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MANUEL ESCALERA

La gran ruptura

Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo

6 mins - 11 de Marzo de 2024, 07:00

Hace ahora veinte años, el 11 de marzo de 2004, tuvieron lugar en Madrid los mayores atentados de nuestra historia. Pasaban apenas las 7:30 de la mañana, una hora punta en la que cientos de personas se dirigían al centro de la ciudad, cuando en las estaciones de tren de Atocha, Santa Eugenia y el Pozo se produjo una sucesión de explosiones que hicieron saltar por los aires varios vagones de los trenes.  Apenas una hora más tarde se supo que había más de cien fallecidos y una cifra incalculable de heridos. Madrid se colapsó. El miedo y la tristeza se apoderaron de las calles. Los muertos fueron finalmente 192 y alrededor de 2.000 los heridos.

Todos los medios de comunicación interrumpieron sus programaciones habituales y se sucedieron las declaraciones públicas de los líderes políticos. Hubo unanimidad en atribuir la autoría a ETA. La única voz discrepante fue la de Arnaldo Otegui, líder de la izquierda abertzale, que lo negó: ni por sus objetivos ni por el modus operandi cabía pensar en la banda terrorista. La primera comparecencia del gobierno, la del ministro del Interior, Ángel Acebes, no llegó hasta las 13:30. No tenía ninguna duda sobre la culpabilidad de ETA. Poco más tarde, a la hora de los telediarios, fue el presidente José María Aznar quien compareció para solidarizarse con el dolor por las víctimas: “Lograremos acabar con la banda terrorista con la fuerza del estado de derecho y con la unidad de todos los españoles”, dijo, al tiempo que anunciaba tres días de luto y la celebración al día siguiente de una manifestación de repulsa, bajo el lema “Con las víctimas, con la Constitución y por la derrota del terrorismo”

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Fue una manifestación sin precedentes, con asistencia en la cabecera de la familia real, de todos los líderes políticos y sindicales, representantes de la economía y de los medios de comunicación, y cientos de miles de ciudadanos. Bajo la lluvia que caía implacable, se oyeron voces preguntando “¿Quién ha sido?”. Toda la prensa, excepto La Voz de Galicia, había secundado en sus portadas la atribución de los atentados a ETA. Luego se supo que los directores de los periódicos habían recibido una llamada de Aznar. Pero las noticias que venían de fuera sembraban dudas. 

La solidaridad con las víctimas quedó sepultada por la batalla política. Los atentados habían tenido lugar tres días antes de la celebración de unas elecciones generales. Las encuestas vaticinaban una nueva victoria del Partido Popular, aunque quizás perdería la mayoría absoluta que tenía. Solo algunas voces insistían en que la distancia con el Partido Socialista se acortaba. Entre el 11 y el 14 de marzo, el gobierno de Aznar, que no había hecho el más mínimo gesto para consensuar con el resto de las fuerzas políticas una respuesta conjunta, estiró la atribución de los atentados a ETA hasta que no tuvo más remedio que reconocer la apertura de “otras líneas” de investigación. En la Moncloa se había llegado a la conclusión de que la autoría de ETA les favorecía electoralmente, puesto que la lucha contra ella había sido uno de los ejes de su actuación política. Si, por el contrario, recaía sobre el terrorismo islamista, las grandes movilizaciones que habían tenido lugar contra la decisión de Aznar de sumarse a la guerra de Irak podían tener efectos negativos.

A las 20 horas de la jornada de reflexión, el ministro Acebes confirmó las detenciones de cinco sospechosos, tres marroquíes y dos hindúes. Lo oyeron en sus radios y teléfonos quienes, conectados a través de SMS, se habían concentrado ante la sede del Partido Popular en la calle Génova. “Antes de votar, queremos la verdad”, rezaba alguna pancarta. A las 21:15, el candidato Popular, Mariano Rajoy, salió a denunciar aquella “manifestación ilegal”, acusando a algunos “dirigentes de partidos políticos” de tratar de influir en el electorado. Quince minutos más tarde, Alfredo Pérez Rubalcaba, miembro del comité electoral del PSOE, apareció en las pantallas de las televisiones, excepto en TVE, para negar cualquier participación y afirmar que los ciudadanos españoles “se merecían un Gobierno que no les mintiera”.



El 14 de marzo, mientras la prensa confirmaba la autoría de Al Qaeda, las urnas dieron la victoria al Partido Socialista. Al día siguiente, El País publicó un editorial titulado “De la mentira”:  uno de los motivos de aquel “vuelco electoral” residía en la “sensación de manipulación y engaño” que el electorado había percibido. El gobierno de Aznar, en funciones, entregó cuatro días más tarde a los medios de comunicación un conjunto de documentos bajo el título: “11M: toda la verdad, en tiempo real”. Justificaba su actuación exhibiendo informes recibidos tanto de la policía como del Centro Nacional de Inteligencia. El 3 de abril, como consecuencia de los eficaces avances en la investigación policial, quienes resultaron ser autores materiales de los atentados, cercados en un piso de Leganés, se inmolaron en un suicidio colectivo. 

El Partido Popular no negó explícitamente la legitimidad del gobierno de Rodríguez Zapatero, pero no aceptó la derrota. Se empeñó en defender lo que se había hecho, sin pararse en barras. La victoria socialista había sido posible por los atentados y por la manipulación de ciertos medios de comunicación, fundamentalmente El País y la cadena SER. En los días siguientes no se dudó en cuestionar la actuación de algunos miembros de las fuerzas de seguridad y en buscar “autores intelectuales” que no estaban “ni en desiertos remotos ni en montañas lejanas”, como dijo Aznar en la comisión de investigación que se abrió en el Congreso de los Diputados. La teoría de la conspiración se puso en marcha, jaleada por medios como El Mundo y la COPE, y se mantuvo sin prueba alguna, incluso en el juicio que se celebró tres años más tarde. 

Fue una legislatura de “crispación” muy dura, en la que se rompieron consensos y el terrorismo se utilizó por primera vez como arma política, rompiendo el pacto que, a instancias de Rodríguez Zapatero, todavía en la oposición, había propuesto al Partido Popular. La condena unánime y la solidaridad que habían despertado los atentados se tradujo en una profunda ruptura provocada por una gran mentira de la que nunca se ha pedido perdón.
 

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