Miércoles, 4 de noviembre de 2026
ANÁLISIS

Gaza, la fractura que llega a las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos

El apoyo militar de Estados Unidos a Israel se ha convertido en una de las principales disputas dentro del Partido Demócrata. Las elecciones del 3 de noviembre medirán el respaldo a candidatos como Abdul El-Sayed, que han llevado las críticas a la guerra de Gaza desde las protestas hasta las urnas. Mientras tanto, la pérdida de la mayoría de Netanyahu abre un nuevo escenario para las relaciones entre ambos países.

Agenda Pública Agenda Pública 3 de noviembre de 2026
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Zohran Mamdani es usado a menudo como símbolo político en los movimientos a favor de Palestina. | Vuk Valcic / Zuma Press / Europa Press
Zohran Mamdani es usado a menudo como símbolo político en los movimientos a favor de Palestina. | Vuk Valcic / Zuma Press / Europa Press
En noviembre de 2023, un pequeño grupo de legisladores y activistas inició una huelga de hambre frente a la Casa Blanca para exigir un alto el fuego en Gaza. Protestaban contra la ofensiva militar israelí y contra el respaldo que Joe Biden mantenía al Gobierno de Benjamin Netanyahu. Entre ellos estaba Zohran Mamdani, entonces diputado de la Asamblea del Estado de Nueva York y poco conocido fuera de su entorno político. Tres años después, Mamdani es alcalde de Nueva York y uno de los referentes de una izquierda demócrata que cuestiona la política estadounidense hacia Israel y las decisiones de la anterior Administración.

Aquella protesta anticipaba una división que el Partido Demócrata todavía no ha resuelto y que puede influir en las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. La guerra de Gaza ha enfrentado a distintas generaciones de dirigentes, ha puesto en cuestión la relación histórica del partido con Israel y ha abierto una disputa sobre la responsabilidad de quienes respaldaron la actuación de Netanyahu. También ha dado espacio a candidatos que aspiran a cambiar la política exterior estadounidense desde el Congreso.

"La guerra de Gaza ha enfrentado a distintas generaciones de dirigentes, ha puesto en cuestión la relación histórica del partido con Israel"
El escritor Peter Beinart recordaba la huelga de hambre en una reseña publicada en septiembre en The New York Times sobre Crossing the Red Line: Biden, His Advisors, and Israel's War in Gaza, el libro en el que el periodista Akbar Shahid Ahmed investiga las decisiones de la Casa Blanca durante la guerra. Mamdani era entonces uno de los manifestantes que reclamaban un cambio de rumbo; hoy ocupa uno de los principales cargos electos del país. Pero acceder a las instituciones no garantiza que quienes se opusieron a Biden puedan modificar una política sostenida por las mismas redes de poder durante sucesivas administraciones.

Las decisiones de Biden y una élite que no se renovó

La Administración Biden denunció reiteradamente el sufrimiento de los civiles palestinos, reclamó la entrada de ayuda humanitaria y expresó su preocupación por algunas operaciones militares israelíes. Esas advertencias, sin embargo, rara vez se tradujeron en condiciones efectivas para mantener la cooperación. Washington conservó su apoyo militar y estratégico a Israel pese a disponer de instrumentos con los que presionar al Gobierno de Netanyahu.

"Washington conservó su apoyo militar y estratégico a Israel pese a disponer de instrumentos con los que presionar al Gobierno de Netanyahu"
Ahmed atribuye parte de esa continuidad a la concentración de las decisiones en un círculo reducido de responsables: el propio Biden, el secretario de Estado Antony Blinken, el consejero de Seguridad Nacional Jake Sullivan y Brett McGurk, encargado de Oriente Próximo en el Consejo de Seguridad Nacional. En sus manos quedaban las decisiones fundamentales sobre Gaza, mientras otros funcionarios advertían de las consecuencias humanitarias de la ofensiva y de las responsabilidades que podía asumir Estados Unidos.

