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El nudo gordiano de la innovación social

Borja Monreal Gainza

10 mins - 7 de Mayo de 2024, 07:00

Escribir un artículo sobre innovación resulta tan poco innovador como casi todo lo que sale como resultado de la aplicación práctica del propio término. Innovar se ha convertido, hoy, en una redundancia. Innovar para mejorar. Innovar para crecer. Innovar para vivir. El imperativo de innovar ha llevado a la propia palabra a la pérdida de significado: si todo es innovación, lo mismo nos da que nada lo sea. Cuando esto sucede con el lenguaje, hay dos posibilidades: abandonarlo o resignificarlo. Abandonarlo tiene como contrapartida perder la idea original que hizo la palabra necesaria. Innovar fue, en algún momento, una búsqueda constante por algo mejor. En el camino se olvidó de ese apellido, de ese “algo” que, hoy en día, adopta formas de lo más variopintas: desde las más aberrantes, e innovadoras, formas de matar en remoto, a las más absurdas ideas peregrinas para satisfacer necesidades inexistentes. Vivimos, así, encerrados en la paradoja de la innovación: en una época donde la tecnología lo puede todo, la mayor parte de nuestros esfuerzos como humanidad se dedican a un sistema de innovación entrópico en el que las fuerzas del mercado canalizan toda nuestra energía hacia el desagüe de nuestras ansias consumidoras. 

Hace unos años, sin embargo, comenzó una corriente para resignificar el término. Innovación social, le llamaron. Una forma de intentar afrontar problemas sociales persistentes con nuevas soluciones que busquen mejorar la vida de las personas. La Fundación COTEC, uno de los faros de la innovación en España, lo intentó hacer sin necesidad de adjetivar la palabra: “innovación es todo cambio (no solo tecnológico) basado en conocimiento (no solo científico) que aporta valor (no solo económico)”. El problema, de nuevo, fue que definiciones laxas llevan a interpretaciones demasiado abiertas: en los últimos años la innovación social ha acabado por denominar desde empresas que producen pajitas con plástico reciclado a, incluso, los modelos de logística descentralizada, que han sido capaces (no por mucho tiempo) de reetiquetar la explotación laboral como innovación social y tecnológica

Podemos, pues, intentar ser un poco más exigentes a la hora de definir los términos, introduciendo algunas ideas que nos ayuden a entender mejor de lo que estamos hablando. La innovación social debe cumplir con tres criterios que la hacen diferentes del resto. En primer lugar, y por encima de todo, un proceso de innovación social debe aspirar a reducir las asimetrías que separan a las personas por su condición de nacimiento. Debe desafiar el statu quo y atacar a los problemas de raíz que generan las desigualdades en las que vivimos a través de un enfoque sistémico que busque modificar las estructuras que distribuyen los costes y beneficios en el sistema en el que vayamos a intervenir. Los sistemas arrojan los resultados para los que han sido diseñados. Si queremos cambiar los efectos que producen, es indispensable transformar las estructuras que los soportan.

En segundo lugar, la innovación social debe ser social tanto en los medios como en los fines. Una cuestión sustancial para transformar estas estructuras de poder, parte de la participación y el rol que las personas afectadas por los problemas toman tanto en la definición de los propios problemas como de las soluciones. Debemos dejar un espacio en la mesa para aquellas personas que sufren las situaciones que queremos resolver, cediendo espacios de decisión que permitan condicionar los resultados de estos procesos que permitan incorporar sus perspectivas en todo el proceso de diseño e implementación de las iniciativas. El debate de la participación y la representación es tremendamente delicado, pero lo cierto es que el cambio nunca sucederá si seguimos manteniendo las mismas miradas y no incorporamos las visiones de las personas que experimentan las situaciones que pretendemos resolver y su forma de entender la realidad. 

En tercer lugar, la innovación social debe ser colaborativa. Si asumimos que busca transformar estructuras sistémicas, y que debemos generar procesos de participación tanto para la redefinición de los problemas como de las soluciones, el proceso de transformación social no puede realizarse sin generar procesos de colaboración radicales en los que participen actores diversos que tengan la capacidad de alterar los engranajes de la sociedad. 

Asumiendo esta visión restringida de la innovación social, que deja fuera probablemente la inmensa mayoría de las iniciativas que se definen bajo su paraguas, podemos también pensar entonces en las condiciones de posibilidad para que un proceso de estas características suceda.

Lo primero que se necesita para generar este tipo de cambios, es tiempo. Dice un proverbio africano que nueve mujeres no pueden hacer un hijo en un mes, necesitamos una mujer y nueve meses. En el ámbito de la innovación social sucede lo mismo: se necesita tiempo para generar cualquier tipo de resultados. En toda mi carrera profesional no he encontrado proyectos transformadores que no lleven más de diez años buscando esa transformación. Desde fases de diagnóstico y escucha profunda, a procesos de co-creación de soluciones participadas, al pilotaje y la escalabilidad de soluciones, un periodo mínimo de maduración de una iniciativa de esta naturaleza es de cinco años para poder arrojar resultados visibles. 

En segundo lugar, se requiere confianza. El principal intangible que condiciona los procesos de colaboración es la generación de espacios seguros en el que los diversos actores sean capaces de establecer lazos de colaboración que les permitan alinear sus intereses al tiempo que contribuyen a un fin último común con sus aliados. Confianza entre las partes que participan de las iniciativas que, no olvidemos, suelen venir de esferas diferentes, con incentivos distintos y visiones de la realidad dispares. La confianza es la argamasa de los procesos de innovación social y, de nuevo, requiere de tiempo y recursos para que surja.

En tercer lugar, se requiere una enorme capacidad de resiliencia para absorber el fracaso y generar aprendizajes de los errores cometidos. La complejidad de los problemas a los que nos enfrentamos y la propia naturaleza de los procesos de innovación hacen que el error sea una parte necesaria del proceso. Parafraseando a Churchill, el éxito en la innovación social sería ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. 

Y entonces ¿quién paga esto? 

El principal problema para que todo lo anterior suceda, es que los procesos de transformación que busca la innovación social se producen en aquellos espacios donde el mercado no tiene incentivos para buscar nuevas soluciones o, incluso, las soluciones que ha aportado son nocivas para las partes involucradas. Como principal consecuencia, y contra las últimas tendencias en el propio sector, que consideran que el emprendimiento, y en este caso el emprendimiento social, puede buscar soluciones basadas en el mercado a todos los problemas de la sociedad (recordemos de nuevo las pajitas de plástico reciclado o algunos de los modelos de economías de plataforma para ver lo equivocado de este enfoque), lo cierto es que los procesos de innovación social necesitan flujos de financiación estables y con una mirada al medio y largo plazo. El problema es que los ecosistemas de financiación de este tipo de iniciativas no están adaptados para que todo esto suceda. Primero porque, tanto fondos públicos como privados marcan proyectos con alcances temporales muy limitados, de uno a dos años en el mejor de los casos. Segundo, porque todos ellos están condicionados a la generación de resultados en el corto plazo. Nadie quiere pagar el fracaso. Y tercero porque todos ellos se basan en la generación de entornos competitivos y no colaborativos que impiden que se generen las relaciones y los espacios tan necesarios para que la innovación transformadora suceda. Es decir, todos los sistemas de financiación de la innovación social están perfectamente alineados para que esta no suceda. 

Y la última pregunta, entonces, es cómo salimos de este nudo gordiano. La respuesta, como casi todas insatisfactorias, está en fase de construcción. Pero sin duda pasa por modificar las estructuras de financiación de estos procesos. En el mundo anglófono, donde la innovación social tiene un recorrido mucho más extendido, la mayor parte del tejido de financiación está abrazando modelos completamente distintos a los que estamos habituados en España. Por un lado, el sector privado, especialmente las fundaciones filantrópicas, están tomando posiciones en las fases iniciales de estos procesos, aportando los recursos necesarios para que las innovaciones se maduren, las colaboraciones se generen y las soluciones tengan tiempo para adaptarse y arraigarse en los entornos. Desde organizaciones pioneras, como la Ford Foundation, Mulago Foundation o Family Sall Foundation, se están buscando formas de financiación flexibles, que apoyan a organizaciones y redes en el medio y largo plazo, que establecen relaciones de confianza con ellas generando además procesos de refuerzo de capacidades de las propias redes de transformación y que financian no solo proyectos sino las propias capacidades operativas de las organizaciones que lideran las iniciativas. Por el otro, las instituciones públicas están generando sistemas para apoyar y absorber las innovaciones que surgen del ecosistema de innovación, creando estructuras intermediarias que apoyan y validan estas innovaciones, que actúan de enlace con las administraciones y que generan mecanismos de conocimiento para que estas innovaciones sean adoptadas por el sistema público y su alcance sea más transformador. Ejemplos como Nesta, en el Reino Unido, o Portugal Innovação Social, están abriendo el camino en la transformación del sector. Si de algo sirven los aprendizajes de tantos años en el ámbito de la innovación social, es que para cambiar los sistemas, hay que empezar por cambiar los incentivos que hacen que los agentes actúen de una determinada manera. Y esto pasa por cambiar las estructuras de financiación que los soportan. Ahí quizás esté la forma de deshacer el nudo, quién sabe.


Borja Monreal participa este miércoles, 8 de mayo, en el encuentro Fundaciones e innovación social en España, organizado por Agenda Pública y la Fundación "la Caixa" dentro del ciclo Una sociedad de oportunidades
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