Miércoles, 28 de octubre de 2026
ELECCIONES SIN MAYORÍA

Israel: cuando los excluidos tienen la llave

El escrutinio provisional abre tres salidas en Israel: una alianza que mantenga a Netanyahu en el poder, un gobierno alternativo apoyado por los partidos árabes o nuevas elecciones. Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid, analiza por qué el "peso parlamentario" de los partidos árabes "les permite decidir si existe una mayoría alternativa" pese a los intentos de deslegitimarlos como socios de gobierno.

Ruth Ferrero-Turrión Ruth Ferrero-Turrión 28 de octubre de 2026
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Dos ciudadanos israelíes votan en la ciudad de Bnei Brak. | Maya Levin / Zuma Press / Europa Press
Dos ciudadanos israelíes votan en la ciudad de Bnei Brak. | Maya Levin / Zuma Press / Europa Press
Israel ha votado, pero, a estas horas, todavía no sabe quién podrá gobernarlo. Las primeras elecciones celebradas después del 7 de octubre de 2023 y del genocidio en Gaza han devuelto al país a un escenario político que les es familiar: el del bloqueo político. Entre 2019 y 2022, los israelíes acudieron cinco veces a las urnas sin conseguir resolver una crisis política articulada alrededor de Benjamín Netanyahu.

Cuatro años después, la historia amenaza con repetirse. Eso sí, con una diferencia esencial: la movilización histórica de los ciudadanos palestinos de Israel ha convertido a sus representantes en los auténticos árbitros de la gobernabilidad. Precisamente aquellos a los que el sistema político ha intentado excluir tienen ahora la llave para desbloquearlo.

El escrutinio provisional, con el 84,5% de las mesas escrutadas, sitúa al bloque de Netanyahu en 54 escaños, frente a los 49 de la oposición judía y los 17 de las formaciones árabes. Sin embargo, ninguno de los dos grandes bloques alcanza los 61 diputados necesarios para controlar el Parlamento israelí, la Knéset. Aunque las cifras todavía pueden variar, la conclusión política resulta evidente. El primer ministro Benjamín Netanyahu no tiene garantizada una mayoría para continuar gobernando, pero sus adversarios tampoco pueden construir una alternativa sin contar con los partidos árabes, salvo que se produzca una recomposición de los bloques.

"Precisamente aquellos a los que el sistema político ha intentado excluir tienen ahora la llave para desbloquearlo"
La principal novedad de estas elecciones no es, por tanto, el retroceso de Netanyahu, que sigue contando con un amplio apoyo ciudadano, sino la transformación de la representación política árabe en un actor imprescindible. La movilización electoral de los ciudadanos palestinos de Israel ha convertido a unas formaciones tradicionalmente marginadas de las negociaciones de gobierno en los verdaderos kingmakers del sistema político israelí. Con sus resultados electorales, su peso parlamentario les permite decidir si existe una mayoría alternativa y esto no es una cuestión menor en un país donde la participación política árabe ha sido sistemáticamente cuestionada y donde la legitimidad de sus representantes continúa siendo objeto de disputa.

Este nuevo contexto en la representación parlamentaria altera de manera sustantiva los términos del debate político israelí. Durante años, Netanyahu, buena parte de la derecha israelí y su ecosistema mediático han construido una estrategia de deslegitimación de los partidos árabes: no se trataba únicamente de excluirlos de los gobiernos, sino de presentar cualquier mayoría que dependiera de sus votos como políticamente ilegítima. El mensaje ha terminado impregnando incluso a buena parte de la oposición, que ha asumido como propia una frontera establecida por Netanyahu.

En ese sentido, Gadi Eisenkot, Naftali Bennett y Avigdor Lieberman han construido sus estrategias electorales sobre tres compromisos difícilmente compatibles con la aritmética parlamentaria: no gobernar con Netanyahu, no depender de los partidos árabes y excluir a los ultraortodoxos de sus coaliciones. Ahora deberán incumplir alguna de esas promesas si quieren evitar el bloqueo. La paradoja ante la que se encuentran no es menor, ya que podrían obtener una mayoría parlamentaria potencialmente contraria a Netanyahu y, sin embargo, ser incapaces de transformarla en una mayoría de gobierno porque se niegan a reconocer como interlocutores legítimos a quienes podrían proporcionársela.

