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Artículo dentro del especial:
con la colaboración de:
SAMUEL SÁNCHEZ

Por qué deberíamos votar a los 16

Javier Carbonell Castañer, Kilian Wirthwein Vega

7 mins - 16 de Abril de 2024, 07:00

Recientemente, la ministra Sira Rego ha propuesto que “los jóvenes a partir de los 16 años puedan votar en las próximas elecciones”. Este fue uno de los temas más debatidos en el Parlamento Europeo, tanto que en 2022 se alcanzó un compromiso de reducir la edad de voto como ya sucede en Austria, Bélgica, Malta o Alemania. En el informe “Juventud vulnerable y democracia en España”, realizado para FEPS (Fundación Europea de Estudios Progresistas), FES Madrid (la oficina en España de la Friedrich-Ebert-Stiftung) y la Fundación Felipe González proponemos esta idea como una forma de acercar la democracia a los jóvenes. Pero ¿es esta una buena medida? La experiencia comparada y la evidencia empírica nos muestran que sí. 

La primera razón es demográfica: no hay suficientes jóvenes en España como para representar un electorado al que los políticos presten atención. Actualmente hay 5,8 millones de personas menores de 30 con derecho a voto pero esto solo representan el 22% del electorado. Mientras, los mayores de 65 son 9,4 millones. Los jóvenes han perdido peso rápidamente en las últimas décadas, en los 90, por ejemplo, había 9 millones de jóvenes y 5,9 millones de personas mayores de 65. En política, si no votas, no cuentas. Eso hace que los intereses de los jóvenes en España estén infrarrepresentados en el sistema político ya que solo uno de cada diez políticos tienen menos de 30 años

La falta de representación de los jóvenes supone un problema por dos motivos. En primer lugar, porque la situación de los jóvenes españoles es muy complicada. Hoy en día las personas de más de 65 años acumulan de media 5 veces más riqueza que una persona de 35 años, una diferencia que no ha dejado de aumentar desde los 90. Además, el porcentaje de jóvenes menores de 35 años que tienen una vivienda en propiedad ha bajado desde el 69% en 2011 al 36% en 2020 ya que mientras que en 1987 comprar una casa costaba 3,3 años de renta hoy son más de 8. 

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En segundo lugar, la representación de los intereses jóvenes es buena para el sistema democrático ya que estos tienen una amplia variedad de intereses que miran no solo por su situación profesional, sino por el futuro de toda la sociedad. Así, son los jóvenes los que están más preocupados y movilizados por las cuestiones climáticas y de vivienda, dos temas fundamentales que afronta nuestro país. Escuchar más a los jóvenes cambiaría los temas de los que hablamos en el discurso público. Reducir la edad de voto a los 16 años permitiría, por tanto, añadir casi un millón de personas más al electorado y ayudaría así a convertirse en un foco de interés de los partidos políticos, los cuales adaptarían más sus programas para representar sus intereses. 

Reducir la edad de voto a los 16 ayudaría también a la salud del sistema democrático. En los últimos meses, algunas encuestas y estudios apuntan a que muchos jóvenes han reducido su apoyo a la democracia como sistema político. En el informe argumentamos que estas encuestas enmascaran, en realidad, la percepción de muchos jóvenes de que no viven en una democracia real, ya que la promesa de bienestar, control sobre sus vidas y capacidad de decisión en asuntos sociales no se está cumpliendo. Por tanto, es necesario mejorar los canales de participación para reenganchar a esos jóvenes en la democracia.  En este sentido, la evidencia muestra que los jóvenes que votan antes muestran, además, mayores niveles de confianza en el sistema democrático y confianza en la política

Además, esta medida tiene el efecto de provocar que los jóvenes que votan más tempranamente lo hagan más el resto de sus vidas. Una de las razones es que muchos jóvenes que podrían votar con 18 no lo hacen porque están mudándose de ciudad por estudios, o entrando en un ámbito laboral nuevo en el que las elecciones no son una prioridad. Por el contrario, la inmensa mayoría de los jóvenes de 16 años todavía viven con sus padres en el distrito donde están censados y disponen del tiempo para acudir a votar. Como muestra el caso de Austria, en el que las persones de 16 fueron a votar más que las de 18.

No obstante, bajar la edad de voto a los 16 es, sobre todo, una cuestión de justicia. Nuestro sistema democrático se basa en el principio de que los ciudadanos nos gobernamos a nosotros mismos. Sin embargo, en España, a los 16 una persona puede trabajar, cotizar y pagar impuestos como un adulto en algunos asuntos, pero no tiene la capacidad de decidir sobre la política laboral, fiscal o criminal de su país. Esto es una incongruencia y es una violación flagrante del principio democrático de «no taxation without representation» que motivó la Revolución Americana. 

El gran argumento en contra de reducir la edad de voto - el único, en realidad - es que las personas de 16 años no serían lo suficientemente maduras para escoger. Resulta contradictorio aceptar que sí son maduros para tener el derecho de trabajar o pagar impuestos pero no el derecho a votar. Además, el miedo a las consecuencias de la inmadurez no parece razonable. Si el miedo es que los jóvenes se verán influidos por su entorno, entonces nadie podría tener derecho a voto, ya que todos nos formamos nuestra opinión política en interacción con nuestro entorno. Además, el voto a los 18 años no es ninguna garantía para un voto más maduro ya que la principal víctima de bulos de internet suelen ser los estratos más mayores de la sociedad. 

Más allá de disipar miedos, es necesario darle la vuelta a este argumento, ya que bajar la edad a los 16 años podría ayudar a acelerar la madurez de los jóvenes. Tener derecho a votar les daría un incentivo para informarse más tempranamente y, además, existen algunos experimentos que muestran que en este tema, en el de la edad de voto, los jóvenes ya presentan argumentos más sofisticados que los adultos

En definitiva, bajar la edad de voto a los 16 años no es una panacea, pero sí es una política positiva. La escasa evidencia académica de que disponemos indica que, aunque moderados, los efectos son generalmente positivos en participación política, representación de los jóvenes y calidad de la democracia. Sin embargo, no es suficiente por sí sola. Por ello, en el informe “Juventud vulnerable y democracia en España” le añadíamos una batería de medidas para aumentar la capacidad de los jóvenes de participar como reforzar las asociaciones juveniles o incluir una “perspectiva de juventud” en los presupuestos generales del Estado. 

Mejorar la voz que tienen los jóvenes no solo les ayudaría a ellos, sino que tendría consecuencias positivas para todos. Al fin y al cabo, la juventud se pasa con el tiempo, pero sus efectos resuenan a lo largo de toda nuestra vida. 
 
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