El pasado viernes, a medianoche, venció el plazo para registrar coaliciones para el 29N, y
la izquierda llegó a él, como era previsible, dividida. Dicho así, parece la enésima fragmentación de un espacio acostumbrado a romperse, pero lo ocurrido dice otra cosa.
Casi todos se pusieron de acuerdo con casi todos; quien se quedó fuera fue Podemos.
Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comuns
articularon el Frente Amplio. La Chunta, Més o los andalucistas de Iniciativa del Pueblo Andaluz sellaron alianzas territoriales con la nueva coalición. Antes de que venciera el plazo, buena parte de ese mismo bloque
firmó con el PSOE una candidatura conjunta al Senado que puede evitar una nueva mayoría del PP en la Cámara Alta. Por lo tanto, el perímetro definitivo del acuerdo llegó hasta Ferraz y se detuvo en la puerta de Podemos.
Una frontera trazada durante esta legislatura
La línea que separa a quienes se entendieron de quien no lo hizo
no es ideológica ni programática. En asuntos como la vivienda, la fiscalidad o los derechos laborales y sociales, a cualquier votante le costaría distinguir los programas de Podemos y el Frente Amplio. Lo que los separa es cómo ha evolucionado cada uno durante los últimos tres años. Los partidos del Frente Amplio
han compartido Consejo de Ministros, grupo parlamentario y votaciones. También han negociado juntos políticas públicas y discrepancias con el PSOE que se resolvieron internamente. Estar ahí fue una decisión estratégica que dio continuidad al Gobierno de coalición iniciado en 2020. Eso se traduce en
costumbre de negociar entre sí, una confianza mínima entre las formaciones políticas y un interés compartido en defender lo hecho desde el propio Ejecutivo.
"El perímetro definitivo del acuerdo llegó hasta Ferraz y se detuvo en la puerta de Podemos"
Por su parte, Podemos recorrió un camino estratégico diferente.
Se quedó fuera del Gobierno al arrancar la legislatura y, semanas después, abandonó el grupo parlamentario de Sumar. En este sentido, Podemos ha hecho política durante esta legislatura desde fuera del Ejecutivo y, en ocasiones, en oposición a él. Desde entonces,
la formación morada ha construido su identidad sobre esa distancia. Ha apoyado al Gobierno de coalición progresista cuando le convenía, ha votado en contra cuando consideraba oportuno distanciarse y ha intentado presentarse como una izquierda diferente a las gubernamentales.
Todos los partidos, sin excepción, se mueven por incentivos. Podemos no es la excepción. Por eso, cuando desde la convocatoria electoral se habla de conservar el Gobierno progresista de coalición,
se pasa por alto que este no es un incentivo propio de Podemos, ya que la formación ha sido ajena al mismo. Con esa trayectoria,
el desenlace del viernes era previsible. Además, aceptar un puesto en una lista encabezada por Más Madrid habría supuesto renunciar a la diferenciación y también a la disputa por un espacio electoral que le permita su supervivencia.
Obviamente, todo lo expuesto hasta aquí pasa por una expectativa del escenario existente, que no es otra que
lograr superar la barrera electoral del 3% en Madrid, a lo que se considera que contribuirán los actos en los que pueda participar el ahora desgastado políticamente Gabriel Rufián.
"Aceptar un puesto en una lista encabezada por Más Madrid habría supuesto renunciar a la diferenciación y también a la disputa por un espacio electoral que le permita su supervivencia"
La prueba está en los acuerdos que Podemos sí cerró. La formación de Irene Montero
irá en coalición en la Comunidad Valenciana, con Compromís y la marca regional de Izquierda Unida, y en Canarias, con Nueva Canarias. En Catalunya
ha preferido a ERC antes que a los Comuns por la lógica ya expuesta, que además se apoya en el escenario de las
elecciones europeas de 2024, en las que Podemos superó a Sumar en la provincia de Barcelona. En los tres casos,
el socio es prácticamente una fuerza territorial ajena al núcleo del Gobierno y al liderazgo de Sumar.
Rufián, el aliado que nunca quiso liderar
La alianza con ERC es la pieza que mejor explica la lógica de Podemos, y también la que mejor retrata a su socio. Rufián ha pasado el año en el centro de la conversación de una izquierda a la que no pertenece. En febrero compartió con Emilio Delgado un acto que prometía desbordar a los partidos y que acabó en una contención calculada e interesada. En aquella ocasión,
habló en condicional y no dio un solo paso que lo comprometiera fuera de ERC. En mayo, tras los comicios andaluces, fue más lejos y
se declaró dispuesto a liderar una candidatura unitaria de las izquierdas estatales y soberanistas. En la misma intervención dejó la condición que lo explicaba e imposibilitaba todo: no se iría de su partido hasta que lo echaran.