"No se trataba únicamente de excluirlos de los gobiernos, sino de presentar cualquier mayoría que dependiera de sus votos como políticamente ilegítima"
Netanyahu conoce perfectamente esta contradicción, pretende explotarla y tiene una estrategia clara que consiste en mantener intacta su alianza con los partidos ultraortodoxos y presionar a los dirigentes de la derecha opositora para que abandonen sus compromisos electorales. No sería la primera vez. Benny Gantz aceptó en 2020 participar en un gobierno de unidad con Netanyahu, una decisión que terminó erosionando su credibilidad política. Porque conviene no olvidar que la principal fortaleza de Netanyahu no reside necesariamente en disponer de una mayoría social, sino en conseguir que las alternativas resulten inviables.

En este contexto y con estos números y condicionantes, se pueden ir dibujando tres posibles escenarios políticos en Israel.

El primero sería una recomposición de la mayoría conservadora mediante la incorporación de alguno de los partidos que han prometido excluirlo. De este modo, se podría prolongar el mandato actual. Por un lado, tendría un coste político elevado para quienes decidieran incumplir sus compromisos, pero, por otro, también confirmaría que Netanyahu continúa siendo capaz de condicionar la política israelí incluso cuando las urnas debilitan su posición.

"La principal fortaleza de Netanyahu no reside necesariamente en disponer de una mayoría social, sino en conseguir que las alternativas resulten inviables"
El segundo escenario pasa por una coalición alternativa encabezada por Eisenkot o Bennett, con el apoyo de los partidos árabes. Para ello, no sería imprescindible su incorporación al Ejecutivo. Podrían negociarse acuerdos de investidura y apoyos parlamentarios externos sobre determinadas iniciativas. La experiencia de 2021, cuando Ra'am participó en una coalición de gobierno, demuestra que esta posibilidad no es institucionalmente imposible. Actualmente, Los Demócratas, encabezados por Yair Golan, son la principal fuerza de la oposición judía que defiende abiertamente una cooperación política entre judíos y árabes.

Por supuesto, una mayoría de estas características sería frágil. Las diferencias ideológicas entre sus integrantes, especialmente respecto a Gaza, Cisjordania y los derechos nacionales palestinos, dificultarían la estabilidad del Gobierno. Pero también podría impulsar reformas institucionales, restablecer mecanismos de control democrático y constituir una comisión estatal independiente para investigar los fallos políticos, militares y de inteligencia que hicieron posibles los ataques del 7 de octubre.

Por último, el tercer escenario es el de bloqueo. Si nadie consigue formar gobierno, Netanyahu permanecería como primer ministro en funciones mientras se abre la posibilidad de una nueva convocatoria electoral. La experiencia de 2019-2022 demuestra que esta situación puede prolongarse y beneficiar a quien controla el Ejecutivo. Sin embargo, una mayoría parlamentaria contraria a Netanyahu podría aprovechar ese periodo para impulsar iniciativas legislativas y exigir responsabilidades por el 7 de octubre, siempre que lograra articular acuerdos concretos.

En estas circunstancias, no se puede obviar cuáles son los incentivos de Netanyahu para intentar mantener su posición. Es importante recordar que el actual primer ministro continúa sometido a un juicio por corrupción y, aunque su cargo no le proporciona inmunidad penal automática, permanecer en el poder le permite conservar una considerable capacidad de influencia política. Su salida del Gobierno podría debilitar su posición para buscar una solución favorable a sus problemas judiciales. La supervivencia política y la personal vuelven así a entrelazarse.

En todo caso, y ante una eventual salida del poder de Netanyahu, tampoco estaríamos asistiendo a una transformación profunda de Israel. Eisenkot y Bennett representan alternativas de liderazgo, aunque no tienen por qué suponer una ruptura con los consensos securitarios dominantes. Ninguno de ellos ofrece garantías de modificar sustancialmente la política hacia Gaza, la ocupación de Cisjordania o la negación de los derechos nacionales palestinos. En ese sentido, la sustitución del primer ministro podría facilitar cierta recomposición institucional y diplomática sin alterar las estructuras fundamentales del conflicto e incluso permitir que su sucesor consiguiera unos mayores niveles de legitimidad internacional que su predecesor.

"Eisenkot y Bennett representan alternativas de liderazgo, aunque no tienen por qué suponer una ruptura con los consensos securitarios dominantes"
En este sentido, el resultado de las urnas en Israel deja, al menos, dos paradojas. La primera es que los ciudadanos palestinos pueden jugar un papel esencial en la gobernabilidad de un sistema que considera inaceptable su influencia sobre la formación del Gobierno. Ahora depende del resto aceptar las consecuencias políticas de la realidad existente. La segunda paradoja es la de la propia supervivencia política de Netanyahu y el propio condicionamiento ideológico de la exclusión: si sus adversarios no consiguen armar una mayoría suficiente, el efecto contagio se habrá materializado. Y la crisis democrática israelí seguirá profundizándose.
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación