En el parlamentarismo español, el Congreso de los Diputados refleja en la mayoría de las legislaturas
una mayoría plural y progresista que sostiene en los últimos años a los sucesivos Gobiernos de coalición. El Senado, en cambio, permanece atrincherado como un feudo donde el Partido Popular ejerce una hegemonía asfixiante. No por mayoría social, sino por la aritmética de la ley electoral. En la
actual legislatura, esa brecha ha alcanzado cotas de máxima tensión institucional.
La Cámara Alta ha sido transformada en un ariete partidista de desgaste del Gobierno —mediante reprobaciones, comisiones
ad hoc y vetos a la senda presupuestaria— que desnaturaliza su mandato constitucional y ha bloqueado la renovación de órganos constitucionales.
Desconociendo el funcionamiento de la ley electoral y la Ley para la Reforma Política en la que fue inspirada, podría atribuirse este dominio conservador a una supuesta inclinación sociológica de la España del interior. La realidad empírica, sin embargo, lo desmiente:
la mayoría absoluta del Partido Popular en el Senado no es la expresión de un mandato popular conservador, sino el resultado de una herramienta de ingeniería electoral predemocrática explotada con eficacia por la derecha ante la desmovilización y fragmentación de la izquierda.
La propuesta lanzada recientemente desde la sociedad civil por la plataforma "Senadoras y Senadores por la Democracia" sitúa el debate en sus justos términos: o las fuerzas progresistas asumen una coordinación electoral técnica y táctica en el Senado, o la derecha conservará el veto sobre los órganos constitucionales aun siendo minoritaria en votos.
El espejismo de la España conservadora
Desmontemos una falacia demasiado repetida: no, España no es un país de mayorías electorales de derechas. En casi medio siglo de democracia y a lo largo de dieciséis elecciones generales,
las fuerzas conservadoras de ámbito estatal únicamente han alcanzado la mayoría absoluta en dos citas excepcionales: en el año 2000, con José María Aznar en la cúspide de la bonanza previa al euro, y en noviembre de 2011, con Mariano Rajoy capitalizando el colapso financiero de la crisis económica.
"O las fuerzas progresistas asumen una coordinación electoral técnica y táctica en el Senado, o la derecha conservará el veto sobre los órganos constitucionales aun siendo minoritaria en votos"
En las restantes catorce convocatorias,
el espacio conservador fue incapaz de sumar la mitad más uno de los escaños del Congreso. Más aún, desde la
fragmentación del sistema de partidos en 2015, la derecha y su dificultad para entenderse con fuerzas nacionalistas jamás han vuelto a contar con mayoría parlamentaria en la Cámara Baja. Ni siquiera la investidura de Rajoy en 2016 reflejó un mandato de derechas, sino la resignación del PSOE y una precaria supervivencia parlamentaria —con solo 137 escaños del PP— condenada a la parálisis legislativa y clausurada por la moción de censura de 2018.
¿Por qué, entonces, el Partido Popular exhibe hoy
una mayoría absoluta de 120 senadores electos sobre 208? Por el impacto desigual del sistema electoral:
| Bloque político (elecciones 23-J) |
% voto popular Cámara Baja |
% senadores directos obtenidos |
Escaños obtenidos en el Senado |
| PP |
33,05% |
57,7% |
120 |
Bloque progresista
PSOE, Sumar y afines |
31,70%
12,39% |
35,1% |
72
+1 = 73 |
En las elecciones del 23, en la Cámara Baja —que refleja el voto más proporcional—, el PP logró un 33% de los votos, el PSOE, el 31,7%, y Sumar, el 12,39% (los progresistas suman un 44%). En cambio, en el Senado el PP obtuvo 120 senadores, mientras el PSOE y Sumar obtuvieron 73 y Vox, 0.
El PP, con el 33% del voto, obtuvo casi dos de cada tres senadores. Esta enorme anomalía representativa tiene un origen institucional concreto.
La ingeniería del cerrojo en el Senado: el origen de la LOREG
El sistema de elección del Senado nació en el laboratorio preconstitucional de la Transición, alejado del espíritu descentralizador de la Constitución de 1978. La Ley 1/1977 para la Reforma Política —concebida por Torcuato Fernández-Miranda bajo el mandato de Adolfo Suárez— tenía un objetivo claro:
edificar una segunda cámara que funcionara como amortiguador conservador frente a las posibles mayorías transformadoras que surgieran del mandato del pueblo en el Congreso de los Diputados. Debía servir, además, para acomodar sin estridencias a algunos políticos preconstitucionales en una cámara sin iniciativa política. Y sirvió a tal fin.
Para blindar ese cerrojo
se articularon tres barreras:
- Una asignación uniforme por provincias que otorgaba cuatro senadores a cada una, con independencia de su volumen demográfico, sobrerrepresentando de manera estructural el voto agrario e interior frente a las grandes ciudades y núcleos urbanos.
