Martes, 20 de octubre de 2026
BALCANES

Protestas en Albania, la verdadera europeización de la sociedad albanesa

Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, analiza la contradicción de una Albania que acelera su adhesión a la UE mientras sus jóvenes denuncian precariedad y corrupción. Para ellos, la promesa de prosperidad se traduce en "aceptar condiciones laborales precarias o abandonar el país", un dilema que alimenta las protestas y plantea preguntas sobre quién se beneficia realmente de la modernización del país.

Ruth Ferrero-Turrión Ruth Ferrero-Turrión 20 de octubre de 2026
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Protestas estudiantiles a las afueras del Ministerio de Educación en Tirana (Albania). | Vlasov Sulaj / Zuma Press / Europa Press
Protestas estudiantiles a las afueras del Ministerio de Educación en Tirana (Albania). | Vlasov Sulaj / Zuma Press / Europa Press
Lo que está sucediendo en Albania es toda una paradoja. Mientras la Unión Europea celebra los avances del país en las negociaciones de adhesión, miles de jóvenes salen a las calles para denunciar la corrupción, el deterioro de los servicios públicos y la ausencia de expectativas de futuro. El Gobierno de Edi Rama presenta la integración europea como una historia de éxito, pero una parte de la sociedad albanesa comienza a preguntarse quién se está beneficiando realmente de esa modernización. Dos imágenes de un mismo país que parecen discurrir en direcciones opuestas. La de un Gobierno que exhibe sus éxitos internacionales y la de una sociedad que cuestiona las prioridades de quienes la gobiernan.

Las movilizaciones no han surgido de la nada. Desde hace meses, la llamada Revolución de los Flamencos viene denunciando un controvertido proyecto turístico en la costa albanesa, vinculado a los intereses empresariales de Jared Kushner, yerno de Donald Trump. Lo que comenzó como una protesta medioambiental contra la transformación de un espacio natural protegido en un complejo de lujo terminó incorporando demandas relacionadas con la corrupción, la especulación inmobiliaria y el modelo de desarrollo económico. A lo que se apela de fondo es a definir quién decide sobre el territorio y sus recursos y quién obtiene los beneficios de su explotación.

"El Gobierno presenta la integración europea como una historia de éxito, pero una parte de la sociedad comienza a preguntarse quién se está beneficiando realmente de esa modernización"
La incorporación de los estudiantes a partir del 13 de octubre ha dado una nueva dimensión a las protestas. Las elevadas tasas universitarias, el deterioro de las infraestructuras educativas y las escasas oportunidades laborales han alimentado una indignación que trasciende las aulas. Las manifestaciones se han extendido a distintas ciudades y han desembocado en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, ataques contra edificios gubernamentales y numerosas detenciones. Lo que comenzó como una movilización localizada se ha convertido en una impugnación mucho más amplia del modelo político albanés.

La violencia ha terminado ocupando buena parte de la cobertura informativa. El Gobierno denuncia una estrategia de desestabilización y señala a sus adversarios políticos, mientras los manifestantes acusan a las autoridades de haber ignorado durante meses sus reivindicaciones. Los ataques contra edificios públicos no pueden justificarse, pero tampoco pueden servir para convertir un conflicto político y social en un simple problema de orden público. Cuando la respuesta institucional se concentra en condenar los disturbios y deslegitimar a quienes protestan, el riesgo es que desaparezcan del debate las razones que llevaron a miles de personas a movilizarse.

El precio social de la modernización de Albania

Para comprender lo que sucede, hay que observar la transformación experimentada por Albania durante los trece años de gobierno de Edi Rama. Desde su llegada al poder en 2013, el dirigente socialista ha construido un relato de modernización económica, apertura internacional y aproximación a Europa. Tirana se ha convertido en escaparate de grandes proyectos urbanísticos, mientras la costa albanesa atrae inversiones turísticas y capital extranjero. Sin embargo, detrás de esa imagen de prosperidad aparecen contradicciones cada vez más difíciles de ocultar. El encarecimiento de la vivienda, los bajos salarios, las desigualdades territoriales y la emigración siguen condicionando la vida de buena parte de la población.

"Los ataques contra edificios públicos no pueden justificarse, pero tampoco pueden servir para convertir un conflicto político y social en un simple problema de orden público"
El problema no es que Albania se modernice, sino quién decide las prioridades de esa modernización y cómo se distribuyen sus beneficios. La transformación del territorio en un activo financiero puede mejorar determinados indicadores económicos, pero también desplazar a las comunidades locales y dificultar el acceso a la vivienda. Para muchos jóvenes, la promesa de prosperidad se ha traducido en una elección entre aceptar condiciones laborales precarias o abandonar el país. La emigración, durante décadas una válvula de escape frente a las frustraciones sociales, constituye uno de los síntomas más evidentes de los límites de este modelo.

