"Un viaje de mil leguas comienza con el primer paso. Sin embargo, el viaje no será por supercarreteras en las cuales se puede avanzar a toda velocidad; es posible que nos conduzca a través de mares y lagos; a través de colinas, montañas y valles; se requerirán muchos años de arduo trabajo y sacrificios para llegar hasta el final. […] La justicia social exige que sigamos avanzando".
Con estas palabras, Gertrude Mongella, secretaria general de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín, clausuraba en 1995 una movilización sin precedentes de gobiernos, organizaciones de la sociedad civil y activistas feministas de todo el mundo. Allí, por primera vez, se reconocieron de forma inequívoca los derechos de las mujeres como derechos humanos y se aprobó la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing que apuntaló la transversalidad de género (gender mainstreaming) como estrategia para alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres. Esta estrategia implica situar las injusticias ligadas a la desigualdad entre mujeres y hombres en el centro de la agenda política y social, considerándolas en el análisis de los problemas y buscando en la formulación de soluciones oportunidades para combatirlas y avanzar hacia una mayor igualdad. Este enfoque no solo interpela a gobiernos, sino también a medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil, universidades y a cualquier agente que opere en la esfera pública.
Hillary Clinton habla ante la 'Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer' en Pekín. Foto: Wikimedia Commons
Desde Pekín, hemos presenciado avances significativos en términos de participación política, reducción de la pobreza o acceso a la educación, entre otros. Sin embargo, el progreso es lento, desigual y frágil, y en ocasiones, incluso, damos pasos atrás. De hecho,
ONU Mujeres estima que, al ritmo actual, tardaríamos todavía 300 años en alcanzar la plena igualdad.
"ONU Mujeres estima que, al ritmo actual, tardaríamos todavía 300 años en alcanzar la plena igualdad"
Cada 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, nos recuerda la necesidad de persistir y seguir avanzando en este viaje de mil leguas. Este año, coincidiendo con el trigésimo aniversario de la conferencia en China,
no solo es momento de reconocer los logros alcanzados, sino también de analizar todo aquello que frena o desvía el avance hacia la igualdad. Quienes trabajamos en el ámbito de las políticas de igualdad entre mujeres y hombres sabemos que, entre otro tipo de obstáculos,
existen resistencias que
se manifiestan a nivel individual de
múltiples formas: algunas son directas y agresivas, mientras que otras son más sutiles y camufladas.
Las primeras son fácilmente identificables. Representan la oposición frontal al feminismo y a las políticas de igualdad, conocida como backlash. No es un fenómeno nuevo: cada vez que el feminismo logra avances significativos, aparece una ola de reacción en sentido contrario, como ya documentó
Susan Faludi a partir de la era de Reagan en Estados Unidos. Desde estas posiciones, se busca desacreditar la lucha por la igualdad, negando la existencia del problema o ridiculizando sus planteamientos. Conceptos como
perspectiva de género se convierten en carne de meme, y las feministas son objeto de burla o ataques. Se suelen referir al género como una
ideología o
estrategia de adoctrinamiento que desafía
lo biológico: las mujeres y hombres son seres esencialmente diferentes y, por tanto, la estructura de poder basada en el género —que sitúa a las mujeres en una posición de subordinación— es algo natural y positivo.
Negando la dimensión social de las desigualdades de género, la naturalización de los roles de género también las despolitiza. Como apuntaba
Christine Delphy, "La gente no se rebela contra lo que es natural y, por lo tanto, inevitable; o inevitable, por lo tanto, natural. (…)
Creer en la posibilidad de cambio implica creer en que los orígenes de esta situación son sociales".
Ahora bien, las encuestas en España indican que estas posturas son minoritarias. Según el CIS, apenas un 5,9% de los hombres y un 3,4% de las mujeres defienden que "es mejor que la mujer se concentre en el hogar y el hombre en el trabajo". En
1997, eran, respectivamente, el 28,4% y el 20,8%. Asimismo, solo un 18% de los hombres y un 9,9% de las mujeres
consideran que la igualdad entre hombres y mujeres se ha alcanzado, frente a una mayoría —63,3% y 77,4%, respectivamente— opina que aún queda bastante o mucho por hacer. Es más, el apoyo social al logro de la igualdad es ampliamente mayoritario —nueve de cada diez están de acuerdo con que "
Debemos lograr la plena igualdad entre hombres y mujeres en todos los ámbitos"— y supera la preferencia por la democracia frente a cualquier forma de gobierno (81,2%, en ambos sexos) o la percepción de amenaza real del cambio climático (87,2% en mujeres y 80,4% en hombres).
Más difíciles de detectar son, en cambio, aquellas resistencias que se expresan de manera sutil, difusa o incluso disfrazadas de aparente compromiso con la igualdad que, en la práctica, relegan las políticas de igualdad a un plano secundario o las vacían de contenido.
