueo.
El presidente seguirá siendo el protagonista inevitable de la vida política, pero ya no será su director absoluto: sus caprichos (porque su praxis se parece más a eso, un capricho, que a una medida o a una norma) serán revisados y discutidos minuciosamente.
La maquinaria institucional que durante años pareció incapaz de contenerlo recuperará parte de su capacidad operativa y de resistencia. Y los nombres que han salido en esta elección ya asoman en el horizonte no solo demócrata, sino presidenciable de cara a 2028:
Jon Ossoff, Abdul El-Sayed y, por supuesto, Alexandria Ocasio-Cortez, entre tantos otros. Tal vez esa sea la imagen que permanecerá cuando pase la euforia de los vencedores y el desconcierto de los derrotados:
la de un país que no cambió de identidad en una noche, pero que sí decidió corregir su rumbo ante un proyecto que ya no daba para más, que ya no tenía nada más que erosionar,
que ya no encontraba algo más que corromper ni dividir.
"La maquinaria institucional que durante años pareció incapaz de contenerlo recuperará parte de su capacidad operativa y de resistencia"
Este triunfo demócrata, por supuesto, no ha resuelto las fracturas culturales ni sus desigualdades. Para eso se necesita mucho tiempo y la continuidad de un proyecto, de cualquiera. Pero sí que ha puesto a una mayoría suficiente en las cámaras para recordar que
ningún liderazgo sobrevive indefinidamente sin coherencia entre lo que promete y lo que entrega. El trumpismo convirtió el agravio en identidad y la confrontación en método, y las urnas le respondieron de la única manera que pueden hacerlo:
con la corrección democrática y el recordatorio de que los gobernantes son servidores de la gente. Porque, como quedó demostrado el martes pasado, hay momentos en los que la realidad, silenciosa durante años, termina votando. Y, cuando lo hace, ninguna consigna, bravata o amenaza resulta lo suficientemente fuerte como para silenciarla.
Solo queda una duda. Una muy importante:
¿cuál será la reacción de Trump ante este nuevo horizonte? No pocas voces han soltado la hipótesis de que quizá reaccione con una virulencia inédita. Como lo haría un animal malherido y que ya no tiene nada que perder. Su perfil psicológico, descrito hasta la saciedad con tintes narcisistas, probablemente no se doblegue ante lo sucedido la noche electoral del martes. El medio 'Diplomacia Activa' sugiere que esa será su reacción, es decir,
manipular la información masiva para hacerse aparecer como víctima ante situaciones como la guerra de Irán, por ejemplo, y que, en lugar de tener un segundo mandato más moderado, pondrá todas sus influencias de poder a su servicio para atacar por todos los frentes a sus adversarios. Solo el tiempo lo dirá. Aún quedan dos años. Eso sí,
dos años en los que el líder que se atrevió a poner al mundo de cabeza no lo tendrá nada fácil para seguir imponiendo su ley.