La adhesión de Albania a la UE y sus contradicciones democráticas

Y aquí aparece la dimensión europea de la crisis. Albania es uno de los países más avanzados en el proceso de ampliación hacia los Balcanes occidentales. Ha abierto todos los capítulos negociadores y ha comenzado a cerrar provisionalmente algunos de ellos. Rama aspira a concluir las negociaciones en 2027 y ha convertido la adhesión a la UE en 2030 en una de sus principales promesas políticas. Pero los avances técnicos no equivalen necesariamente a una transformación democrática y social de la misma intensidad.

La contradicción resulta especialmente llamativa porque uno de los capítulos cerrados provisionalmente en julio fue precisamente el de educación y cultura. Apenas tres meses después, miles de estudiantes denuncian en las calles las condiciones de su sistema educativo. La adaptación normativa a las exigencias comunitarias puede avanzar sin que ello implique necesariamente una mejora equivalente de las condiciones materiales de la población. La europeización institucional y la prosperidad social no siempre caminan al mismo ritmo.

"Rama aspira a concluir las negociaciones en 2027 y ha convertido la adhesión a la UE en 2030 en una de sus principales promesas políticas"
Durante demasiado tiempo, la política europea hacia los Balcanes occidentales ha privilegiado la estabilidad de determinados interlocutores gubernamentales frente a una evaluación más exigente de la calidad democrática. Es lo que la literatura académica ha identificado como 'estabilitocracia', un modelo en el que dirigentes con tendencias autoritarias o prácticas clientelares obtienen legitimidad internacional a cambio de garantizar estabilidad y cooperación estratégica. Serbia constituye probablemente su ejemplo más conocido, pero Albania obliga a plantear preguntas similares, aunque sus circunstancias y su trayectoria europea sean diferentes.

Rama ha sabido desenvolverse extraordinariamente bien en ese escenario. Su capacidad para mantener relaciones fluidas con dirigentes de orientaciones políticas muy distintas, desde Giorgia Meloni hasta Donald Trump, ha reforzado su posición internacional. Albania se ha convertido en un socio relevante para la gestión migratoria europea y en un destino atractivo para determinadas inversiones. Pero la cooperación con Bruselas no debería funcionar como un salvoconducto frente a las exigencias democráticas internas.

La respuesta del primer ministro a las protestas revela precisamente esa tensión. Rama ha rechazado dimitir y ha presentado las movilizaciones como una amenaza para el futuro europeo del país. De este modo, intenta establecer una falsa oposición entre continuidad gubernamental e integración europea. Como si cuestionar al Gobierno equivaliera a cuestionar la adhesión. Como si la movilización ciudadana constituyera una amenaza para la democracia en lugar de una de sus expresiones fundamentales.

"La cooperación con Bruselas no debería funcionar como un salvoconducto frente a las exigencias democráticas internas"
No es la primera vez, pero sería un error interpretar las protestas albanesas como una excepcionalidad balcánica. Las preocupaciones que expresa la sociedad albanesa conectan con las que atraviesan otras sociedades europeas, donde la vivienda, la educación, los salarios y el deterioro de los servicios públicos se han convertido en cuestiones centrales de la contestación social. Las movilizaciones recientes en Francia, Bélgica o España responden a contextos políticos diferentes, pero revelan una angustia generacional compartida ante la precariedad, el debilitamiento del Estado social y la incertidumbre sobre el futuro. Una incertidumbre agravada por las transformaciones tecnológicas, la inteligencia artificial y un contexto geopolítico cada vez más inestable. También las respuestas que están dando los gobiernos a esas protestas coinciden en sus niveles de represión y criminalización. La diferencia es que, en Albania, esas preocupaciones se expresan en una sociedad que todavía espera que la integración europea contribuya a resolverlas. La convergencia con Europa no consiste únicamente en adoptar sus normas, sino también en compartir sus contradicciones, y ahí sí Albania está totalmente europeizada, tanto en su ciudadanía como en sus élites.

El desenlace de la crisis albanesa continúa abierto. Rama conserva una mayoría parlamentaria sólida y la oposición tradicional tampoco parece representar una alternativa suficientemente creíble para buena parte de los manifestantes. El principal desafío del movimiento será mantener su autonomía, evitar que la violencia desplace sus reivindicaciones y transformar el descontento en capacidad de incidencia política.

Durante décadas, muchos jóvenes albaneses han respondido a la falta de oportunidades marchándose. Ahora, una parte de ellos ha decidido quedarse y protestar. No están necesariamente rechazando Europa. Están reclamando que esa Europa de la que tanto se habla también exista para ellos. Porque la verdadera medida del éxito de la ampliación no debería ser únicamente cuántos capítulos se cierran en Bruselas, sino cuántas personas pueden construir un futuro digno sin tener que abandonar su país. Pero ahora, además, estos jóvenes no están solos: muchos otros también reclaman lo mismo en otros lugares del continente.
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación