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VICTORIA JONES (AP)

Constitucionalismo contra Europa

Pablo José Castillo Ortiz

4 mins - 25 de Enero de 2024, 07:00

En 2024 se celebran elecciones al Parlamento Europeo, y en los discursos de los líderes euroescépticos escucharán frecuentemente un concepto: constitución.

Brexit, que los euroescépticos de todo el continente celebraron como una victoria propia, se ha convertido en episodio incómodo para muchos de estos partidos. En Reino Unido, los obstinados que aún no se arrepienten son una minoría menguante. En el resto de Europa, son muchos los euroescépticos que callan cuando algún atrevido habla aún de una salida de la Unión Europea British-style.

La situación es tal que muchos euroescépticos recurren ahora a la movilización del constitucionalismo, una herramienta que tradicionalmente no se encontraba entre el instrumental estratégico de estos partidos, tan frecuentemente marcados por pulsiones populistas, a veces autoritarias. Pero, al cabo, ¿no es el constitucionalismo una idea merecidamente cargada de connotaciones positivas y respetabilidad? ¿Qué mejor instrumento que este, pues, para contrarrestar la idea de una Europa integrada en la diversidad?

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Algunos, los más radicales, seguirán dispuestos a reivindicar la salida de la Unión Europea: así lo ha anunciado en Alemania Alternative für Deutschland. Pero muchos euroescépticos evitarán hablar mucho de la que, en teoría, fue la culminación de la agenda euroescéptica, el estruendoso Brexit. Frecuentemente tratarán de correr un discreto velo de silencio sobre este episodio y, en su lugar, intentarán erigirse en guardianes del constitucionalismo. Este es el euroescepticismo que viene, el que se articula con conceptos constitucionales. 

En esta retórica euroescéptica las constituciones nacionales estarían amenazadas por la integración europea. Erosionado el constitucionalismo nacional, las democracias de los Estados-nación estarían igualmente en peligro. Estos discursos se construyen sobre la pretensión de una propuesta para una Europa distinta: una en la que prevalecen la soberanía nacional y el constitucionalismo patrio. Estos discursos, empero, se construyen también sobre silencios y medias verdades, y sobre todo sobre los costes no reconocidos de erosionar la integración europea.

Los euroescépticos, pues, reivindican la supremacía constitucional frente a la primacía del derecho europeo. Pero no explican que sin dicha primacía la Unión Europea se convertiría en una estructura vacía, impotente y disfuncional. ¿Para qué proponer una salida de la Unión Europea, cuando es más fácil acabar con ella desde dentro y sin reconocerlo abiertamente? 

Como parte de estas estrategias veremos a los euroescépticos movilizar jurisprudencia constitucional contra la Unión Europea, tal vez con el anhelo de convertir a los tribunales constitucionales en protagonistas de sus ensoñaciones nacionalistas. En Polonia, de hecho, estuvieron cerca de conseguirlo, cuando el Tribunal Constitucional controlado por el iliberal partido Ley y Justicia –ahora, finalmente, en la oposición- decidió antagonizar la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. La Unión Europea es, en realidad, integración a través del derecho. Por eso, usar a los tribunales constitucionales nacionales como peones en una batalla contra Europa no es una mera anécdota de política judicial: asesta un doloroso golpe al corazón de la integración.



Movilizar constituciones y tribunales contra la integración europea tiene, pues, un coste enorme. Como estrategia es más discreta, pero no menos peligrosa, que aquella con la que Boris Johnson condujo a Reino Unido al caos perplejo del Brexit. Y ello, porque ambas formas de euroescepticismo conducen al mismo lugar, solo que por distintos caminos: el nacionalismo de los euroescépticos, que deciden no cooperar en la diversidad, se transforma en soledad e impotencia.

En 2024 hay elecciones al parlamento europeo, y muchos euroescépticos hablarán de constitucionalismo. Pero el suyo es un constitucionalismo cerrado y hostil, distinto del constitucionalismo abierto que nació con las democracias de postguerra. Le Pen hablará del constitucionalismo francés. Abascal hablará del constitucionalismo español. Pero en el eco de sus discursos resonará el trágico tono bufonesco del Brexit de Boris Johnson, y la sombra de sus narrativas proyectará para Europa entera la bancarrota política que experimenta ya en sus carnes el Reino Unido del ‘take back control’. 
 
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