"Rufián ha pasado el año en el centro de la conversación de una izquierda a la que no pertenece"
Parece claro que quien ponía esa condición para liderar la izquierda española
no tenía intención ninguna de construir una candidatura estatal: estaba subiendo su cotización como un jugador de fútbol que está negociando su renovación con su equipo actual. En las últimas semanas puso condiciones a su propio partido para repetir como candidato, pues Rufián buscaba, sobre todo,
controlar mínimamente las listas electorales de ERC para no acabar, nuevamente, en un grupo parlamentario reacio, por decirlo suavemente, a su liderazgo. Mientras tanto, un dirigente próximo a Oriol Junqueras llegó a recoger avales para sustituirlo.
La dirección de ERC terminó confirmándolo como candidato.
El acuerdo con Podemos remató la operación.
Rufián conserva su escaño y suma la coartada que buscaba, una que le permitiera tener proyección estatal sin salir de ERC. Podemos no se presenta en Catalunya,
coloca a dos independientes en la lista republicana por Barcelona y gana a Rufián como compañero de mítines. Lo que une a ambos es la posición respecto al Gobierno. ERC apoyó la investidura y Rufián ha hecho de ese lugar intermedio, entre la mayoría de la investidura y el Ejecutivo, su principal activo. En ese sentido, los dos se reconocen en estar con el bloque progresista sin cargar con el desgaste de gobernar.
"Los dos se reconocen en estar con el bloque progresista sin cargar con el desgaste de gobernar"
El coste lo pagan los Comuns, quienes han sufrido por parte de Rufián y ERC
una OPA hostil que buscaba defenestrarlos. Ada Colau había invitado al líder de ERC en el Congreso a sumarse al Frente Amplio y a usar su liderazgo para unir a las izquierdas bajo una candidatura coordinada. El resultado final ha sido
una lista de ERC con Podemos al lado en su propia circunscripción, donde ella misma será candidata. La campaña hará visible, además, una ironía: el Rufián que en febrero compartía escenario con Delgado volverá a Madrid a pedir el voto para Montero, que compite precisamente contra Delgado. La pregunta ahora es qué izquierda acudirá a aplaudir a Rufián.
Una apuesta racional con premisas discutibles
Despachar la decisión de Podemos como sectarismo o egocentrismo es cómodo, pero no la explica. La dirección morada no compite por un ministerio, sino por la hegemonía de un espacio que hoy
no llega al 10%. Su apuesta descansa en una lectura muy concreta:
el Frente Amplio es una alianza de gobierno sin un Gobierno al que volver, sus socios se dividirán de nuevo tras el 29N, y quien conserve marca, liderazgo y autonomía estará mejor situado para recoger los restos del naufragio.
"La dirección morada no compite por un ministerio, sino por la hegemonía de un espacio que hoy no llega al 10%"
El riesgo es evidente. Tras dos semanas de saturación de los votantes ante el esperpento retransmitido de las no negociaciones,
superar el 3% de los votos en Madrid, la barrera mínima para optar a un escaño, puede ser a día de hoy más difícil de lo que se preveía.
El precio de la división tampoco es menor. Según 40dB.,
por separado el Frente Amplio y Podemos sumarían entre siete y nueve diputados; juntos, entre quince y diecinueve. Hay otra variable menos tangible, el coste emocional de no haber producido la ansiada candidatura unitaria.
El Senado como primer ensayo
La otra cara de esta historia es el acuerdo que sí se cerró.
El PSOE y las formaciones del Frente Amplio pactaron una papeleta única para el Senado, Senado de Progreso, en la mayor parte del país. La lógica electoral es esencial para entenderlo. En el Senado, cada provincia peninsular elige a cuatro senadores, y quien más votos reúne suele quedarse con tres. En 2023, el PP, al superar al PSOE y ser primera fuerza en buena parte de los territorios, logró la mayoría absoluta en la Cámara Alta. Ahora,
una sola papeleta puede concentrar esos votos y, ante una diferencia mínima, hacer que la candidatura progresista supere a la del PP, invirtiendo la situación. No olvidemos que durante esta legislatura el Senado ha permitido frenar, devolver o retrasar buena parte de la agenda legislativa. A esto se añade que
el Senado elige por mayoría de tres quintos a cuatro de los doce miembros que conforman el Tribunal Constitucional.
Podemos y los Comuns han quedado también fuera de este acuerdo, lo que completa el mapa electoral.
El Frente Amplio no ha podido cerrar una lista común con Podemos para el Congreso, pero sí la ha cerrado con el PSOE para el Senado. No es una cuestión menor, ya que pone de manifiesto que
la izquierda que se ordena lo hace alrededor de Pedro Sánchez, y quien se queda fuera de esa órbita se queda fuera de todas las mesas.