Hubo discusiones y objeciones dentro de la Administración, pero apenas alteraron las prioridades de la Casa Blanca. Según la investigación de Ahmed, Biden y sus colaboradores se resistieron a revisar decisiones incluso cuando sus consecuencias resultaban cada vez más difíciles de justificar. Su relato es crítico con el presidente y sus principales asesores, aunque también reconstruye el funcionamiento de un Gobierno en el que las advertencias de numerosos funcionarios tenían escasa influencia sobre las decisiones de sus superiores.

Beinart encuentra una parte de la explicación en la trayectoria de los responsables de la política exterior estadounidense. Muchos habían desarrollado sus carreras durante la guerra contra el terrorismo posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001. La protección de los aliados y la lucha contra las amenazas terroristas habían definido su manera de entender el papel internacional de Estados Unidos.

Esa experiencia condicionó, según Beinart, su interpretación de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. La seguridad de Israel se convirtió en el principio alrededor del cual se organizó la respuesta estadounidense, mientras la protección de la población civil palestina quedaba subordinada a una estrategia militar apenas cuestionada en sus fundamentos. El problema, en su lectura, estaba profundamente relacionado con la cultura política de quienes dirigían la Administración y su manera de concebir la alianza con Israel.

Las críticas progresistas han ido más allá de las decisiones personales de Biden. Quienes cuestionan su actuación también señalan a los asesores que han definido la política exterior estadounidense durante años, las relaciones de confianza entre ellos y la influencia de los grupos de presión. Para estos sectores, cambiar de presidente tiene poco valor si los principales responsables de las decisiones internacionales siguen siendo los mismos.

"Para estos sectores, cambiar de presidente tiene poco valor si los principales responsables de las decisiones internacionales siguen siendo los mismos"
Existe un precedente cercano. En las primarias demócratas de 2008, Barack Obama derrotó a Hillary Clinton después de haberse opuesto a la invasión de Irak, que ella había respaldado. El desgaste de aquella guerra le permitió presentarse como una alternativa generacional frente a dirigentes demócratas vinculados a algunas de las decisiones más controvertidas de la Administración de George W. Bush.

Pero la victoria de Obama no produjo una renovación equivalente en la dirección de la política exterior. Biden fue su vicepresidente y Clinton asumió la Secretaría de Estado. Numerosas figuras que habían participado en las decisiones anteriores conservaron posiciones de responsabilidad. Obama había conseguido construir una candidatura presidencial alrededor de su oposición a la guerra de Irak, aunque después gobernó con buena parte de la élite política que había respaldado aquella intervención.

Los candidatos que hoy cuestionan el apoyo estadounidense a Netanyahu se encuentran ante una dificultad parecida. Pueden ganar primarias, obtener escaños y llegar a ocupar responsabilidades dentro del Partido Demócrata, pero cambiar la política exterior exigiría intervenir también en los nombramientos y en las relaciones de poder que condicionan las decisiones. Beinart plantea una duda que sigue abierta: si esta generación conseguirá transformar esas estructuras o acabará incorporándose a ellas.

De las protestas a las primarias demócratas

Las elecciones del 3 de noviembre serán una prueba para los candidatos que han convertido sus críticas a la guerra de Gaza en parte de su actividad política. Algunos han ganado las primarias en distritos tradicionalmente demócratas y aspiran ahora a representar a sus electores en el Congreso. Sus trayectorias muestran cómo una parte de la oposición al apoyo militar estadounidense a Israel ha pasado de las protestas a la competición electoral.

En Nueva York, Claire Valdez, vinculada a los Socialistas Democráticos de América (DSA), pertenece a una corriente política próxima a la de Mamdani. Defiende propuestas sobre vivienda, derechos laborales y coste de la vida, además de rechazar el apoyo militar estadounidense a Israel. Brad Lander, también candidato en Nueva York y político judío progresista, ha criticado tanto la actuación de Netanyahu como determinadas formas de cooperación militar entre los dos países.

El cirujano Adam Hamawy, aspirante demócrata en Nueva Jersey, atendió a víctimas de la guerra en Gaza y ha incorporado esa experiencia a su campaña. En Míchigan, Donavan McKinney representa a otra generación de candidatos progresistas que reclama cambios en la política exterior y cuestiona el peso de los grandes donantes en las decisiones del partido.

No todos proponen lo mismo. Algunos defienden poner fin a las transferencias de armamento a Israel; otros reclaman condicionar la ayuda militar al cumplimiento del derecho internacional, mientras que determinadas candidaturas concentran sus críticas en Netanyahu. Tampoco Gaza ocupa necesariamente el centro de sus programas. La vivienda, la sanidad y las dificultades económicas de los ciudadanos tienen un peso considerable, como ocurrió en la campaña municipal que llevó a Mamdani a la alcaldía de Nueva York.

La diferencia respecto a las protestas de 2023 es que estos candidatos ya compiten por puestos que hasta ahora ocupaban dirigentes demócratas favorables a la política de Biden. Míchigan ofrece el caso más significativo de esa disputa.

"Tampoco Gaza ocupa necesariamente el centro de sus programas. La vivienda, la sanidad y las dificultades económicas de los ciudadanos tienen un peso considerable"
En agosto, Abdul El-Sayed derrotó a Haley Stevens en las primarias demócratas al Senado. Antiguo responsable de salud pública, El-Sayed había defendido durante la campaña el fin de la ayuda militar estadounidense a Israel y calificado de genocidio la actuación israelí en Gaza. Stevens sostenía una posición más favorable a la alianza estratégica entre los dos países, aunque también había criticado a Netanyahu. Contaba, además, con el respaldo de Chuck Schumer, líder de la minoría demócrata en el Senado.

La campaña movilizó cantidades extraordinarias de dinero. Según los datos de AdImpact recogidos por The Washington Post, la publicidad favorable a Stevens alcanzó aproximadamente los 64,7 millones de dólares, frente a los 7,4 millones destinados a apoyar a El-Sayed. Buena parte de esa diferencia procedía de organizaciones vinculadas al Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC), uno de los principales grupos de presión favorables a la alianza entre Estados Unidos e Israel. United Democracy Project, su comité de acción política, dedicó más de 30 millones de dólares a respaldar a Stevens.

El-Sayed ganó por un margen de aproximadamente un punto porcentual. La victoria tuvo repercusión nacional porque un candidato partidario de acabar con la ayuda militar a Israel había conseguido imponerse a una rival apoyada por la dirección demócrata y por organizaciones con una capacidad de financiación muy superior.

"Un candidato partidario de acabar con la ayuda militar a Israel había conseguido imponerse a una rival apoyada por la dirección demócrata y por organizaciones con una capacidad de financiación muy superior"
Sería un error atribuir ese resultado exclusivamente a Gaza. El-Sayed también centró su campaña en la desigualdad, el coste de la vida y el poder de los grandes donantes. El enorme gasto destinado a apoyar a Stevens le permitió utilizar la propia campaña como argumento contra la influencia del dinero en la política estadounidense.

La derrota tampoco acabó con las diferencias entre ambos. Durante los últimos días de campaña, Stevens volvió a cuestionar las posiciones de El-Sayed sobre Israel, mientras la dirección demócrata intentaba evitar que el enfrentamiento perjudicara a su candidato. La disputa continuó durante el último fin de semana antes de las elecciones, después de que Stevens exigiera a El-Sayed que rechazara públicamente un anuncio crítico con Israel financiado por una organización externa. Finalmente, Stevens ha decidido respaldar la candidatura del republicano Mike Rogers, contraviniendo a su propio partido.

El-Sayed se enfrenta a Rogers, exagente del FBI, en un estado especialmente competitivo. Una derrota podría afectar al equilibrio del Senado y obligaría a los demócratas a afrontar las consecuencias de una división que en otros lugares resulta menos visible. En distritos donde el partido tiene prácticamente asegurada la victoria, las diferencias sobre Israel pueden resolverse durante las primarias. Míchigan exige reunir después a electores con posiciones muy distintas sobre la alianza con el Estado israelí.

Los candidatos críticos con Israel tampoco han ganado todas sus disputas internas. En Misuri, Wesley Bell volvió a derrotar a Cori Bush, una de las representantes demócratas más críticas con la ofensiva sobre Gaza. Bell, que ya había desplazado a Bush del Congreso en 2024, mantiene una posición más favorable a la alianza con Israel y volvió a contar con el respaldo de AIPAC.

