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MARIO LAPORTA (AFP)

El aprendiz de brujo que ha conjurado demonios

Mario Ricciardi

6 mins - 14 de Junio de 2023, 07:00

Silvio Berlusconi no fue político por "vocación". De hecho, la historia de su ascenso comenzó en 1993, cuando el empresario milanés tenía cincuenta y siete años. Italia atravesaba uno de los periodos más difíciles de su historia reciente. Las investigaciones judiciales de "mani pulite" (manos limpias) habían sacado a la luz un sistema irregular de financiación de partidos que se había originado durante los años de la Guerra Fría y había sido tácitamente aceptado, cuando no justificado, por la necesidad de frenar la expansión del comunismo. Con el tiempo, esta práctica ilegal se había generalizado, alimentando fenómenos de corrupción que pesaban sobre la economía y la administración pública. Tras la caída del Muro de Berlín, ninguno de los políticos italianos había tenido el valor o la fuerza de cuestionar este sistema, también porque, a la sombra de los ideales del anticomunismo, había sido para muchos una herramienta para ganar influencia y enriquecerse.

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Muchos partidos italianos se vieron muy afectados por las investigaciones, obligando a dar un paso al lado a dirigentes que habían dirigido el país durante años. De hecho, la presión de la justicia ponía en entredicho todos los equilibrios políticos. Por un lado, la derecha, que nunca había estado en el Gobierno, y por otro la izquierda, cuyos líderes habían logrado sobrevivir a la presión de la opinión pública (tras la caída del Muro, el Partido Comunista se había disuelto, dando lugar a una nueva formación política, el PDS, que a muchos les parecía la única alternativa que quedaba en pie como eje de una nueva mayoría política). La transición, sin embargo, se produjo en un clima sombrío. Las protestas, incluso violentas, estaban a la orden del día, y una serie de atentados de origen oscuro (que más tarde se atribuyeron a la mafia siciliana) alimentaron la incertidumbre de los italianos, asustando a los moderados que, tras la disolución de la Democracia Cristiana, se encontraban sin punto de referencia político, y temían la perspectiva de un gobierno de izquierdas. 

En este clima, Silvio Berlusconi, cuyas empresas habían crecido y prosperado a la sombra del sistema político que había entrado en crisis, hizo su primer movimiento. Antes de la votación para la elección del alcalde de Roma, declaró que votaría a Gianfranco Fini si pudiera. Esta postura causó un gran revuelo, porque Fini era entonces el líder del Movimiento Social Italiano, una formación que se había fundado en 1946 para ofrecer un "hogar político" a los veteranos del fascismo, y que nunca había roto del todo sus lazos con la extrema derecha y con ambientes hostiles a la democracia parlamentaria. Con su declaración, Berlusconi, que no tenía ningún vínculo con ese mundo, y que de hecho había estado muy cerca del partido socialista, y de su líder Bettino Craxi, rompía una de las reglas no escritas de la etiqueta institucional de la democracia italiana, que relegaba al MSI al papel de "polo excluido" (según la feliz expresión acuñada por el politólogo Piero Ignazi). A pesar del apoyo de Berlusconi, Fini fue derrotado. Pero a partir de esa derrota despegó un nuevo proyecto político: dar vida a una nueva fuerza (el uso de la palabra "partido" se evitó a propósito, porque estaba demasiado vinculada a la "vieja" política) que ofreciera una perspectiva a esa parte sustancial de la opinión pública que no se reconocía en las políticas de la izquierda poscomunista.

Berlusconi se comprometió con este proyecto, poniendo en juego los medios de que disponía: no sólo sus recursos económicos, sino también su influencia, como propietario de tres canales nacionales de televisión y un diario, y sus extraordinarias dotes como comunicador y motivador, perfeccionadas en los años de su aprendizaje como empresario. Contra las expectativas de la mayoría de los observadores de la política italiana, que no creían en la idea de que un empresario entrara en política, y también de sus colaboradores más cercanos, que aconsejaban prudencia, la iniciativa tuvo éxito. Una resonante victoria electoral en 1994 llevó a Berlusconi por primera vez al Palazzo Chigi, a la cabeza de una coalición que reunía a la derecha postfascista, la Liga Norte, y a su vehículo político personal, Forza Italia, del que sigue siendo líder como propietario desde entonces.



El partido personal no fue sino una de las innovaciones que Berlusconi introdujo en la política italiana. Durante las tres décadas en que estuvo entre sus protagonistas, contribuyó a desarraigar gran parte de los supuestos compartidos que habían mantenido unido al país durante la segunda mitad del siglo XX. Fue una extraordinaria temporada de progreso moral y material que transformó a Italia de un país atrasado, devastado por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en una de las potencias económicas más importantes del mundo. En cambio, el legado que Berlusconi deja a su muerte es el de un país marginado en Europa, muy mermado económicamente, dividido socialmente, en el que las fracturas se ven agravadas por una política que, en lugar de curarlas, las explota para mantenerse a flote, poniendo en entredicho la propia unidad nacional.

Sería injusto decir que Berlusconi es el único culpable de la situación actual de Italia. Pero si no es el único, es sin duda el principal culpable de una deriva institucional y cultural que ahora se ha convertido en desconcierto moral, miedo al futuro, desconfianza en la democracia. No es consuelo pensar que, en muchos sentidos, Berlusconi fue el precursor de una nueva forma de concebir la política que ha encontrado en otros líderes de la derecha, de Donald Trump a Boris Johnson, epígonos que en muchos aspectos han superado al maestro en su capacidad de hacer daño. El aprendiz de brujo ha conjurado demonios que nadie parece capaz de controlar.
 
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