En la mitología romana, Júpiter es el soberano de los dioses, asociado a la autoridad suprema. Al inicio de su mandato, Emmanuel Macron defendió una
presidencia "jupiteriana", capaz de marcar el rumbo por encima de la agitación cotidiana. La metáfora expresaba
una concepción del poder basada en la centralidad presidencial y la distancia. Su desgaste muestra que a esta altura
se ha convertido en aislamiento y desconexión.
La caída de Macron, con una popularidad a mínimos históricos, simboliza el agotamiento de una forma de gobernar vertical y autoritaria.
Las movilizaciones del 17 de octubre en Francia contra
el coste de la vida y el deterioro de los servicios públicos reunieron reivindicaciones diversas, mientras los saqueos, los incendios y los enfrentamientos ocuparon el centro de la atención. Los incendios de edificios públicos y tiendas de barrio ofrecen una imagen especialmente dolorosa, en la que
instituciones de proximidad se convierten en blanco de la destrucción.
"La caída de Macron, con una popularidad a mínimos históricos, simboliza el agotamiento de una forma de gobernar vertical y autoritaria"
Este malestar tiene
una dimensión europea. En
Milán, las protestas contra el coste de la vida también desembocaron en enfrentamientos. En España, la
huelga general convocada para el 11 de noviembre sitúa los salarios y el acceso a la vivienda en el centro del debate. Son contextos distintos, pero su proximidad obliga a examinar unos sentimientos compartidos:
la inseguridad material, la pérdida de expectativas y la ruptura de la confianza con las instituciones.
El
calendario electoral amplifica la relevancia de estas tensiones. España celebrará sus elecciones generales el 29 de noviembre de 2026; Francia, sus presidenciales en la primavera de 2027; Polonia e Italia tienen previstas elecciones legislativas en 2027. Sus resultados condicionarán
la capacidad europea para cooperar en seguridad, transición ecológica, política económica y defensa del Estado de derecho.
Lo ocurrido en Francia es una crisis de representación profunda, con el fracaso de la política institucional para responder al creciente malestar social. Una sociedad puede soportar desacuerdos intensos cuando dispone de
mecanismos para canalizarlos y construir compromisos. El problema empieza cuando esas vías se atascan o parecen inútiles.
La confrontación empieza a percibirse como la única forma de ser escuchado.
"Lo ocurrido en Francia es una crisis de representación profunda, con el fracaso de la política institucional para responder al creciente malestar social"
El fracaso de los partidos tradicionales reside también en
su debilitada función de intermediación. Representar exige escuchar activamente, elaborar propuestas compartidas y ser transparente en el cumplimiento de los compromisos electorales. Cuando esa labor se sustituye por la competición y polarización entre los partidos y sus líderes, su papel se vuelve irrelevante. Algo semejante ocurre con el diálogo social:
desautorizar a sindicatos y la sociedad civil elimina las posibilidades de acuerdo. Consultarlos cuando las decisiones ya están tomadas agrava la frustración. La responsabilidad del poder implica aceptar que una negociación modifica el proyecto inicial y que el desacuerdo merece interlocutores, tiempo y respuestas adecuados.
La verticalidad francesa acentúa esta dificultad.
La concentración de expectativas en la presidencia convierte cualquier conflicto en un pulso con el jefe del Estado y debilita los espacios intermedios. El recurso al
artículo 49.3 para aprobar la reforma de las pensiones en 2023 mostró
los límites de una decisión constitucionalmente posible pero socialmente contestada. Una democracia necesita mayorías institucionales, capacidad para construir acuerdos y explicar cómo se distribuyen los esfuerzos.
Un reciente
sondeo en Francia sitúa
la confianza en la política en el 22% y en los partidos en el 15%, frente al 60% en los alcaldes. Al mismo tiempo, el 82% mantenía su apego al régimen democrático. Esa distancia sugiere que existe margen para reconstruir la relación con las instituciones. Pero bajo esta crisis política aflora
una crisis existencial. Francia y Europa se preguntan qué lugar ocuparán en un mundo transformado por la inteligencia artificial, las tensiones geopolíticas y la emergencia climática. El miedo al declive alimenta la búsqueda de culpables y las promesas de un pasado idealizado. Cuando el futuro se percibe como una amenaza,
el discurso de la identidad cerrada encuentra terreno fértil. La respuesta democrática debe ofrecer pertenencia y protección a sociedades diversas, con un horizonte que permita imaginar mejoras compartidas.
