Martes, 3 de noviembre de 2026
ANÁLISIS 29N

El PSOE pierde el suelo que acababa de recuperar: la bola negra cambia de mano

El accidente de Urda ha colocado a Pedro Sánchez ante un dilema político: asumir responsabilidades o refugiarse en la denuncia del uso partidista de la tragedia. Pero "el perdón por sí solo, en política, no moviliza a nadie". Alma Ruiz, analista política, examina las encuestas posteriores al accidente y las dos salidas que le quedan a Sánchez. Ante una izquierda desmovilizada, sostiene que solo una reparación visible puede devolver la confianza a quienes se plantean abstenerse o votar al PP.

Alma Ruiz Alma Ruiz 3 de noviembre de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la celebración del Foro World in Progress Barcelona 2026. | David Zorrakino / Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la celebración del Foro World in Progress Barcelona 2026. | David Zorrakino / Europa Press
La convocatoria electoral del 5 de octubre se planteó desde Moncloa como una campaña de contraste: lo antiguo frente a lo moderno, el retroceso frente al avance, con el rebufo de las protestas por la vivienda y con un candidato, Pedro Sánchez, que se ofrecía como la alegoría del futuro frente a una derecha pintada como la bola negra de la mesa, la que no hay que tocar. Ese marco ya no existe.

En menos de una semana, un hecho ajeno a la campaña ha cambiado el eje sobre el que se vota, ha reforzado los techos de las derechas y ha instalado el desaliento entre las izquierdas, que son el bloque que más depende de la movilización. Y creo que, de las dos salidas que le quedan al presidente, la de denunciar el utilitarismo de la desgracia sirve de escudo y la de hacerse cargo de lo que queda por hacer es la única que puede remover a un votante defraudado.

Cómo se convocó

Sánchez anunció la disolución de las Cortes el 5 de octubre, después de que el Congreso tumbara sus decretos de vivienda, y su número dos, María Jesús Montero, resumió ese mismo día el encargo: "nos jugamos avanzar o retroceder". El lema de precampaña, "La fuerza de la gente", y la calle, con el eco del desahucio de Maricarmen Abascal, apuntaban al mismo sitio: una elección de dirección, en la que el Gobierno encarnaba el avance y PP y Vox el retroceso.

Es un marco clásico de quien convoca, y hasta el 26 de octubre funcionaba, porque Sigma Dos para El Mundo daba ese día al PSOE un 26,1% y al PP un 30,6%, con 107 escaños socialistas, y Sondaxe, con trabajo de campo anterior al accidente, dejaba la ventaja del PP en 2,3 puntos.

Cómo ha cambiado Urda las encuestas y la movilización electoral

La velocidad de la opinión pública es hoy vertiginosa, y Urda, el segundo accidente mortal de la alta velocidad bajo el mandato de Óscar Puente después de los 46 fallecidos de Adamuz en enero, ha transformado en días el cariz de la campaña. Las tres encuestas hechas enteras después del choque y las otras publicadas estos días con campo a caballo del accidente dibujan el mismo escenario: el PSOE baja por primera vez del 25% en Sigma Dos (24,6% y 99 escaños, ocho menos que una semana antes), se queda en el 25,5% en Target Point para El Debate y la suma de PP y Vox se mueve entre 196 y 208 diputados según la casa.

La foto puede moverse; lo que importa para este análisis es el mecanismo. El subdirector de investigación de Sigma Dos, Ignacio Clemente, lo ha explicado en COPE: la transferencia directa del PSOE al PP ha pasado del 6,9% de antes del accidente al 9,5%. Preguntado si la reactivación del votante de izquierdas que había traído la crisis de la vivienda se había detenido, respondió: "Una parte, sí". Target Point ve ese trasvase en el 9,8% y mide una fidelidad de voto del PSOE del 63,6%, frente al 78% del PP y al 88,1% de Vox, y un 16,7% de indecisos y abstencionistas entre los socialistas de 2023.

"La transferencia directa del PSOE al PP ha pasado del 6,9% de antes del accidente al 9,5%"
Dicho en léxico de campaña: la derecha ha reforzado sus techos y la izquierda ha perdido el suelo que acababa de recuperar. Y la asimetría no es nueva. Belén Barreiro mostró en 2002 en la Revista Española de Ciencia Política, con las generales de 1986 a 2000, que desde 1996 los electores de izquierda son menos propensos a participar que los de derecha. La ideología predice peor su comportamiento, porque pesan más cuestiones ajenas al eje, como la corrupción o la percepción de que un equipo de gobierno, entonces el del PP, es mejor para afrontar los problemas.

