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Historia de dos partidos: republicanos contra demócratas en EE.UU.

Pedro Soriano Mendiara

11 mins - 31 de Enero de 2024, 07:00

Esta semana se inicia la temporada de primarias para las elecciones presidenciales de Estados Unidos, y todos los indicios apuntan a que el resultado de estas será ofrecer a los norteamericanos el mismo menú que tuvieron que escoger hace cuatro años, pero invertido: Joe Biden como presidente contra Donald Trump contra aspirante. Eso inevitablemente conduce a la siguiente pregunta: ¿por qué vamos a repetir el enfrentamiento de los dos candidatos de mayor edad de la historia del país, pero ahora cuatro años más viejos? ¿Por qué la política estadounidense parece hallarse en un estado de estasis? ¿Cómo hemos llegado a esta situación?

En el caso del Partido Republicano, merece la pena hacer un poco de historia para explicar cómo Trump ha conseguido dominar el partido, entendiendo en primer lugar que el magnate neoyorquino (ahora, como buen jubilado de Nueva York, transterrado a Florida) no es una anomalía, sino una consecuencia de un largo proceso político que ha afectado a los conservadores estadounidenses, convirtiéndoles en un partido muy distinto al que fueron en sus inicios.

El GOP nació en 1854 como partido norteño, anglosajón, protestante, contrario a la esclavitud (por motivos más económicos que morales) y favorable a un Estado federal que tuviera más fuerza que los Estados federados (pero también, y esto se olvida a menudo, como un partido generalmente hostil a la inmigración). La Guerra de Secesión le convirtió en el partido natural de gobierno durante varias décadas (entre 1868 y 1912 hubo un solo presidente demócrata y ocho republicanos) periodo durante el cual el partido se fue haciendo más conservador, y más pasivo en el ámbito de la lucha por los derechos civiles de los negros, hasta el punto de que llegada la década de los 20 del siglo pasado, era prácticamente indistinguible de los demócratas en este punto.

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A esto debemos añadir el hecho de que la Primera Guerra Mundial, que coincidió con el mandato de un presidente demócrata, hizo que los republicanos, hasta cierto punto como reacción ante la inflexibilidad de Wilson, desarrollaran un gen aislacionista que ha vuelto a resurgir en los últimos años. Y en cambio, la Gran Depresión, que coincidió con el mandato de un presidente republicano, Hoover, que respondió a la misma con medidas económicas de una austeridad que hoy asociamos netamente con los conservadores, acabó situando a los republicanos decididamente en el ala derecha de la política en EE.UU.

Los veinte años de mandato seguidos que obtuvieron los demócratas a resultas de la Gran Depresión forzaron a los republicanos a buscar nuevos caladeros electorales, y pronto se dieron cuenta de que su principal objetivo político tenía que ser obtener el voto de los blancos sureños, que, pese a ser descendientes de los rebeldes confederados contra los que los fundadores del Partido Republicano habían creado el partido, ideológicamente ahora estaban más cerca de éste que de los demócratas (y además, no dejaban de ser WASP, es decir: blancos, anglosajones de origen y protestantes).

Fue un proceso que se alargó durante décadas, pero que fue ayudado por un movimiento correlativo en el Partido Demócrata. Éste, que tras la Guerra de Secesión había quedado convertido en el partido de los sureños derrotados, había optado inicialmente, tras el conflicto, por ampliar su radio de acción dirigiéndose a los inmigrantes recién llegados (no porque los exconfederados sintieran ninguna especial simpatía por ellos, sino por dos motivos principales: en primer lugar, porque los inmigrantes no se iban a dirigir al Sur pobre, sino al Norte rico, y en segundo lugar, porque la actitud decididamente antiinmigrante de los republicanos hizo que los demócratas aplicaran a los inmigrantes el viejo principio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”).

Así pues, el Partido Demócrata era a principios del siglo XX un conglomerado un tanto extraño de racistas sureños protestantes e inmigrantes no anglosajones y mayormente católicos al que la Gran Depresión le añadió un componente desestabilizador: votantes negros urbanos en el Norte. Éstos, desesperados ante la inacción de los republicanos bajo Hoover, se desplazaron en masa hacia los demócratas, y votaron, por ejemplo, a favor de Roosevelt con un 76% de los votos en las elecciones de 1936. La Segunda Guerra Mundial, en la que casi un millón de negros combatieron por un país que les trataba como ciudadanos de segunda clase, acabó provocando la integración de las Fuerzas Armadas por orden ejecutiva del presidente Truman -demócrata- en 1948, hecho que provocó la primera escisión sureña entre los demócratas, preludio de muchas otras por llegar.

Pero fue la lucha por los derechos civiles, inaugurada oficialmente por la Sentencia del Tribunal Supremo de 1953 en Brown vs. Board of Education, que decretó que las escuelas segregadas racialmente eran inconstitucionales, la que provocó un realineamiento de la política estadounidense cuyas consecuencias aún vemos hoy. Las administraciones demócratas de Kennedy y sobre todo de Johnson se alinearon decididamente a favor de la minoría negra, alienando de este modo de manera permanente a los blancos sureños, que lenta pero progresivamente se desplazaron al Partido Republicano, y crearon una nueva era de dominio republicano al menos al nivel de las presidenciales (entre 1968 y 1992 hubo un solo presidente demócrata y cuatro republicanos).