Míchigan y Misuri dejan resultados distintos para las dos corrientes del partido. Los dirigentes que defienden la relación tradicional con Israel conservan apoyos entre los votantes y capacidad para ganar elecciones. Al mismo tiempo, la victoria de El-Sayed ha confirmado que el respaldo de la dirección demócrata y una financiación muy superior no garantizan derrotar a quienes proponen revisar esa alianza.

El cambio entre los votantes demócratas

El creciente espacio electoral de estos candidatos tiene relación con una transformación de las preferencias demócratas que comenzó antes del 7 de octubre de 2023 y que la guerra de Gaza ha acelerado, especialmente entre los jóvenes y los sectores progresistas.

En febrero de 2026, una encuesta de Gallup encontró que el 65% de los demócratas simpatizaba más con los palestinos, frente al 17% que se inclinaba por los israelíes. Entre los republicanos, el 70% expresaba mayor simpatía hacia los israelíes y solo el 13% hacia los palestinos. La comparación histórica resulta significativa: en 2001, cuando comenzó la serie, el 51% de los demócratas simpatizaba más con Israel. Veinticinco años después, sus preferencias se han invertido.

"En febrero de 2026, una encuesta de Gallup encontró que el 65% de los demócratas simpatizaba más con los palestinos, frente al 17% que se inclinaba por los israelíes"
La distancia también aparece entre generaciones. Entre los estadounidenses de 18 a 34 años, el 53% simpatiza más con los palestinos y el 23% con los israelíes. Entre los mayores de 55 años, en cambio, el 49% se inclina por Israel y el 31% por Palestina. Estas diferencias contribuyen a explicar por qué los nuevos candidatos progresistas encuentran un electorado dispuesto a cuestionar posiciones que habían sido mayoritarias dentro del Partido Demócrata.

Conviene distinguir, no obstante, entre las simpatías expresadas en una encuesta y las preferencias sobre decisiones concretas de política exterior. Simpatizar con los palestinos no equivale necesariamente a reclamar el fin de la cooperación militar con Israel. Tampoco implica que Gaza vaya a decidir el voto el 3 de noviembre. Para el conjunto de los estadounidenses, la economía, el coste de la vida, la inmigración y la valoración de la presidencia de Donald Trump siguen teniendo mayor importancia.

Donde ese cambio ya está condicionando el debate es en las primarias demócratas. Dirigentes que antes podían defender el apoyo a Israel sin afrontar una oposición significativa entre sus propios electores deben responder ahora por sus relaciones con AIPAC, las donaciones recibidas y su posición ante determinadas operaciones militares israelíes. En algunos distritos, esas cuestiones han adquirido una presencia comparable a la de los asuntos de política interna.

La división tampoco responde simplemente a las diferencias entre las comunidades judía y musulmana. Brad Lander y otros políticos judíos progresistas participan en las críticas a Netanyahu y al apoyo militar estadounidense. Otros dirigentes y votantes judíos demócratas continúan defendiendo la alianza con Israel, incluso cuando discrepan de las decisiones de su Gobierno.

Para una parte de las nuevas candidaturas, las transferencias de armamento a Israel están estrechamente relacionadas con sus críticas al funcionamiento del Partido Demócrata. Cuestionan la influencia de las grandes fortunas, la autonomía de los representantes y la capacidad de los grupos de presión para condicionar las decisiones políticas. Su oposición a la guerra forma parte de una discusión más amplia sobre quién ejerce el poder dentro del partido.

"Su oposición a la guerra forma parte de una discusión más amplia sobre quién ejerce el poder dentro del partido"
Pero ganar unas primarias y unas elecciones generales exige reunir electorados distintos. Los candidatos demócratas necesitan atraer a votantes que no comparten necesariamente las posiciones más progresistas de su partido y que, en algunos estados, siguen siendo favorables a mantener la alianza tradicional con Israel. El resultado de El-Sayed en Míchigan será especialmente relevante para comprobar si una candidatura que ha hecho de Gaza una de sus principales diferencias políticas puede construir una mayoría más amplia que la que le permitió ganar las primarias.

