-
+
PABLO SANHUEZA (REUTERS)

Nadie ganó. Ganó la democracia: Chile y el plebiscito constitucional

Paulina Astroza

9 mins - 11 de Enero de 2024, 07:00

Muchos observadores del extranjero se preguntarán “qué diablos” pasa en Chile. Del “oasis” declarado por el ex Presidente Piñera días antes del estallido social de 2019, de ser el “mejor alumno del barrio” (pero no por eso el “mejor compañero” de América Latina), Chile ha canalizado institucionalmente el descontento y rabia ciudadana manifestada en las calles a través de un proceso democrático para modificar la Constitución nacida en dictadura, pero modificada muchas veces en democracia. En un primer referéndum en 2020, casi un 80% de votantes (voto voluntario) opta por cambiar la Constitución. Un primer proceso propone a la ciudadanía un texto con claro sello de izquierda y es rechazado por un 62% (voto obligatorio) el 4 de septiembre de 2022. En un segundo proceso, la propuesta de nueva Constitución fue todo lo contrario: un texto nacido de la mayoría de derecha y derecha radical y que fue rechazado por más del 55% el pasado 17 de diciembre. 

Ya sabemos qué no quiere Chile. Tenemos claro ¿qué quiere?

Ésa y otras preguntas nos hicimos en un programa especial a través de un “Spaces” de X (ex Twitter)  junto al Dr. Christopher Martínez, de la Universidad de Concepción, Chile. Invitamos a una serie de especialistas, tanto de regiones como de Santiago, hombres y mujeres, de distintas Universidades e instituciones y de diferentes sensibilidades políticas. Quisimos analizar con ellos “el día después” y lo que se viene para nuestro país. 

Como primera conclusión, se destacó la fortaleza institucional electoral y democrática. Cómo nuestro país ha dado salida institucional a la gran crisis representada en el estallido social y todo de manera pacífica. Pocos países en la región pueden ser señalados como ejemplo de este tipo de experiencias a procesos profundamente complejos y tensos. El Servicio Electoral (SERVEL) nuevamente se consolida como una fortaleza del sistema chileno. Con conteo rápido, información oportuna y sin desconfianzas en cuanto a su funcionamiento, rigor puesto a prueba en cada proceso eleccionario, es de las “joyas” que debemos seguir cuidando. Cristina Escudero destacó lo ciudadano que es todo el proceso en Chile, más allá de todas las fortalezas que se reconocen al SERVEL. La consejera del SERVEL y académica puso de relieve la participación de la ciudadanía para apoyar al servicio en el buen funcionamiento del engranaje que significa poner en marcha cada elección: vocales de mesa sorteados entre los ciudadanos que forman el padrón electoral, apoderados de mesa que representan a los comandos y que son especialmente importantes en el momento de conteo de votos y transparencia del proceso, y los “enlaces” ciudadanos que participan. “Chapeau” nuevamente al SERVEL chileno.

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

En este mismo sentido, estuvimos de acuerdo en el clima del día de la votación: totalmente pacífico, democrático, cívico, contrastando con una de las campañas más confrontacionales, tóxicas, agresivas y llenas de “fake news” que hayamos observado. Chile puede afirmar que su democracia electoral funciona. Que la ciudadanía tiene, pese a todo, un profundo sentido cívico y responsabilidad política. Gana, por tanto, nuestra propia forma de gobierno, en que las personas se expresan libremente incluso para rechazar dos veces propuestas constitucionales. 

También se coincidió en el ambiente de este proceso: el “cansancio constitucional”. No hubo en esta oportunidad una gran mística, interés ciudadano durante los meses que duró el trabajo del Consejo Constitucional. Para los mismos comandos costó interesar a los ciudadanos a motivarse por los temas fundamentales que se estaban plebiscitando. Sin embargo, en el último tramo, como lo destacó Carlos Correa y Hugo Jofré -refrendado por lo estudiado en cada encuesta como lo explicó Cristián Valdivieso y la experiencia de Criteria-, la gente sí se informó, seguramente sin leer todo el texto de la propuesta de nueva Constitución, pero tratando de saber lo que representaba una u otra opción: “A Favor” o “En Contra”. La participación fue alta (85%), un punto menos que la de mayo de 2023 y aumentando los nulos y blancos respecto de 2022, pero sin ninguna relevancia mayor en el resultado final. Esto lo mencioné yo en la transmisión: a diferencia del plebiscito de septiembre de 2022, cuando se conocieron los resultados el pasado domingo, no hubo ataques a los rivales políticos, no se caricaturizó al electorado como ignorante, flojo por no haber leído la propuesta, o influenciable por haber caído presa de la desinformación.