El votante de izquierda es más exigente con los suyos, de modo que la movilización de su bloque es la que más oscila entre una elección y otra, mientras que la de la derecha se parece más a una constante. Ignacio Urquizu lo resumía en septiembre con una frase que vale para esta semana: "las emociones en la izquierda desmovilizan y en la derecha movilizan".

Feijóo, Vox y el nuevo eje de la campaña: la gestión

A esa desmovilización se le suma el otro frente de la calle. Las convocatorias anónimas de Blocus, que dejaron 133 detenidos en Barcelona el 24 de octubre, tienen fechas marcadas para el 11 de noviembre en Salt, el día de la huelga general, y en doce ciudades para el 30, el día siguiente a las elecciones, como ya ha explicado en estas páginas Albert Borràs, que señala el riesgo de que la huelga quede pegada a los disturbios. El resultado es que la campaña que se diseñó como "lo positivo frente a lo negativo", el futuro frente a la bola negra, se ha convertido en caos frente a gestión, o decadencia frente a estabilidad. Y en ese eje el Gobierno juega fuera de casa, porque la carga de la prueba la tiene quien gobierna.

"La campaña que se diseñó como «lo positivo frente a lo negativo», el futuro frente a la bola negra, se ha convertido en caos frente a gestión, o decadencia frente a estabilidad"
Feijóo se ha sumado al cambio de marco con bastante acierto. Suspendió la precampaña durante los tres días de luto oficial, reunió el lunes su Comité Ejecutivo Nacional y fijó la línea en una consigna, "reconstrucción nacional", a la que convoca "a todo el país", con la promesa, repetida desde el viernes, de que "les dimitiremos en las urnas" y la reivindicación de la experiencia de gestión: "Yo sí sé hacerlo". Su primer mitin será el sábado 7 en Valladolid, la provincia por la que Puente encabeza la lista del PSOE, y en Génova ya han bautizado la idea: votar al PSOE es avalar a Óscar Puente. Es la ocupación de la vacante de la iniciativa, es decir, el momento en que el rival deja de contestar al marco ajeno y propone el suyo.

Lo que me parece excesivo es la dureza. En el mismo discurso, Feijóo calificó la actitud del Gobierno de "infame, cruel y ruin", dijo que dudaba de que fueran "buena gente" y exigió que se le ahorraran "los bailes, las reflexiones sexuales o las promociones de televisión". La ciencia política lleva años midiendo que el ataque negativo rinde cuando es pertinente, y el reproche de gestión a dos accidentes en la misma línea lo es, mientras que el ataque al carácter moral del adversario devuelve al votante al bloque que estaba abandonando. Conviene recordar que el 9,5% de socialistas que Sigma Dos ve pasando al PP es voto blando, el que mira a un partido que se presenta como símbolo de estabilidad del centroderecha, y ese votante no necesita que le digan que a quien votó hace tres años no es buena gente. Con Vox la cuestión es otra: fue el único partido que no suspendió la precampaña, Abascal ha llamado a Puente "ministro de la muerte" y al Ejecutivo "banda criminal", y el partido se ha querellado contra Adif en Orgaz y contra Puente en el Supremo. Para el PP esa conducta es útil mientras no se le pegue.

"El 9,5% de socialistas que Sigma Dos ve pasando al PP es voto blando, el que mira a un partido que se presenta como símbolo de estabilidad del centroderecha"
De aquí sale la doble advertencia. Una izquierda que sobreactúe el agravio, tentada de convertir la pregunta por la gestión en una ofensa a las víctimas, puede quedarse sola defendiendo que no hay nada que explicar. Una derecha que sobreactúe el ataque, tentada de mantener el voto duro sin perder el blando, puede devolver al PSOE al votante que esta semana pensaba en quedarse en casa o en cambiar de papeleta. Y los dos tienen la fecha señalada: el cara a cara del lunes 16 de noviembre se celebrará a diecinueve días del accidente, con una proximidad emocional al dolor que hace muy difícil de manejar el debate para quien tiene que rendir cuentas.