- La designación directa, por parte del rey, de hasta una quinta parte de los senadores durante el proceso constituyente (ahora son designaciones autonómicas).
- Un sistema de sufragio mayoritario plurinominal con voto restringido, muy alejado de la proporcionalidad.
Expliquemos este último mecanismo, que luego se fijó en el artículo 166 de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG):
concede a cada elector tres cruces en las circunscripciones peninsulares en las que se eligen cuatro senadores. Su lógica operativa es un rodillo, dado que el electorado, pese a las listas abiertas, vota prácticamente en bloque a los candidatos de un mismo partido o coalición. Así, la primera fuerza provincial —incluso si vence con una ventaja marginal de unas pocas centésimas porcentuales— se embolsa el 75% de la representación provincial (tres senadores), dejando un único representante a la segunda fuerza y marginando con el 0% a cualquier otra opción concurrente.
"La primera fuerza provincial —incluso si vence con una ventaja marginal de unas pocas centésimas porcentuales— se embolsa el 75% de la representación provincial"
Cuando el espacio progresista acude por separado a las urnas (PSOE por un lado, Sumar u otras formaciones a su izquierda por otro),
fragmenta mecánicamente su masa de votos en una pluralidad de candidatos, entregando el primer puesto en bandeja al Partido Popular en circunscripciones donde la mayoría social agregada de izquierdas es incontestable. Esto que le suele ocurrir a la izquierda le ocurrió al PP excepcionalmente en la campaña en la que Ciudadanos estaba más fuerte, y se fragmentaron los apoyos a la derecha, dando la mayoría del Senado al PSOE. Una vez absorbidos por el PP los votos de Cs,
el PP vuelve a acaparar dos o tres de los cuatro senadores de cada provincia.
La palanca del poder judicial y el falso sacrificio ideológico
El debate sobre el Senado se ha visto con frecuencia empañado por un erróneo prejuicio:
el miedo a que la confluencia diluya los perfiles ideológicos de los partidos en liza. Sin embargo, como señala acertadamente Javier Pérez Royo, un análisis riguroso de las atribuciones del Senado en la CE demuestra exactamente lo contrario.
En virtud del
artículo 90 de la Constitución Española, el Senado opera bajo un modelo de bicameralismo imperfecto y asimétrico. Toda iniciativa legislativa nace, se debate sustantivamente y se aprueba de forma vinculante en el Congreso de los Diputados.
El Senado solo tiene potestad de enmienda o veto temporal, puesto que cualquier modificación que introduzca el Senado puede ser revertida y levantada de inmediato por la mayoría del Congreso por mayoría absoluta o transcurridos dos meses por mayoría simple. En nuestro sistema parlamentario, ni la investidura presidencial (art. 99 CE) ni la moción de censura (art. 113 CE) pasan por el Senado.
Por consiguiente,
acudir juntos al Senado no exige pactar un programa económico, laboral o social común. Las discrepancias legítimas entre socialistas y el espacio a su izquierda siguen dirimiéndose y votándose con total soberanía y visibilidad en el Congreso. En cambio,
la alianza en el Senado puede arrebatar a la derecha el uso obstruccionista de la Cámara y activar sus facultades exclusivas.
Es aquí donde reside
el núcleo del poder real del Senado:
- El Senado nombra de manera indelegable a cuatro de los doce magistrados del Tribunal Constitucional (artículo 159.1 CE) mediante mayoría cualificada de tres quintos.
- El Senado designa a diez de los veinte vocales del Consejo General del Poder Judicial (artículo 122.3 CE), igualmente por tres quintos.
Una mayoría conservadora en el Senado garantiza
un candado perpetuo sobre estos órganos, normalizando la parálisis y la captura partidaria de las cúpulas del poder judicial. En este sentido, fueron muy polémicas las declaraciones de Ignacio Cosidó, portavoz del PP en el Senado, anunciando a su grupo que controlarían al Tribunal Supremo "por la puerta de atrás". Recuperar el control de la Cámara Alta por parte de una mayoría progresista desarticula ese secuestro institucional y restablece el normal equilibrio democrático.
La matemática del vuelco: de veintitrés a treinta provincias y cuarenta y cinco senadores o más
La viabilidad electoral de esta alianza no es una elucubración teórica:
descansa en los propios datos consolidados de julio de 2023.
"Una mayoría conservadora en el Senado garantiza un candado perpetuo sobre estos órganos, normalizando la parálisis y la captura partidaria de las cúpulas del poder judicial"
El estudio técnico impulsado por el demógrafo del CSIC Juan Antonio Fernández Cordón demuestra que, si bien el Partido Popular superó al PSOE en 38 provincias,
la suma agregada del voto progresista (PSOE + Sumar) bate al Partido Popular en entre veintitrés y treinta circunscripciones clave: Bizkaia, Menorca, València, Teruel, Asturias, Pontevedra, A Coruña, Huelva, Badajoz, Cáceres, Cádiz, Castelló, Mallorca, Zaragoza, Alacant, Córdoba, Granada, Huesca, Jaén, Guadalajara, Málaga, El Hierro, León, Toledo, Madrid, Cuenca, Burgos, Albacete, Ciudad Real y Valladolid.
| Escenario parlamentario |
Senadores electos PP |
Senadores electos izquierda (PSOE + Sumar) |
Mayoría absoluta directa (105 de 208) |
| Escenario real 23-J (listas separadas) |
120 |
73 |
PP con mayoría absoluta |
| Proyectado (lista unitaria progresista) |
75 |
117 |
Coalición con mayoría absoluta |
Invertir el orden en estas circunscripciones
arrebata de manera directa unos cuarenta y cinco senadores al Partido Popular. Como consecuencia, el PP se desplomaría desde sus actuales 120 escaños directos hasta quedarse en 75, perdiendo fulminantemente su mayoría absoluta. En paralelo, la confluencia de izquierdas pasaría de 73 a
117 actas electas directas, alcanzando por sí sola la mayoría absoluta de la cámara de elección popular (fijada en 105 escaños) y totalizando 128 escaños directos junto a socios como ERC, EH Bildu y el PNV.
La viabilidad del pacto: 100/50 y precedentes históricos
La negociación puede ser muy sencilla, puesto que el Senado ofrece una arquitectura que simplifica los equilibrios de poder mediante
un reparto 100/50.
"El PP se desplomaría desde sus actuales 120 escaños directos hasta quedarse en 75, perdiendo fulminantemente su mayoría absoluta"
Al presentarse tres candidatos unitarios en cada provincia para concentrar la totalidad de los votos progresistas,
la alianza requeriría acordar 150 candidaturas estratégicas:
- El PSOE propondría a 100 candidatos (dos por circunscripción en la práctica totalidad de demarcaciones).
- El espacio situado a su izquierda (Sumar, IU, Podemos, Más Madrid, Compromís, Més, Chunta y fuerzas territoriales afines) designaría a 50 candidatos (un representante en circunscripciones medias e intensificación en áreas metropolitanas).
Todo esto con los ajustes necesarios según el escenario de cada circunscripción. Además,
las fuerzas políticas deberían ser generosas e incorporar a referentes culturales, territoriales y sociales que en cada circunscripción pudiesen movilizar a más electores y hacer la propuesta más integradora.
El resultado supone
una ganancia indiscutible para ambas partes. El PSOE pasaría de sus 72 actas de 2023 a copar entre 95 y 100 escaños directos (un crecimiento de más del 30%), mientras que el espacio a su izquierda saltaría de su actual y desolador cero absoluto a garantizarse entre 20 y 35 senadores y senadoras con grupo parlamentario propio, recursos y presencia institucional. La consigna para el electorado progresista es muy clara:
marcar a las tres personas que integran la lista unitaria, lo que se facilita con listas de tres nombres. Es fácil de explicar y fácil de votar; debería ser también fácil de acordar.
Esta vía cuenta con
precedentes de éxito contrastado. En 1977, la candidatura unitaria
Senadores para la Democracia (PSOE, PSP, PCE y demócratas independientes) ganó en Madrid frente a la UCD oficialista. En Catalunya, la
Entesa dels Catalans de 1977 barrió a la derecha consiguiendo 12 de los 16 escaños directos, una experiencia reeditada con enorme eficacia durante cuatro elecciones generales consecutivas (2000-2011) mediante la
Entesa Catalana de Progrés. Más recientemente, el 23-J demostró que donde hubo coordinación, hubo victoria:
la candidatura conjunta Eivissa i Formentera al Senat (PSOE, Sumar, Esquerra Unida y Ara Eivissa) arrebató con éxito el senador al Partido Popular.
Rescatar el Senado para la política territorial
Romper el cerrojo del Senado no responde únicamente a un imperativo aritmético, sino a
la urgente necesidad de restituir el sentido original de la Cámara Alta. Convertida durante años en una trinchera estéril de acoso al Gobierno, desarticular la mayoría de derechas permitiría que el Senado asuma por fin su mandato pendiente como órgano de representación y deliberación territorial.
"Desarticular la mayoría de derechas permitiría que el Senado asuma por fin su mandato pendiente como órgano de representación y deliberación territorial"
Con los equilibrios corregidos,
la Cámara Alta dejará de ser una máquina de veto para transformarse en el espacio institucional idóneo donde encauzar los dos grandes debates pendientes de la España contemporánea: la modernización del Estado autonómico y la reforma solidaria del
modelo de financiación autonómica.
La sociedad civil ha formulado
un diagnóstico certero y una hoja de ruta técnicamente incuestionable; corresponde ahora a los partidos progresistas superar la inercia del sectarismo táctico y actuar con la audacia que exige el momento histórico.