Durante diez años he sido corresponsal en Bruselas y, en demasiadas ocasiones, las crónicas, análisis y entrevistas han estado dominadas por la sensación de fatalidad. El encadenamiento de fracasos se hacía más amargo porque el éxito siempre estaba a la vista. La Unión Europea es única en muchas facetas. También es única en tener toda una detallada receta sobre cómo recuperar el rumbo y el control en distintos ámbitos y
renunciar una y otra vez a ejecutar un plan conocido por absolutamente todos. Parece como si la UE sufriera
una aguda anemia política.
George Steiner hablaba de la "autoconciencia escatológica" que define Europa:
la obsesión con su propia muerte. "Es como si Europa, a diferencia de otras civilizaciones, hubiera intuido que un día se hundiría bajo el paradójico peso de sus conquistas y de la riqueza y complejidad sin parangón de su historia", señalaba Steiner en
La idea de Europa. El propio Steiner, en el discurso que se convirtió en esa pequeña obra, hace amagos de optimismo que él mismo sofoca, admitiendo que
"quizás sea demasiado tarde" para salvar Europa.
Esa misma sensación agarrota a toda la Unión Europea. En sus recientes informes sobre la competitividad europea, los antiguos primeros ministros italianos
Enrico Letta y Mario Draghi han hecho un análisis detallado de lo que hace falta para reactivar la economía de la Unión. Draghi, que conoce bien la tendencia europea a la inacción, ha sido el que más ha insistido en "hacer algo". Lo que sea, pero algo. Y ha sido el más fatalista, porque sabe que es de las pocas formas de capturar la atención de los europeos: o se avanza en las reformas clave, o
Europa afronta una "lenta agonía".
"Draghi, que conoce bien la tendencia europea a la inacción, ha sido el que más ha insistido en «hacer algo». Lo que sea, pero algo"
¿Ha dicho lenta? Eso suena mejor que rápida. Eso habrán pensado los líderes europeos, porque
están escogiendo agonizar. Es natural, forma parte del ADN europeo. Es la profecía autocumplida de Steiner. En el debate sobre el
próximo marco financiero plurianual (MFP), que cubrirá el periodo 2028-2034,
los Veintisiete están dejando a la vista de todos la ausencia de sentido de supervivencia. Los "frugales" están completamente enrocados en la necesidad de hacer más recortes sobre el próximo MFP, mientras que el grupo de los "amigos de la cohesión"
se niega a que se toquen las partidas tradicionales para redirigir gasto hacia nuevos objetivos.
A pesar del amplio consenso económico que existe alrededor de los llamados "bienes públicos europeos" y la idoneidad de impulsar el rol internacional del euro, los Veintisiete no son capaces de unir los puntos y avanzar hacia una
emisión continuada de deuda conjunta. Aunque economistas y analistas lo consideran como algo de sentido común,
muchas capitales siguen arrastrando los pies. Sin urgencia no hay necesidad. Pasa lo mismo en casi todos los ámbitos, como, por ejemplo, la
profundización del mercado interior o la protección de la industria europea. Ocurre también en política exterior.
La UE sistemáticamente renuncia a influir en muchos casos, y en otros juega sistemáticamente mal sus cartas. Cuando estás convencido de que vas a perder siempre, cometer errores no forzados es bastante más sencillo. Y así va poco a poco echando raíces
un fatalismo que es difícil de extirpar.
Hay algunas señales esperanzadoras en algunos ámbitos. Por ejemplo, todo apunta a que por fin la mayoría de la UE ha abierto los ojos a
la amenaza existencial que representan para sus industrias clave China y sus prácticas comerciales, así como los riesgos que presenta desde una perspectiva de seguridad económica. Por primera vez desde que en 2023 comenzó a endurecer su posición, la Comisión Europea está siguiendo
una estrategia comercial hacia Pekín mucho más asertiva con el respaldo de los Estados miembros, especialmente de Francia y Alemania.
"Los Veintisiete no son capaces de unir los puntos y avanzar hacia una emisión continuada de deuda conjunta, aunque economistas y analistas lo consideran como algo de sentido común"
Si ha cambiado la actitud respecto al riesgo de China es únicamente porque los líderes, y especialmente Friedrich Merz, canciller alemán, han entendido que
el riesgo no solamente es existencial, sino que también es inmediato. Los Veintisiete necesitan encontrarse ante una crisis grave y en ocasiones sin precedentes para
sentirse obligados a moverse con decisión hacia ámbitos que sabían que eran los correctos. Lo han demostrado en el caso comercial chino, pero también lo han hecho en el caso de EE. UU. y
la amenaza sobre Groenlandia.
El instinto de supervivencia solamente electrifica a los líderes enfrentados al abismo. Solamente entonces les llega la inspiración del 'momento maquiavélico' de J. G. A. Pocock y logran reaccionar. Lo grave es que, actuando y obteniendo resultados, los líderes europeos demuestran que
Europa no está condenada. Que hay remedio, que hay soluciones. Y sencillamente renuncian a creer en ello.
Europa debe abandonar la autocompasión como postura por defecto, esperando a que las crisis sean tan graves que no le quede más opción que reaccionar. Debe cambiar la pena por sí misma por
la autoestima consciente, sabiendo sus debilidades, pero conociendo y utilizando sin complejos sus fortalezas.