Miércoles, 4 de noviembre de 2026
XXX CUMBRE IBEROAMERICANA

España tiene que aprender a mirar de nuevo a América Latina

La Cumbre Iberoamericana de Madrid se celebra en un momento de profunda transformación del orden internacional. Estados Unidos quiere recuperar su hegemonía hemisférica, China consolida su presencia económica y los países latinoamericanos buscan ampliar su autonomía. En este contexto, el editor y director de 'Agenda Pública', Marc López Plana, analiza por qué la relación de España con América Latina ya no puede explicarse únicamente por la historia, la lengua o las inversiones: también es una cuestión de seguridad económica y de influencia internacional.

Marc López Plana Marc López Plana 4 de noviembre de 2026
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La anterior Cumbre Iberoamericana tuvo lugar el pasado 2024 en Ecuador. | Casa de S.M. el Rey / Europa Press En
La anterior Cumbre Iberoamericana tuvo lugar el pasado 2024 en Ecuador. | Casa de S.M. el Rey / Europa Press En
Hace unos días, durante un seminario en la Jackson School of Global Affairs de la Universidad de Yale, organizado en el marco de un programa de IE University, un veterano diplomático estadounidense con cuatro décadas de experiencia en América Latina hizo una afirmación que me pareció especialmente relevante para España. Al explicar la nueva estrategia de seguridad nacional de Donald Trump, Francisco Palmieri expuso que Washington no pretende únicamente contener la creciente influencia de China en el hemisferio occidental. Su objetivo es recuperar una posición de predominio económico, político y de seguridad sobre el conjunto del continente.

En esa estrategia, Estados Unidos considera competidores no solo a los chinos, sino también a los europeos. Y sobre todo a los españoles.

Palmieri explicó que las empresas estadounidenses habían perdido posiciones en determinados sectores económicos latinoamericanos, particularmente en las infraestructuras, mientras compañías europeas y chinas ampliaban su presencia. Consciente de esta tendencia, la Administración Trump estaría intentando recuperar, mediante el poder político y los instrumentos de seguridad, parte de la influencia económica que Estados Unidos había dejado de ejercer.

"La Administración Trump estaría intentando recuperar, mediante el poder político y los instrumentos de seguridad, parte de la influencia económica que Estados Unidos había dejado de ejercer"
Recordé aquella conversación al pensar en la XXX Cumbre Iberoamericana, que se celebra en Madrid los días 4 y 5 de noviembre. Esta edición del encuentro llega en un momento en el que América Latina está adquiriendo una importancia renovada en la competencia entre grandes potencias. Al otro lado del océano, España continúa recurriendo con frecuencia a un lenguaje sobre la región construido alrededor de la historia compartida, la lengua y los vínculos culturales. Estos son activos extraordinarios, pero no garantizan que nuestros intereses coincidan con los de los países latinoamericanos ni que nuestra posición económica esté asegurada. Para España, una de sus tareas principales en esta cumbre será reconocer que su relación con el continente es también una cuestión de poder, prosperidad y seguridad económica.

Un continente que ya no pertenece a nadie

Durante la presidencia de Barack Obama, el secretario de Estado John Kerry anunció ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) que la era de la doctrina Monroe había terminado. Con esta declaración pretendía cerrar simbólicamente una larga etapa de intervencionismo estadounidense y, al mismo tiempo, abrir una relación diferente con los países latinoamericanos.

La Administración Trump ha recuperado una concepción mucho más tradicional del poder estadounidense. Su estrategia para el hemisferio occidental contempla limitar la capacidad de los competidores extrarregionales para controlar activos estratégicos. Asimismo, pretende reforzar la influencia de Washington mediante instrumentos económicos, diplomáticos y de seguridad. Es una receta no muy novedosa para Washington, y ahí está el problema. El continente ha cambiado profundamente desde la época en que Estados Unidos podía ejercer una hegemonía prácticamente indiscutida. Ahora, China se ha convertido en un socio comercial fundamental para varias de las principales economías latinoamericanas, mientras Europa mantiene importantes posiciones inversoras y los propios países de la región han desarrollado relaciones internacionales más diversificadas. El intento de recuperar una primacía perdida puede encontrarse con sociedades y gobiernos que no están dispuestos a aceptar las mismas relaciones de dependencia del pasado.

"El continente ha cambiado profundamente desde la época en que Estados Unidos podía ejercer una hegemonía prácticamente indiscutida"
Tampoco puede tratarse a América Latina como si todos sus países reaccionaran de la misma manera ante esa estrategia. México está profundamente integrado en la economía estadounidense, Brasil dispone de una autonomía diplomática considerable, Chile mantiene relaciones comerciales fundamentales con Asia y otros países buscan combinar sus vínculos con Washington, Pekín y Bruselas. América Latina no constituye un bloque homogéneo, ni sus gobiernos comparten necesariamente una misma interpretación del orden internacional.