Y no sólo eso: los inmigrantes no anglosajones y católicos en el Norte, que habían sido el otro gran pilar de la coalición demócrata durante buena parte del siglo XX, también empezaron a desplazarse hacia los republicanos a resultas de la competencia que sufrían de las minorías raciales en sus trabajos manuales (lo que se suele llamar “blue-collar work”) y de las consecuencias de la desindustrialización y la pérdida de trabajos hacia países con peores salarios (que no se imputaban a los republicanos, que mantenían un discurso más aislacionista aunque en la práctica, al ser asimismo el partido de los empresarios, eran los principales responsables de esas políticas).

El Partido Republicano en los tiempos de Reagan era, pues, una curiosa amalgama de votantes de clase alta (los viejos WASP de toda la vida) y de clase baja (exdemócratas blancos en el Sur y en el Norte), mientras que los demócratas eran el partido de las minorías raciales y, cada vez menos, de la clase obrera norteña.

Sin embargo, todos los movimientos políticos crean reacciones de signo opuesto: en este caso, la absorción por parte del Partido Republicano de los votantes sureños supuso al mismo tiempo la asunción de buena parte de sus posicionamientos sociales y religiosos, incluyendo en particular la oposición al aborto y a las relaciones entre personas del mismo sexo, y una tentación autoritaria, dirigida en primera instancia a intentar excluir en la mayor medida posible a las minorías del acceso al sufragio. El creciente dominio por parte del ala evangélica del Partido Republicano generó un creciente éxodo de los votantes republicanos norteños con niveles educativos universitarios, que no comulgaban con esos postulados (posteriormente, la entrada de la cuestión del matrimonio gay en escena exacerbó ese movimiento).



Esta disociación generó, además, una brecha creciente entre los votantes republicanos (cada vez más homogéneos: clase blanca obrera o rural, evangélica y sin estudios universitarios, de tendencias populistas y aislacionistas) y sus líderes (presidentes y candidatos como los Bush, Mitt Romney o Paul Ryan, todos ellos procedentes de las élites del país, con un discurso neoliberal en lo económico e intervencionista en política exterior).

El Partido Republicano llevaba ya algunos ciclos electorales amagando con elegir a un candidato “populista” (Mike Huckabee en 2008, Rick Santorum en 2012 consiguieron resultados notables apostando por ese discurso) y finalmente sucumbió a la tentación en 2016, al escoger a Trump (que aprovechó la división del voto entre los candidatos convencionales). Durante los cuatro años de su Presidencia y los tres siguientes como líder tácito en la oposición, Trump ha ahondado las tendencias aislacionistas (propuesta de retirada de la OTAN y de cese de apoyo a Ucrania), conservadoras (nombramiento de jueces en el Tribunal Supremo que han revocado la constitucionalidad del derecho al aborto) y autoritarias (apoyo al asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 y promesas de persecución política a sus adversarios en caso de ser reelegido).

Los restos del establishment republicano han intentado encontrar a algún candidato capaz de combatir a Trump, pero todas las encuestas indican que éste es apoyado ya por más del 60% de los votantes republicanos, e incluso si tiene algún tropiezo ocasional en algún Estado donde los votantes del GOP sean algo más moderados que la media, como puede ocurrirle en New Hampshire, el resultado final será el lógico en el actual Partido Republicano: Trump será el candidato.

Y entonces, salvo que la salud se lo impida a ambos, se enfrentará a Biden. En las últimas semanas estamos leyendo todo tipo de comentarios ligeramente fantasiosos sobre cómo Biden puede ser forzado a retirarse, y aparecerá un caballero con brillante armadura que conduzca a las huestes demócratas a la victoria. Todo eso son especulaciones sin fundamento. El Partido Demócrata, al contrario que el Republicano, es un partido muy disciplinado y muy poco inclinado a hacer experimentos. Y si por algún motivo Biden optara por la retirada, la candidata a la nominación sería la vicepresidenta Harris. Los demócratas jamás van a abandonar a la primera mujer vicepresidenta de su historia (y además, minoría negra y asiática).

Liderando una coalición heterogénea de blancos con estudios universitarios y negros y latinos sin estudios, el presidente afronta las elecciones, sin embargo, en su momento más bajo de popularidad. Pese a que la economía acompaña (el desempleo continúa en niveles muy bajos), los efectos a largo plazo de la inflación y el hecho inocultable de que es un anciano provocan que haya muy poco entusiasmo por él. Biden tiene que confiar en que, una vez finalizadas las primarias republicanas y una vez sea evidente que Trump va a ser el candidato republicano (algo que hoy en día todavía una mayoría de votantes estadounidenses no creen posible), los votantes acepten, siquiera como mal menor, que él es la única garantía para derrotar a Trump, como ya lo hicieron en 2020.

Biden confía también que el calendario judicial de Trump, que puede llegar a afrontar antes de las elecciones hasta cuatro juicios penales distintos (dos por sus intentos de subversión de las elecciones de 2020, otro por retener documentación secreta tras abandonar la Casa Blanca, y otro por la gestión ilícita de su conglomerado empresarial) culmine en al menos una o dos sentencias condenatorias, que hagan que la minoría de votantes republicanos que se oponen a Trump opten, bien por votar a Biden, bien por quedarse en casa, dándole a éste el margen necesario para la victoria.

El principal problema de esa estrategia es que su ejecución no depende del presidente, mientras que el equipo legal del candidato republicano hará todo lo posible por deferir todos los juicios con posterioridad a las elecciones. Asimismo, Biden es vulnerable a cualquier recesión que se pueda producir en los próximos meses. Si las elecciones se celebraran hoy, es dudoso que el presidente las ganara, e incluso si lo hiciera en número de votos, sería perfectamente posible que Trump le batiera en el Colegio Electoral, sesgado a favor de los republicanos, como ya lo hizo frente a Hillary Clinton en 2016.
 
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