"Una democracia necesita mayorías institucionales, capacidad para construir acuerdos y explicar cómo se distribuyen los esfuerzos"
La descomposición del orden social comienza cuando
se debilita la convicción de que las reglas valen para todos y de que el esfuerzo tendrá recompensa. Una escuela que deja de igualar oportunidades, una vivienda inaccesible o unos servicios públicos lejanos erosionan la reciprocidad sobre la que descansa la ciudadanía. La violencia contra esos servicios agrava la pérdida y perjudica a quienes más dependen de ellos. Comprender las causas del malestar obliga a defender simultáneamente
la justicia social, las instituciones comunes y la responsabilidad individual.
La transición ecológica concentra estas tensiones. Pedir cambios de movilidad a quien depende del coche sin ofrecer transporte asequible puede convertir
una política necesaria en una experiencia de abandono. Preparar la transformación exige
inversiones, alternativas y una distribución justa de los costes. Las decisiones ganan legitimidad cuando quienes soportan sus consecuencias participan en su elaboración y pueden reconocer qué protección reciben a cambio.
Reconstruir la confianza entre ciudadanía y poderes públicos es esencial para afrontar los
shocks políticos, sociales y climáticos que ya vivimos y los que vendrán. Esa confianza se construye antes de la emergencia: mediante servicios fiables, información honesta y autoridades que expliquen sus decisiones y corrijan errores. La
investigación de la OCDE sobre confianza institucional subraya
el peso de la participación, la equidad y la capacidad de respuesta.
Reconocer incertidumbres y preparar escenarios permite actuar con credibilidad cuando una crisis exige cooperación y cambios rápidos.
"La confianza se construye antes de la emergencia: mediante servicios fiables, información honesta y autoridades que expliquen sus decisiones y corrijan errores"
El periodo preelectoral aumenta
el riesgo de instrumentalización. Las imágenes de violencia y la desinformación pueden convertir agravios concretos en rechazo generalizado a las instituciones.
El malestar ofrece oportunidades a quienes presentan la concentración del poder y la exclusión como soluciones sencillas. Responder exige transparencia, periodismo independiente y debate público informado, además de políticas que mejoren la vida. Invocar la amenaza de la extrema derecha o izquierda resulta insuficiente si quienes defienden la democracia no ofrecen resultados ni aceptan límites al propio poder.
La renovación requiere
mecanismos estables de debate y decisión. Las
asambleas ciudadanas pueden reunir experiencias diversas y deliberar con información plural. Para funcionar necesitan
tiempo, compensaciones que permitan participar y garantías de independencia. Sus recomendaciones deben recibir una respuesta pública: qué se acepta, qué se rechaza y por qué. Sin ese compromiso y un seguimiento verificable, la participación corre el riesgo de convertirse en otro motivo de frustración. Bien diseñadas, estas
asambleas enriquecen el trabajo de parlamentos y gobiernos.
"Responder exige transparencia, periodismo independiente y debate público informado, además de políticas que mejoren la vida"
Los
referéndums habituales en Suiza ofrecen otra vía. Su experiencia combina
instrumentos para someter leyes a votación e iniciativas populares. Adaptarlos a cada marco nacional exige preguntas claras, información accesible, transparencia y garantías para los derechos fundamentales.
Consultar sobre asuntos concretos puede reforzar la responsabilidad ciudadana si el procedimiento evita convertirse en un plebiscito sobre la persona que gobierna.
El aprendizaje democrático debe comenzar en las escuelas mediante
debate argumentado, pensamiento crítico y participación del alumnado en decisiones escolares. Debe continuar en las
empresas, donde transcurre buena parte de nuestra vida, con diálogo con representantes de los trabajadores, formación en derechos y participación en decisiones sobre organización, tecnologías y transición ecológica.
Escuchar, negociar y discrepar sin represalias son hábitos que se aprenden ejerciéndolos.
Europa necesita aplicar estas exigencias a sus propias decisiones. La
participación ciudadana debe conectarse con
responsabilidades identificables y respuestas de la Comisión, el Parlamento y los gobiernos. Los próximos resultados electorales influirán en
la capacidad para actuar conjuntamente, sostener la solidaridad y defender las libertades. La Unión ganará legitimidad si sus ciudadanos perciben protección frente a los riesgos y oportunidades para orientar las transformaciones. Su fortaleza exterior dependerá también de la confianza que sea capaz de construir dentro.
"La Unión ganará legitimidad si sus ciudadanos perciben protección frente a los riesgos y oportunidades para orientar las transformaciones"
La caída de Júpiter recuerda que
ninguna autoridad puede conducir sola a una sociedad a través de transformaciones sistémicas. Francia y Europa necesitan construir decisiones, distribuir justamente los esfuerzos y recuperar la expectativa de un futuro común.
La confianza se gana con hechos cotidianos y compromisos cumplidos. De ella dependerá nuestra capacidad para afrontar las próximas crisis preservando la cohesión social y las libertades individuales, pilares esenciales de nuestros Estados de derecho.