La primera salida: el escudo

La primera salida de Sánchez es la que Puente ya ha apuntado al hablar de la "doble vara de medir" de Feijóo: denunciar el utilitarismo de la desgracia. Tiene base, porque no toda la derecha ha hecho lo mismo, y el contraste entre un PP que paró y un Vox que mantuvo sus actos de Santander y Valladolid hablando de "ministro de la muerte" está en la hemeroteca. Sirve de escudo frente al componente desmovilizador de un segundo accidente tan cerca de las urnas, y su límite es que solo funciona contra Vox. Contra un Feijóo que guardó los tres días y que el lunes pidió que hoy compareciera el presidente y no el ministro, el escudo no frena el trasvase, porque el votante que se va al PP se va al margen del tono de Abascal: se va porque empieza a comprar la idea de una mala gobernanza.

La segunda salida: hacerse cargo

La segunda salida es hacerse cargo de lo que queda por hacer. Conviene empezar por lo que no funciona: el perdón por sí solo, en política, no moviliza a nadie, porque el votante defraudado premia lo que viene después de la contrición.

"El votante que se va al PP se va al margen del tono de Abascal: se va porque empieza a comprar la idea de una mala gobernanza"
Lo que sí moviliza es otra cosa, y la literatura sobre desastres es la que la mide. John Gasper y Andrew Reeves mostraron en 2011, con los condados estadounidenses entre 1970 y 2006, que los electores castigan al gobernante por el daño de una catástrofe, pero que ese castigo queda eclipsado por el premio a la respuesta: el electorado atento distingue el azar de la gestión, premia la declaración de catástrofe y la ayuda federal, y castiga al presidente que se la niega a un gobernador. Michael Bechtel y Jens Hainmueller lo cuantificaron con la riada del Elba de 2002: la respuesta del Gobierno de Gerhard Schröder, que iba por detrás en las encuestas, le dio siete puntos más en los distritos afectados, y una parte de ese premio seguía viva tres años después. La lección para Moncloa es precisa: la expiación es la condición y la reparación es el premio. Sin ella no hay forma de hablar a un votante que se siente defraudado; con ella sola no se le mueve del sofá. Lo que lo mueve es la reparación visible y fechada.

Eso convierte el debate del 16 en algo distinto de un trámite. Sánchez tiene que llegar habiendo reconocido que el sistema tenía fallos que su Gobierno no corrigió. A continuación, en el mismo discurso, le toca convertir esa expiación en el argumento central de la izquierda: este país necesita modernizar su red y sus servicios, sabemos lo que hemos hecho y lo que faltaba, y eso no puede ser la excusa para perder derechos ni para desmontar un Estado del bienestar que se paga con impuestos. Es el único tramo en el que el eje de gestión se puede devolver a la derecha, porque el modelo liberalizador que ofrece la alternativa, con menos inversión pública, trae más caos y más problemas de los que ha habido. Y porque el PP tiene su propio Angrois: 80 muertos el 24 de julio de 2013, con Rajoy en Moncloa y Feijóo al frente de la Xunta, una comparación que Frente Amplio ya ha puesto sobre la mesa.

"La lección para Moncloa es precisa: la expiación es la condición y la reparación es el premio"
La objeción más seria a esta tesis es el reloj. Los premios que miden Gasper y Reeves y Bechtel y Hainmueller llegaron por una ayuda ya entregada antes de votar, y en veintisiete días Sánchez solo puede prometer la reparación. Y con un juzgado en Orgaz instruyendo la causa y una querella contra su ministro en el Supremo, cada reconocimiento se convierte en pieza de autos. La comparecencia de Puente en la Diputación Permanente es hoy y los movimientos de esta semana son pequeños: la encuesta de Target Point, comparada con su propia oleada anterior, solo resta cuatro décimas al PSOE. Pero el dato de Sigma Dos que más debería preocupar en Ferraz está detrás del porcentaje: la transferencia entre bloques, que se había estancado, ha vuelto a abrirse. Esa puerta no se cierra con un comunicado sobre el tono de Vox. Se cierra con un presidente que primero se hace cargo y después explica por qué la respuesta a un tren que descarrila es más Estado y no menos.

El calendario de Blocus termina el 30 de noviembre, el día siguiente a las elecciones. El de Sánchez termina el 16.
Alma Ruiz
Alma Ruiz
Analista política
Es asesora parlamentaria en la Asamblea de Ceuta. Ejerció como abogada durante una década y es experta en asuntos de extranjería y asilo.
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