"Aunque no se oponga abiertamente a la igualdad entre mujeres y hombres, uno de los discursos más influyentes en la legitimación del statu quo es el de la libre elección y la meritocracia, promovido por la ideología neoliberal"
Aunque no se oponga abiertamente a la igualdad entre mujeres y hombres, uno de los discursos más influyentes en la legitimación del statu quo es el de la libre elección y la meritocracia, promovido por la ideología neoliberal. Si cada persona se construye a sí misma y el éxito o el fracaso dependen exclusivamente de la voluntad y el talento de cada persona, los roles de género responden a comportamientos individuales, sin reconocer el peso de la dimensión estructural que coloca de partida a las mujeres en una posición de desventaja. Este razonamiento se traduce en argumentos que, en última instancia, acaban culpabilizando a las mujeres: "No discriminamos. Elegir una carrera o querer cuidar de tu familia es su elección". De nuevo, nos encontramos aquí también con la despolitización de la desigualdad. En un interesantísimo estudio, Lola Girerd y Virginie Bonnot advierten de que el discurso neoliberal se asocia con una mayor justificación de la estructura de poder basada en el género, una menor identificación feminista de las mujeres y una menor participación en acciones colectivas.
También son frecuentes los discursos que, si bien no niegan el problema, sincera o inconscientemente lo minimizan o, en todo caso, no lo consideran una prioridad, en comparación con otros ejes de desigualdad o problemas más urgentes y, por tanto, consideran injustificado focalizarse (tanto) en él. Desde esta visión, se ignora el peso que esta desigualdad representa para las mujeres de todas las categorías sociales que, pese a sus diferencias, comparten la privación histórica de derechos y libertades. Lo cierto es que la desigualdad y discriminación que enfrentan las mujeres influye en todas las demás problemáticas sociales y ninguna de ellas podrá resolverse plenamente sin abordar las primeras.
Otra forma de orillar el debate sin comprometer a la sociedad es considerar la igualdad como un "asunto de mujeres", algo que se les puede conceder para que lo gestionen entre ellas, pero sin otorgarles verdadero poder para ello. Como bien explica Soledad Murillo de la Vega en su último libro Supervivencia de las políticas de igualdad,
las políticas de igualdad entre mujeres y hombres mantienen en nuestro país un estatus bajo y precario. No se les reconoce trayectoria ni entidad propia —a menudo subsumidas dentro de las políticas sociales— ni su contribución al bien común. Esto en parte se explica también por una visión reduccionista, en la que el objetivo de la igualdad de género se confunde con "contar mujeres" en determinadas posiciones y ámbitos, sin modificar las reglas del juego que perpetúan la desigualdad. Sin embargo, adoptar un enfoque de género implica una revolución de las creencias, valores y percepciones que desafíe al orden social y al código cultural más ancestral, universal y arraigado de los existentes, en palabras de Kate Millet.
Todas estas resistencias, directas o sutiles, se articulan y se concretan en el ámbito político, frenando el avance que experimentaríamos con un compromiso decidido por la igualdad. Ante los ataques crecientes al feminismo y a las políticas de igualdad, cabe recordar que la experiencia con los movimientos antivacunas o negacionistas climáticos ha demostrado que arrojar hechos y datos, por sí solo, rara vez resulta efectivo. Esto no significa que los datos y la pedagogía no sean importantes —lo son, y mucho—, sino que a menudo el cambio de postura no depende de ello, sino de un replanteamiento más profundo de los marcos, valores y creencias que filtran e interpretan la realidad.
"Ante los ataques crecientes al feminismo y a las políticas de igualdad, cabe recordar que la experiencia con los movimientos antivacunas o negacionistas climáticos ha demostrado que arrojar hechos y datos, por sí solo, rara vez resulta efectivo"
En este sentido, los esfuerzos deberían centrarse en conseguir una masa crítica que apoye el cambio social hacia la igualdad, incidiendo en esa gran mayoría que declara respaldarlo, pero no siempre actúa en consecuencia. Movilizar ese apoyo difuso hacia posiciones más feministas puede cambiar el clima de opinión general, aislando progresivamente las resistencias más enquistadas y empujándolas a su revisión.
Esto exige un ejercicio de autocrítica colectiva, en el que identifiquemos y enfrentemos nuestras contradicciones para preguntarnos qué podemos hacer, desde nuestras posiciones y organizaciones, para situar la igualdad en primer plano, al tiempo que exigimos a los gobiernos y administraciones públicas que asuman su rol y responsabilidad como garantes del impulso y desarrollo de la estrategia de transversalidad de género.
Como dijo Gertrude Mongella, "la justicia social exige que sigamos avanzando". La igualdad entre mujeres y hombres no puede seguir siendo un tema marginal o añadido; es el fundamento de una sociedad que aspira a ser justa y democrática y solo en ella puede prosperar un debate complejo y, en ocasiones, incómodo como este. Es hora de pasarse de frenada y colocarla, de una vez por todas, en el centro de nuestras preocupaciones.