Las elecciones celebradas este domingo en Bosnia y Herzegovina dejan una conclusión incómoda para quienes confiaban en que la crisis política de los últimos años pudiera abrir una ventana de oportunidad para desbloquear el país. Ha sucedido más bien lo contrario.
Las urnas han vuelto a reproducir buena parte de los equilibrios etnonacionales que mantienen atrapada a Bosnia desde hace tres décadas y, sobre todo, han confirmado la capacidad de Milorad Dodik para conservar el control político de la República Srpska incluso después de haber sido apartado formalmente de las instituciones.
Se trata de la principal paradoja de estas elecciones. A pesar de que no figuraba en las papeletas,
Dodik ha sido uno de sus grandes protagonistas. Condenado por desafiar las decisiones del alto representante y apartado de los cargos públicos, ha conseguido convertir su exclusión institucional en un argumento de movilización política.
Su partido, la Alianza de Socialdemócratas Independientes (SNSD), ha mantenido su posición dominante en la República Srpska; Željka Cvijanović ha ganado con claridad el puesto serbio en la Presidencia tripartita del país y Savo Minić se ha impuesto en la carrera por la presidencia de la entidad serbobosnia.
"Condenado por desafiar las decisiones del alto representante y apartado de los cargos públicos, Dodik ha conseguido convertir su exclusión institucional en un argumento de movilización política"
Dodik ha demostrado así que se puede perder el cargo sin perder el poder. Y esto plantea un problema que va mucho más allá de su futuro personal. Durante los últimos años, la estrategia internacional frente al líder serbobosnio se había basado en la idea de que una combinación de sanciones, decisiones judiciales y aislamiento político terminaría reduciendo su capacidad de actuación. Sin embargo,
el resultado electoral muestra que esa es una estrategia con ciertos límites. La presión exterior no ha conseguido desarticular su estructura de poder y, en algunos aspectos, incluso le ha permitido reforzar el relato según el cual
la República Srpska se encuentra sometida a las imposiciones de Sarajevo y de una comunidad internacional que no respetaría la voluntad de los serbios de Bosnia.
No es casual que Dodik haya agradecido públicamente
tanto a Donald Trump como a Vladimir Putin el nuevo contexto político internacional. Pocos días antes de las elecciones había viajado a Moscú para reunirse con el presidente ruso.
Su mensaje es transparente: la cuestión bosnia va más allá de las fronteras del país y se instala como parte de una competición geopolítica más amplia sobre el futuro de los
Balcanes occidentales.
"La cuestión bosnia va más allá de las fronteras del país y se instala como parte de una competición geopolítica más amplia sobre el futuro de los Balcanes occidentales"
El segundo dato relevante es la participación.
Apenas un 42% de los electores acudió a votar, alrededor de ocho puntos menos que en 2022. Este dato quizás diga tanto sobre Bosnia como el propio reparto de escaños. Tres décadas después de Dayton, una parte creciente de la sociedad parece haberse desconectado de un sistema político que ofrece pocas posibilidades reales de transformación y otra parte importante ha emigrado fuera del país. Mientras las élites compiten en torno a las identidades nacionales y al reparto institucional del poder, las preocupaciones cotidianas pasan por los salarios, los servicios públicos, la corrupción, la vivienda o, sencillamente, la posibilidad de construir un futuro sin tener que abandonar el país.
Hoy el problema bosnio ya no es únicamente el nacionalismo.
Es también la capacidad de ese nacionalismo para funcionar como mecanismo de reproducción de unas élites políticas que encuentran pocos incentivos para modificar el statu quo. Los Acuerdos de Dayton consiguieron algo extraordinariamente importante: terminar con una guerra que había dejado más de 100.000 muertos. Pero, al mismo tiempo, diseñaron un entramado institucional extraordinariamente complejo que convirtió la identidad étnica en el principio organizador del Estado. Bosnia quedó dividida entre la Federación de Bosnia y Herzegovina y la República Srpska, con una Presidencia tripartita y múltiples mecanismos de veto y representación comunitaria. Lo que nació como arquitectura para la paz terminó convirtiéndose en una arquitectura extremadamente favorable para el bloqueo.
En el contexto actual, estos resultados tienen además una derivada europea.