Esta es una realidad que obliga a España a abandonar una comodidad intelectual que ha acompañado su relación con la región. La familiaridad histórica puede llevarnos a confundir proximidad cultural con coincidencia de intereses. Los países latinoamericanos tienen sus propias prioridades y no siempre coinciden con las españolas o europeas. Reconocerlo no debilita la relación iberoamericana; permite construirla sobre bases más sólidas.

España, entre la historia y sus intereses

La internacionalización de las grandes empresas españolas durante los años noventa transformó profundamente nuestra economía y nuestra presencia internacional. Bancos, compañías energéticas, operadores de telecomunicaciones y empresas de infraestructuras encontraron en América Latina oportunidades que no existían en Europa y que les permitieron adquirir una dimensión difícilmente imaginable si hubieran permanecido concentrados en el mercado español. La expansión empresarial coincidió con procesos de liberalización y privatización en distintos países latinoamericanos y contribuyó a construir una red de intereses económicos que sigue siendo fundamental para España.

Según datos publicados por el Banco de España, nuestro país se situaba en 2023 como el segundo inversor extranjero en América Latina —solo tras Estados Unidos—, y la región concentraba más del 30% del stock de inversión directa española en el exterior. La relación económica, además, ya no funciona exclusivamente en una dirección. Las empresas latinoamericanas también han incrementado su presencia en España, que se ha convertido en una plataforma importante para sus inversiones y su expansión europea. Estamos hablando, por tanto, de una relación económica estructural, no de una simple prolongación sentimental de nuestra historia común.

"Las empresas latinoamericanas también han incrementado su presencia en España, que se ha convertido en una plataforma importante para sus inversiones"
Sin embargo, la expansión también consolidó una percepción que hoy necesita ser revisada. Hemos tendido a pensar en América Latina como un espacio natural para las empresas españolas. Casi como si nuestra presencia económica disfrutara de una legitimidad especial derivada de la lengua y de la historia. En Yale, lo que el diplomático estadounidense hizo implícitamente fue advertirnos. En determinados proyectos de infraestructuras, empresas norteamericanas habían terminado trabajando como subcontratistas de compañías españolas. Para la Administración Trump, según su interpretación, recuperar posiciones en esos mercados forma parte de una estrategia más amplia de poder económico.

Conviene distinguir entre la competencia comercial ordinaria y una política deliberada de presión geopolítica. España y Estados Unidos siguen siendo aliados y mantienen relaciones económicas profundas. Pero la nueva estrategia estadounidense recuerda que la condición de aliado no elimina las rivalidades empresariales ni garantiza que Washington vaya a considerar prioritarios los intereses europeos cuando estén en juego inversiones, recursos naturales o infraestructuras estratégicas. España debe empezar a contemplar América Latina como una dimensión esencial de su seguridad económica, del mismo modo que ha aprendido a hacerlo con la energía, las cadenas de suministro o las tecnologías críticas.

Proteger las inversiones existentes será insuficiente si España no comprende las transformaciones productivas de la región y las oportunidades que están surgiendo. América Latina necesita incrementar su productividad, mejorar sus infraestructuras, desarrollar capacidades tecnológicas y generar empleos de mayor calidad. La cooperación económica española tiene que atender también a esas necesidades. De lo contrario, España corre el riesgo de defender posiciones heredadas mientras otros actores construyen las relaciones del futuro.

La dimensión europea de América Latina

Hay una segunda transformación que España debería asumir. Durante muchos años, hemos presentado nuestra pertenencia a la Unión Europea y nuestra vinculación con América Latina como dos dimensiones complementarias de nuestra política exterior, pero relativamente separadas. En el contexto internacional actual, esa separación resulta cada vez menos útil. La política industrial europea, la autonomía estratégica, la diversificación comercial y la seguridad de las cadenas de suministro están directamente relacionadas con las oportunidades de cooperación con América Latina.

"La política industrial europea, la autonomía estratégica, la diversificación comercial y la seguridad de las cadenas de suministro están directamente relacionadas con las oportunidades de cooperación con América Latina"
Los acuerdos comerciales de la Unión Europea con Mercosur y México deben interpretarse también desde esta perspectiva. Su importancia va más allá de la reducción de barreras comerciales: afectan a la capacidad europea para construir relaciones económicas estables en un mundo donde el comercio está cada vez más condicionado por la geopolítica. La transición energética, las materias primas críticas, la producción alimentaria, la digitalización y las infraestructuras ofrecen oportunidades de cooperación relevantes tanto para Europa como para las economías latinoamericanas. Naturalmente, estos acuerdos también plantean conflictos distributivos, preocupaciones ambientales y tensiones sectoriales que no pueden ignorarse. Sus beneficios no se distribuirán por sí solos y sus costes también deberán afrontarse.

España dispone de una posición singular para contribuir a esta relación, aunque debería evitar una tentación recurrente: presentarse como el intermediario imprescindible entre Europa y América Latina. Brasil, México, Chile o Colombia cuentan con capacidades diplomáticas propias y no necesitan pasar por Madrid para relacionarse con Bruselas. Nuestra utilidad no consiste en monopolizar ese vínculo, sino en ayudar a que sea más profundo, estable y beneficioso para ambas partes.

