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La silenciosa amenaza económica del cambio climático

Pedro Fresco

6 mins - 11 de Marzo de 2024, 07:00

En este año 2023 el planeta está experimentando una anomalía climática sin precedentes. Llevamos décadas sufriendo un calentamiento progresivo, pero este año los récords de temperatura se han disparado de una manera inesperada. Desde principios de junio estamos experimentando récords de temperatura muy por encima del que era hasta la fecha el máximo anterior. A modo de ejemplo, la temperatura durante este septiembre en Europa ha sido 1,1ºC más alta que el récord precedente, que es de 2020. 

Lo que estamos viviendo tiene a los investigadores expectantes y preocupados. Se especula con que se podría haber superado algún tipping point climático, aunque generalmente se considera que esta situación está provocada por la suma del calentamiento global y el fenómeno de El niño, un evento cíclico provocado por el calentamiento del océano pacífico. La temperatura global este año podría rondar un aumento de 1,5ºC respecto a niveles preindustriales, que recordemos es el objetivo más ambicioso del Acuerdo de París. Esto no quiere decir que se haya perdido este objetivo, porque este aumento de temperatura no sería permanente, pero sí nos está mostrando cómo será un mundo que haya alcanzado ese grado y medio de calentamiento. Para empezar, dos de los efectos previstos por los modelos para un calentamiento de 1,5ºC, que son el aumento de inundaciones y de fenómenos climatológicos extremos, se han producido durante este verano. No hace falta más que mirar a Grecia para comprobarlo, sin ser este el único caso excepcional que hemos vivido este verano.

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A pesar de lo evidente que resulta, los seres humanos tendemos a olvidar cómo nuestra civilización y nuestras economías están sostenidas sobre las condiciones naturales que nos acogen. Es más que evidente para la agricultura, adaptada climáticamente a cada una de las zonas del mundo, pero también para cuestiones como el turismo o la productividad general. Piensen simplemente en el aumento de la recurrencia de las sequías y cómo la falta de agua afecta a la agricultura, al turismo y potencialmente a la propia industria, que es la segunda actividad consumidora de agua por encima del consumo doméstico.
 
En 2006 el economista Nicholas Stern publicó un famoso informe que lleva su nombre en el que avisaba que el cambio climático produciría pérdidas en el PIB entre el 5 y el 20% a nivel global. Posteriormente el Nobel William Nordhaus valoró la pérdida de forma más reducida, pero igualmente relevante. A pesar de que el efecto del cambio climático como reductor del crecimiento económico es difícil de mesurar, su sentido es conocido.



Para un país como España este efecto negativo puede ser intenso. Recientemente un informe de la agencia de calificación crediticia Scope calculaba que España podría sufrir, a causa del cambio climático, una pérdida de un 8,3% en su PIB per cápita en el horizonte 2050. Un país que es un gran exportador agrícola como el nuestro es especialmente vulnerable a la climatología, pero los efectos no se circunscriben solo a este sector. El propio turismo puede verse afectado, tanto por el calor como por el aumento de fenómenos climatológicos extremos al final del verano. El mediterráneo se puede convertir en una bomba de calor que, como este año, haga muy probables grandes DANAS intensas. Si en el Caribe los turistas suelen evitar la época de huracanes ¿tan difícil es pensar que en el Mediterráneo puede suceder lo mismo en la época de grandes DANAS?

Las comparaciones con otros países pueden servir para visualizar los riesgos. En algunos países de medio oriente existe la prohibición de trabajar en espacios abiertos y bajo la luz solar directa durante los mediodías de verano. La extensión de las olas de calor fuera del periodo estival podría hacer habituales situaciones como las que hemos visto en los colegios de Canarias, con suspensión de clases debido al calor extremo a mediados de octubre y, por tanto, dificultades de conciliación para los trabajadores. Estos problemas pueden mitigarse mediante adaptación (climatización en las aulas, teletrabajo, alteración de jornadas laborales), pero como en tantos otros campos la adaptación al cambio climático representará costes y estos costes tendrán un impacto económico negativo en el crecimiento y en los recursos que podemos destinar a otras cuestiones. 

En cierta medida, este anómalo 2023 nos puede ofrecer una gran lección: Hemos tenido la “suerte” de poder ver cómo va a ser un año normal en dos o tres décadas, que no será un año especialmente cálido como lo percibimos hoy sino la “nueva normalidad” debido al calentamiento provocado por la actividad humana. Este 2023 ha sido una ventana al futuro y la lección para entender que, si no frenamos la emisión de gases de efecto invernadero, lo que vivirán las próximas generaciones será bastante más extremo que esto, y no solo por la temperatura sino también por los efectos de derivados de la normalización de este clima, entre ellos la pérdida de biodiversidad, la extensión de enfermedades tropicales o las migraciones masivas.

Hace tiempo que sabemos lo que debemos hacer. Por un lado, adaptación: Todos nuestros futuros desarrollos deben adaptarse a la realidad venidera, a riesgo de generar infraestructuras inútiles e inversiones variadas. La adaptación condicionará inversiones, desarrollos urbanos, jornadas laborales y dinámicas sociales. Por otro lado, mitigación: La hoja de ruta para contener el calentamiento a niveles aceptables es conocida y recientemente fue de nuevo expuesta por la Agencia Internacional de la Energía: Triplicar la velocidad de instalación de renovables, duplicar los avances en eficiencia energética, electrificar rápidamente transporte y climatización y reducir el 75% de las emisiones de metano, todo ello para 2030

No es un camino sencillo, ni barato. Pero como dice acertadamente el adagio popular, lo barato sale caro. Con una inversión de poco más del 1% del PIB anual en tecnologías e infraestructuras para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero evitaríamos las peores consecuencias económicas y sociales del cambio climático, ahorrándonos parte relevante de los costes de mitigación. En términos meramente económicos resulta un seguro con un coste bastante razonable, y si no se lo parece piense en el precio del aceite de oliva o en la fatalidad que enfrentan los campesinos de Tesalia.
 
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