Nuestro país ha estado inmerso en una espiral frenética de tensión geopolítica, gestión de migración masiva y, en última instancia, el colapso del actual Gobierno tras el desahucio de Maricarmen. En conjunto, esto ha hecho que todo lo que ha sucedido en Francia desde hace dos semanas se haya visto opacado, pasando desapercibido para la mayoría de la opinión pública. Y, sin embargo, nuestro país vecino ha entrado en combustión a escasos meses de
unas elecciones presidenciales que van a decidir no solo el futuro de la nación gala, sino de la Unión Europea en su conjunto.
Pero ¿qué ha ocurrido en Francia para que se haya desatado la tormenta de todos los tiempos? En realidad, la situación actual llevaba mucho tiempo cocinándose a fuego lento, fruto de las acumuladas decepciones que el final de la era Macron ha traído consigo. El presidente que accedió al poder prometiendo el cielo para Francia va a dejar tras de sí un país desunido, altamente polarizado, una opinión pública absolutamente decepcionada, la economía en estado crítico, una inflación al alza y unas condiciones materiales nada prometedoras para quien le suceda en el cargo.
"La situación actual llevaba mucho tiempo cocinándose a fuego lento, fruto de las acumuladas decepciones que el final de la era Macron ha traído consigo"
Sin irnos muy atrás en el tiempo, se podría decir que parte de lo que ahora mismo está ocurriendo echa raíces en, al menos, el período de
inestabilidad política que se abrió tras las elecciones legislativas de 2024. Estas dejaron
un país ingobernable en un momento en el que requería de reformas ambiciosas con una mayoría parlamentaria que facilitase la toma de decisiones. Con un
déficit público y una ratio deuda/PIB que no paraban de crecer y que actualmente están dejando al país en la lona, se esperaban reformas de carácter estructural de algún tipo, ya fuesen en materia de reducción del gasto o en términos de aumento del ingreso, y, sin embargo, nada de esto llegó. No solo no llegó, sino que se llevó por delante a varios primeros ministros y tiene al actual en una situación verdaderamente complicada, con unas
enormes dificultades para poder aprobar unos presupuestos decentes para el último año político de Macron.
La educación pública, en el centro de las protestas
La sucesión de primeros ministros, también producto de su falta de eficacia a la hora de enarbolar pactos a ambos lados del espectro político, dejó muerta
de facto la reforma de las pensiones. Y no es lo único. En un país con una relativa autosuficiencia energética y,
a priori, menos expuesto a los efectos del conflicto Rusia-Ucrania, nos encontramos con unos ciudadanos que cada vez pagan más en su factura energética y que han perdido un considerable poder adquisitivo. Por tanto, para cuando el gabinete de Lecornu anunció recortes en diversas partidas, incluida la educación, todo se vino abajo.
Miles de estudiantes de secundaria salieron en masa a protestar y
a expresar su rabia contra un Estado que iba a ponerle la puntilla al sistema educativo público, que ha visto su situación claramente deteriorada a lo largo del tiempo. Lo que durante décadas fue visto como símbolo del éxito de aquella herencia revolucionaria que formaba a ciudadanos libres e iguales, actualmente transmite
la sensación de haber fallado a la hora de integrar a las nuevas generaciones de franceses, tan diversas cultural y políticamente como la misma historia del país más centralista de Europa, paradójicamente.
La educación pública francesa se encuentra pobremente financiada, con unas infraestructuras más que mejorables y con la sensación de ser uno de los primeros objetivos cuando toca reducir gasto estatal. Y por eso mismo han dicho basta, con una rabia que ha desatado unos disturbios generalizados como hacía décadas que no se veían. En consecuencia, las principales fuerzas sindicales y movimientos sociales han mostrado su apoyo a dichas protestas, si bien no todos a los "métodos" empleados, al menos sí a los fines a conseguir.
"En realidad, la situación actual llevaba mucho tiempo cocinándose a fuego lento, fruto de las acumuladas decepciones que el final de la era Macron ha traído consigo"
La situación ha escalado tanto que se han quemado escuelas, las calles de las ciudades francesas se han llenado de barricadas y heridos, las
banlieues más conflictivas se han sumido en el más absoluto caos, y se respiran aires de huelga general. Tanto es así que el primer ministro ha prometido medidas para paliar la infrafinanciación que sufre el sector educativo desde hace años, sin demasiado efecto por ahora.
Las protestas ya han trascendido el ámbito puramente estudiantil y están convirtiendo el país en una caldera hirviente que amenaza con desbordarse en los próximos días. Pero incluso si las protestas lograran encauzarse y sus efectos quedaran contenidos,
esta crisis no sería sino la antesala de la siguiente.
Al fin y al cabo, estas no son otra cosa sino las consecuencias del ocaso de la era Macron, cuyo mandato concluirá en un clima de profunda insatisfacción, desafección electoral y
auge de Rassemblement National, cuya eventual victoria en las elecciones presidenciales de 2027 podría provocar un terremoto de tal magnitud que pondría en cuestión la propia identidad de la Unión Europea. Sin ir más lejos,
esta fuerza política está intentando sacar provecho de estas, criminalizándolas sin entrar a poner en cuestión su raíz y origen. En un intento de ganarse a los electores conservadores (hay que recordar que todo esto ocurre en época preelectoral), prometen más mano dura y menos tolerancia hacia los manifestantes, sin entrar en detalle sobre lo que harían en caso de llegar al poder para paliar el descontento acerca del estado de la educación pública francesa. Sin embargo, hay algo que el movimiento estudiantil ha dejado claro:
no quieren continuar en la misma dinámica, y harán lo que sea necesario para que la clase política sea consciente de ello, cueste lo que cueste, y venga quien venga.