Israel tras las elecciones: Netanyahu sin mayoría

Las elecciones israelíes del 27 de octubre han dejado a Benjamin Netanyahu sin la mayoría parlamentaria de la que disfrutaba hasta ahora. Su bloque ha pasado de 68 a 53 diputados, quince menos que en la anterior Knéset. La oposición liderada por Gadi Eisenkot suma 48 representantes, mientras que los partidos árabes han conseguido un resultado histórico: once escaños para la Lista Conjunta y ocho para Ra'am, diecinueve en total.

Esos diecinueve diputados podrían resultar decisivos. Si los partidos de la oposición aceptaran una alianza con ambas formaciones, alcanzarían 67 escaños, seis por encima de la mayoría absoluta. Pero esa posibilidad aritmética tropieza con las diferencias políticas entre quienes tendrían que sostener el nuevo Gobierno.

Avigdor Lieberman, líder de Yisrael Beiteinu y antiguo aliado de Netanyahu, rechaza gobernar con los partidos árabes. También existen resistencias en otras formaciones opositoras, incluidas las de Eisenkot y del exprimer ministro Naftali Bennett. Ninguna ha encontrado hasta ahora una fórmula que permita convertir los 67 escaños potenciales en una mayoría gubernamental. Israel podría afrontar negociaciones prolongadas, un Ejecutivo de unidad o incluso otra convocatoria electoral.

El resultado tiene una importancia especial para los ciudadanos árabes de Israel, que representan aproximadamente una quinta parte de su población. Sus partidos han conseguido una representación parlamentaria sin precedentes y, aun así, continúan encontrando enormes obstáculos para participar en la formación de gobiernos. Existe una mayoría parlamentaria potencial capaz de desplazar a Netanyahu, pero buena parte de sus integrantes rechaza apoyarse en los representantes de esa minoría.

"Existe una mayoría parlamentaria potencial capaz de desplazar a Netanyahu, pero buena parte de sus integrantes rechaza apoyarse en los representantes de esa minoría"
El bloqueo también responde a las prioridades que han dominado la política israelí desde los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. La seguridad nacional y la responsabilidad del Gobierno por los fallos que hicieron posibles aquellos ataques siguen ocupando un lugar central entre las preocupaciones de numerosos ciudadanos. Netanyahu ha sufrido un desgaste político considerable, aunque ese rechazo a su gestión no implica necesariamente un cuestionamiento de las políticas israelíes hacia los palestinos.

Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor, propone una alternativa a Netanyahu en el liderazgo, el funcionamiento de las instituciones y la exigencia de responsabilidades políticas. Sin embargo, comparte buena parte de las preocupaciones de seguridad de sus adversarios y no plantea una ruptura general con la política exterior y militar de Israel.

Un Gobierno encabezado por Eisenkot podría, por tanto, mantener posiciones muy alejadas de las que defienden los demócratas estadounidenses más críticos con Israel. La eventual salida de Netanyahu no resolvería por sí misma los desacuerdos que la guerra de Gaza ha profundizado entre sectores políticos de ambos países.

"Gadi Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor, propone una alternativa a Netanyahu en el liderazgo, el funcionamiento de las instituciones y la exigencia de responsabilidades políticas"
En Israel, la oposición al primer ministro se articula principalmente alrededor de su responsabilidad política, la seguridad nacional y el funcionamiento institucional. Entre los sectores progresistas estadounidenses, en cambio, las críticas se dirigen también al suministro de armamento, las obligaciones humanitarias y el papel de Estados Unidos en las operaciones militares de sus aliados.

Se trata de movimientos políticos con características muy diferentes. Los partidos árabes israelíes representan a una minoría nacional con presencia parlamentaria propia; los estadounidenses contrarios a la guerra pertenecen a una coalición política mucho más amplia y diversa. Ni sus demandas ni su posición institucional son equivalentes. Comparten, eso sí, una dificultad: conseguir que los partidos tradicionales acepten incorporar a quienes cuestionan algunas de sus posiciones históricas.