Otra coincidencia entre los expositores fue que existe una sensación generalizada que, finalmente, “todos perdimos”. No hubo cuestionamiento al resultado ni acusaciones de conspiraciones (como algunos insinuaron días previos en la campaña), reconocimiento rápido de los resultados, tono mesurado desde el presidente Gabriel Boric hasta los presidentes de partidos, sin ganadores absolutos ni celebraciones en las calles -lo que es muy extraño si pensamos que era una decisión muy importante con una campaña muy radicalizada. Otra cosa es el “día después del día después”. Mucho se moverá en las coaliciones, no sólo dentro de la que aparece derrotada hoy, la derecha-derecha radical, sino también la coalición de gobierno de izquierda-izquierda radical. Para ambas coaliciones, y otros partidos que se la jugaron por una u otra alternativa como la Democracia Cristiana, Amarillos y Demócratas, aparecen cuestionados en general por la ciudadanía. No es un triunfo de ninguno de ellos. Es más, aparece como un rechazo a todo lo que venga de la actual clase política. Recriminaciones habrá. Reordenamiento. “Cobros políticos” de apoyos o “cobrada de cuentas” a quienes no se involucraron como sus socios esperaba. Ojalá, y este es un deseo más que una convicción que así ocurrirá, los actores políticos en general escuchen el mensaje de las urnas. Más cercanía con la ciudadanía. Más diálogo, menos confrontación, más soluciones.

En la misma línea, ¿por qué todos “pierden”? Porque quienes querían cambiar la actual Constitución, no lo lograron. Gran responsabilidad aquí a ambos órganos que redactaron las propuestas en 2022 y 2023. No supieron encontrar un consenso mayoritario que fuera respaldado en las urnas. Maximalismos, errores hasta de técnica jurídica en la redacción del texto, incorporación de ideas de extremos, desconexión con el verdadero “sentir” de la población -y también arrogancia, soberbia y e imposición de una visión sobre otra sin apertura a acuerdos transversales- pueden explicar los resultados. La ciudadanía no está para extremos, se requiere, por tanto, una mayor reflexión de los partidos políticos en especial, de la sociedad chilena que ha cambiado en las últimas décadas y no funciona con parámetros clásicos como en el pasado. 



También pierde la oposición que se abanderó rápidamente -en diferentes intensidades- con el texto redactado mayoritariamente por los representantes de los partidos de la centro y extrema derecha. Si bien una parte importante de éstos no quería cambiar la Constitución que nos rige -y eso podría darles un cierto triunfo- estamos inmersos ya en una carrera electoral que incluye la próxima presidencial. El probablemente candidato del Partido Republicano, José Antonio Kast, fue el rostro más visible del “A Favor”, llamando a “dar vuelta” lo que indicaban las encuestas. Puso sobre la mesa todo su capital político en el triunfo, lo que no ocurrió. Y como suele ocurrir, quien más apuesta, si no resulta la jugada, más pierde. Queda en la duda cuánto y por cuánto tiempo este “efecto derrota” afectará su imagen política.  Lo que es cierto, es que la “bocanada de aire” para el gobierno y el oficialismo es claro. No tienen nada que celebrar. Estandartes del cambio constitucional, no lo lograron y la derrota en este sentido es estrepitosa. Terminaron cuasi defendiendo el texto de la Constitución de Pinochet (modificada por el ex Presidente Lagos, enfatizarán muchos) ante la amenaza de una Constitución conservadora, redactada por la derecha y que habría llevado la firma de un presidente de izquierda. He ahí la sensación de alivio mas no de triunfo de la coalición gobernante.    

Para varios expositores, este resultado cierra un problema constitucional en cuanto a proceso, pero no resuelve los problemas de fondo que siguen existiendo en Chile y que llevaron al estallido, incluso siendo más graves hoy desde el punto de vista social, económico y político. Pandemia mediante, entorno interno y externo muy poco favorable, Chile sigue teniendo deudas pendientes importantes con amplios sectores que se han visto postergados durante demasiado tiempo. Ánimo para un nuevo proceso no existe ni están dadas las condiciones para una iniciativa de este tipo. Sólo la historia nos dirá cuándo Chile será capaz de dotarse de un nuevo pacto social político-jurídico o si la vía será la modificación paulatina de la actual Constitución. 

En otra dimensión, para Hugo Jofré, “una de las principales conclusiones que se puede sacar de la discusión constitucional es la necesidad de abrir el debate sobre la fragmentación del sistema político. La Cámara de Diputados cuenta con 21 partidos con representación aproximadamente, lo que dificulta enormemente la capacidad de articular mayorías legislativas de cara a las necesidades de los chilenos. A pesar de los matices dentro de la disciplina, resulta fundamental avanzar en medidas que se hagan cargo de este problema. Si bien existe un trade-off entre gobernabilidad y representación, el statu quo es lo peor que nos puede pasar como sociedad”. Por el contrario, para el académico Alejandro Olivares, la fragmentación no es necesariamente un problema, más lo es el sistema político en general que requiere cambios. He aquí, entonces, una gran tarea para la Academia y para los tomadores de decisión de escucharla.   

¿Qué te ha parecido el artículo?
Participación