Seguridad, democracia y una relación entre sociedades

Otra de las cuestiones que apareció en el seminario de Yale fue la diferencia entre la seguridad de Estados Unidos y la seguridad de América Latina. Para Washington, las prioridades se concentran en buena medida en el narcotráfico, la inmigración irregular y el control de las fronteras. Para muchos países latinoamericanos, sin embargo, los desafíos son considerablemente más amplios. Las organizaciones criminales participan en actividades que van desde el tráfico de drogas hasta la minería ilegal, la trata de personas y la extorsión, y en determinados territorios han adquirido una capacidad de control que compite directamente con la autoridad del Estado. Una estrategia exclusivamente militar o policial difícilmente puede resolver problemas que también tienen raíces institucionales, económicas y sociales.

"Una estrategia exclusivamente militar o policial difícilmente puede resolver problemas que también tienen raíces institucionales, económicas y sociales"
España y Europa pueden desempeñar un papel relevante mediante la cooperación judicial, la lucha contra el blanqueo de capitales, el fortalecimiento institucional y el intercambio de capacidades tecnológicas. Las conexiones entre las organizaciones criminales latinoamericanas y los mercados europeos recuerdan, además, que estos problemas ya no pertenecen exclusivamente a una región. Esa cooperación debe respetar la soberanía de los países latinoamericanos y evitar que la lucha contra el crimen organizado termine debilitando las garantías democráticas que pretende proteger.

La competencia geopolítica también puede llevar a las grandes potencias a privilegiar la estabilidad o el acceso a determinados recursos sobre las libertades políticas. Venezuela y Cuba ilustran las dificultades de conciliar esos objetivos. Durante la conversación de Yale se planteó precisamente hasta qué punto la estrategia estadounidense hacia Venezuela estaba priorizando la estabilidad institucional y la recuperación económica sobre una transición democrática inmediata. La pregunta también afecta a Europa y España: cómo mantener relaciones económicas y diplomáticas útiles sin abandonar la defensa del Estado de derecho y los derechos fundamentales.

Finalmente, existe una dimensión humana que debería ocupar un lugar mucho más importante en nuestra política iberoamericana. Las relaciones entre España y América Latina ya no pueden explicarse únicamente por la historia de la emigración española hacia el continente. Durante las últimas décadas, millones de latinoamericanos han construido sus vidas en España, contribuyendo a transformar nuestra economía, nuestras ciudades y nuestra sociedad. Los vínculos iberoamericanos se desarrollan hoy en empresas, universidades, hospitales, escuelas y familias, y no solo en las reuniones entre gobiernos. Facilitar la movilidad académica, el reconocimiento de cualificaciones, la investigación conjunta y la circulación del talento puede tener consecuencias más duraderas que muchas declaraciones diplomáticas.

Una cumbre para el futuro, no para la nostalgia

La Cumbre Iberoamericana de Madrid reúne a una comunidad de 22 países con una historia compartida y relaciones culturales extraordinariamente profundas. Su trigésima edición coincide, además, con un momento de transformación del orden internacional que obliga a reconsiderar el significado político de esa comunidad. La agenda prevista incluye iniciativas en cooperación digital, inteligencia artificial, movilidad académica, cuidados y respuesta a desastres. Son ámbitos concretos en los que los compromisos pueden traducirse en resultados para los ciudadanos. Habrá que ver si la cumbre consigue darles continuidad o queda reducida a una sucesión de declaraciones de buenas intenciones.

Al terminar el seminario de Yale, el diplomático estadounidense expresó su confianza en que, después de Trump, Estados Unidos pudiera recuperar una relación más cooperativa con sus vecinos latinoamericanos. Su conclusión era que Estados Unidos necesitaría volver a trabajar con sus aliados y con los propios países de la región para reconstruir su influencia. Me pareció una reflexión pertinente también para España, aunque por razones diferentes.

"España necesita demostrar que puede ser un socio útil por lo que ofrece hoy y por lo que está dispuesta a construir mañana"
Durante mucho tiempo hemos explicado nuestra relación con América Latina mirando hacia atrás, hacia una historia que nos une y que seguirá siendo una parte esencial de nuestra identidad internacional. Pero la importancia de esa historia no garantiza ninguna posición en el futuro. En un continente donde Estados Unidos intenta recuperar su hegemonía, China amplía sus relaciones y los países latinoamericanos buscan preservar su autonomía, España necesita demostrar que puede ser un socio útil por lo que ofrece hoy y por lo que está dispuesta a construir mañana. La Cumbre de Madrid debería servir para comprender que América Latina no es únicamente una parte fundamental del pasado de España. Es también una de las regiones donde se decidirá una parte importante de su futuro.
Marc López Plana
Marc López Plana
Editor y director de 'Agenda Pública'
Participación