La relación entre Washington e Israel había disfrutado de una continuidad considerable con independencia del partido que ocupara la Casa Blanca. Las administraciones podían discrepar con los gobiernos israelíes y mantener relaciones personales difíciles con sus dirigentes, como ocurrió entre Barack Obama y Netanyahu, sin poner en cuestión los principales compromisos de seguridad entre ambos países.

Ese consenso se ha debilitado con la guerra de Gaza, el acercamiento político de Netanyahu a Trump y el cambio de las preferencias de los votantes estadounidenses. El respaldo republicano a Israel sigue siendo mucho más amplio, mientras crece entre los demócratas la demanda de revisar las condiciones de la cooperación militar.

Un nuevo Gobierno israelí podría mejorar las relaciones personales entre los dirigentes y modificar algunos aspectos de la diplomacia bilateral. Pero recuperar el antiguo consenso bipartidista estadounidense sería mucho más difícil si sus posiciones sobre Gaza, Cisjordania y la cuestión palestina continuaran alejadas de las que defiende una parte importante del electorado demócrata.

Los límites de la renovación demócrata

El precedente de Obama en 2008 sigue siendo relevante para entender las posibilidades de esta nueva generación de candidatos. Su oposición a la invasión de Irak contribuyó a derrotar a Hillary Clinton en las primarias, pero no impidió que acabara gobernando con dirigentes que habían apoyado aquella guerra. Casi dos décadas después, los demócratas afrontan una disputa comparable, esta vez con unas bases electorales considerablemente más críticas con Israel y con candidatos que ya han comenzado a disputar el poder a los dirigentes tradicionales.

"Un nuevo Gobierno israelí podría mejorar las relaciones personales entre los dirigentes y modificar algunos aspectos de la diplomacia bilateral"
La capacidad de esos representantes para cambiar la política exterior se pondrá a prueba cuando deban decidir sobre transferencias de armamento, cooperación militar o iniciativas diplomáticas relacionadas con Palestina. También cuando tengan influencia sobre los nombramientos de una futura Administración demócrata. El círculo de responsables descrito por Ahmed durante la presidencia de Biden permite entender la importancia de esas decisiones: las relaciones personales, las experiencias compartidas y los compromisos heredados condicionan la orientación de la política estadounidense mucho después de cada elección.

La sucesión de Netanyahu tampoco garantiza un acercamiento a las posiciones de los demócratas progresistas. Las diferencias entre las preferencias de ambos electorados podrían terminar pesando más que la confianza personal entre los responsables de sus gobiernos. Incluso una mejora de las relaciones diplomáticas dejaría pendientes los desacuerdos sobre la política israelí hacia los palestinos.

Si El-Sayed gana en Míchigan, su victoria reforzará a quienes reclaman una revisión de la alianza con Israel. Pero ganar elecciones y conseguir que esas posiciones se traduzcan después en decisiones de gobierno son objetivos diferentes. Los candidatos progresistas ya han demostrado que pueden movilizar a sus votantes, disputar las primarias y derrotar a rivales respaldados por organizaciones con una financiación muy superior. Queda por comprobar qué influencia tendrán cuando deban ejercer responsabilidades políticas.

"Ganar elecciones y conseguir que esas posiciones se traduzcan después en decisiones de gobierno son objetivos diferentes"
La guerra de Gaza ha terminado con la posibilidad de mantener el apoyo militar a Israel al margen de las disputas internas del Partido Demócrata. Los candidatos vinculados a las protestas de 2023 han llevado esa discusión hasta las urnas y han obligado a los dirigentes tradicionales a defender posiciones que antes encontraban mucha menos contestación entre sus electores.

Si los demócratas aspiran a recuperar la Casa Blanca en 2028, tendrán que afrontar las demandas de una generación que ya no comparte uno de los consensos más duraderos de la política exterior estadounidense. Su influencia no dependerá únicamente de cuántos escaños consiga, sino también de si llega a participar en las decisiones sobre armamento, alianzas y nombramientos que hasta ahora han permanecido en manos de prácticamente los mismos dirigentes.
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