Bosnia y Herzegovina es candidata a la adhesión desde diciembre de 2022 y en marzo de 2024 el Consejo Europeo dio luz verde a la apertura de negociaciones. Sin embargo, el propio proceso continúa condicionado a avances en reformas fundamentales relacionadas con el Estado de derecho, el funcionamiento de las instituciones y el cumplimiento de las prioridades establecidas por la Comisión. La Unión Europea reconocía todavía en mayo de este año que la dinámica reformista que había permitido el paso adelante de 2024 se había estancado. Y en ese marco, las elecciones difícilmente facilitarán salir de ese atasco.
El problema no es que no exista una perspectiva europea para Bosnia. Existe. El problema es que la condicionalidad europea exige precisamente aquello que el sistema político bosnio tiene más dificultades para producir y que no es otra cosa que la cooperación institucional, reformas compartidas y fortalecimiento del Estado central. Para Dodik, además,
parte de esas reformas chocan frontalmente con su proyecto político, basado en aumentar la autonomía de la República Srpska y reducir las competencias de Sarajevo.
"La condicionalidad europea exige precisamente aquello que el sistema político bosnio tiene más dificultades para producir y que no es otra cosa que la cooperación institucional, reformas compartidas y fortalecimiento del Estado central"
De este modo, Bosnia se encuentra en un círculo vicioso donde la Unión Europea ofrece integración a cambio de reformas; las reformas necesitan acuerdos entre actores que obtienen réditos electorales del enfrentamiento; y la ausencia de avances reduce a su vez la credibilidad de la
perspectiva europea ante una sociedad cada vez más cansada de esperar. Pero es que, además,
ese bloqueo tiene consecuencias regionales. Bosnia sigue siendo uno de los puntos más frágiles de los Balcanes occidentales y cualquier debilitamiento de sus instituciones repercute inmediatamente sobre un espacio donde siguen abiertas cuestiones nacionales y territoriales. Serbia mantiene una relación especialmente estrecha con la República Srpska, mientras Rusia ha utilizado tradicionalmente su relación con Dodik como uno de sus principales instrumentos de influencia regional. Asimismo, la UE mantiene sobre la mesa un marco de posibles medidas restrictivas contra quienes amenacen la soberanía, la integridad territorial o el orden constitucional de Bosnia, prorrogado hasta marzo de 2027.
Todo ello sucede, además, cuando
la ampliación ha recuperado una centralidad geopolítica que no tenía desde hacía años.
Ucrania y Moldavia han cambiado el significado político de la ampliación. Ya no se trata únicamente de transformar a los candidatos mediante la condicionalidad europea, sino también de evitar que los espacios situados entre la UE y otras potencias se conviertan en zonas permanentes de competición estratégica. Y ahí Bosnia constituye una prueba especialmente difícil para Bruselas.
La Unión puede reiterar —como ha hecho— su compromiso con una Bosnia y Herzegovina soberana, unida y territorialmente íntegra. Puede mantener EUFOR Althea, utilizar instrumentos financieros, ofrecer integración gradual e incluso recurrir a sanciones. Pero ninguna de esas herramientas resuelve por sí sola la contradicción fundamental:
la UE necesita interlocutores comprometidos con la construcción de un Estado funcional, mientras algunos de los actores decisivos del sistema obtienen precisamente su poder político de impedir que ese Estado termine de funcionar. En este sentido, las elecciones de 2026 no han provocado una nueva crisis bosnia, sino que han normalizado la crisis existente.
"Ucrania y Moldavia han cambiado el significado político de la ampliación. Ya no se trata únicamente de transformar a los candidatos mediante la condicionalidad europea"
Dodik sale reforzado sin necesidad de presentarse.
Los nacionalismos mantienen su capacidad de ordenar el espacio político. La participación continúa cayendo. Y la perspectiva europea permanece formalmente abierta mientras el país sigue teniendo enormes dificultades para avanzar hacia ella.
Treinta años después de Dayton, Bosnia ya no se enfrenta al problema de cómo terminar una guerra. Se enfrenta a otro, quizás menos dramático, pero políticamente mucho más difícil de resolver:
el bloqueo institucional al que la han llevado unas instituciones diseñadas para impedir el conflicto, pero que han terminado haciendo extraordinariamente difícil el cambio.