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AP

Progresistas globales

Andrés Ortega

8 mins - 18 de Noviembre de 2022, 07:00

Del 25 al 27 de noviembre la Internacional Socialista (IS) celebrará en Madrid un congreso que elegirá a Pedro Sánchez presidente por cuatro años. La IS estaba de capa caída. ¿Se puede recuperar? Los socialdemócratas han vuelto a ganar en partes de Europa, pero lejos de los niveles de otros tiempos pasados. En Europa, hay socialistas al frente de los gobiernos de España, Alemania, Dinamarca y Portugal entre otros, mientras en Francia, por ejemplo, están hundidos. En Reino Unido los laboristas parecen contar con el viento de cola ante las insensateces de los conservadores, aunque aún queda tiempo para las elecciones. Pero los socialistas ya no marcan la agenda global. Es necesario inventar un nuevo tipo de progresismo global, que pueda complementarse con la nueva izquierda no socialista que ha surgido en diversas partes, y notablemente en América Latina. Con puentes, incluso, pues también son necesarios para pactos internacionales, con el centro derecha, que se ha globalizado (Aznar tuvo y tiene un papel destacado en esto). Aunque no se pueda hablar propiamente de una internacional, este nuevo progresismo ha de saber competir con, y combatir a, una derecha radical que en parte se inspira del contenido, de los métodos y de las conexiones del trumpismo -con el propio Trump perdiendo fuelle-, que les ha robado a los progresistas parte de su base electoral y se ha blanqueado o normalizado.

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Tony Blair, desde un laborismo británico entonces proeuropeo, impulsó las conferencias Progressive Governance (Rodríguez Zapatero asistió a algunas) en busca de nuevas ideas, planteadas desde aquello que se llamó Tercera Vía, y que no fue sino la adaptación de la socialdemocracia al neoliberalismo, o si se quiere ser positivo, la reconciliación del socialismo con el mercado globalizado. La última conferencia de este tipo, impulsada por los socialdemócratas alemanes, en Berlín el pasado 13 de octubre, ha pasado sin pena ni gloria.

Recuerdo un interesantísimo y reducido almuerzo en la Moncloa con el presidente Rodríguez Zapatero y el brasileño Lula (ya fuera del Gobierno y hoy de vuelta, debiendo asumir el poder en Brasil el próximo 1 de enero) en el que éste le señaló al español la necesidad de ir más allá de la IS -que incorpora a 132 partidos- para conformar un movimiento progresista internacional con nuevos tipos de izquierdas, que son hoy los que están triunfando en buena parte de América Latina. 

Hay que incorporar a esta internacional progresista (aunque no es tal) el mundo demócrata de EE. UU., pues importa y mucho. Aunque tras las elecciones a medio mandato, los republicanos, radicalizados, ya no podrán imponer su agenda legislativa y de nombramientos judiciales a la Administración Biden que retiene una mayoría en el Senado, este progresismo global debe, no obstante, pensar también que EE. UU. se ha convertido en un país de incertidumbre. Debe ayudar, con análisis y propuestas, a que se recompongan los demócratas estadounidenses, que han perdido en los últimos años el voto de la clase obrera y media baja, y parte del voto hispano en una estrategia completamente equivocada que Biden ha intentado rectificar, después de que Trump la aprovechara para llegar en su día a la Casa Blanca. Biden debería rectificar en los dos temas únicos en los que concuerda con los republicanos: el proteccionismo (el Buy American y las ayudas a las empresas estadounidense muy similar al America First de Trump) y la posición frente a, o contra, China introducida por Trump y endurecida por esta Administración estadounidense. Dos cuestiones que no convienen a los europeos ni al Sur Global, y que están pendientes de clarificación entre los progresistas de Europa, de América Latina y de otros continentes. No hay más que ver las críticas al canciller socialdemócrata Olaf Sholz por su reciente viaje a China. 



Ahora que llega al frente de la IS, Sánchez debería tener esto en cuenta, armado por las lecciones de su experiencia de coalición de izquierdas en su propio país. Es positivo que un español presida por vez primera la IS (a Felipe González se le ofreció, mas nunca quiso aceptarlo). Debe utilizar su posición para ir más allá, aprovechando sus buenas relaciones con algunas de las nuevas izquierdas latinoamericanas, varias y diferentes, más modernas y defensoras de la democracia.

Pasar de la agenda programática nacional a una internacional requiere no solo valores comunes, sino medios y flexibilidad ante la realidad de cada país. Aunque cada vez más, los problemas, y algunas de sus soluciones, son globales, y las fronteras con los domésticos se han difuminado. 

Una agenda progresista global ha de partir de puntos comunes (algunos inevitablemente, para que salgan adelante, compartidos con los conservadores, como hemos señalado, pero no con la derecha radical). La Agenda 2030 con sus 17 objetivos y 169 metas de desarrollo sostenible, de forma externa e interna, es un buen punto de partida. La comparten, en teoría, la izquierda y la derecha, Gobiernos de ambos signos la lanzaron desde la ONU. La derecha radical la rehúye. Pero esta agenda habla más de fines que de medios, y estos faltan. Ya hemos señalado aquí que el neoliberalismo, previsiblemente, no se verá reemplazado por un nuevo New Deal, por un nuevo impulso al estado del bienestar (aunque muchos países tienen aún un gran trecho por recorrer para llegar a unos mínimos), sino por un paradigma productivista público-privado. Y, desde el progresismo, con el paso de la redistribución de los ingresos a la redistribución de las oportunidades a lo largo de la vida, no solo al principio, y de la defensa del medioambiente y de la igualdad y libertad de la mujer ante su cuerpo y su proyecto vital.

Como poco, una agenda global progresista debería incluir:
  • La defensa de la democracia, con una protección y enriquecimiento de los derechos humanos, y la adaptación de todo ello a la era de la conectividad digital. La construcción de un ágora global de debate, o de varias, no se puede dejar únicamente al sector privado, aunque este ha de gozar de libertad.
  • La lucha contra el cambio climático, con ayudas del Norte al Sur, como se está planteado, aún sin garantías, en la COP27 en Sharm el Sheij (Egipto).
  • La reducción de las desigualdades entre y dentro de las sociedades (que se han incrementado sobremanera en los últimos 40 años con el neoliberalismo). Y de la pobreza, aún más importante, que tras caer, ha vuelto a subir.
  • El impulso a la mujer y sus derechos, y a las distintas identidades de géneros. Véase el impacto, positivo para los demócratas en las últimas votaciones, que ha tenido en el voto en EE. UU. la sentencia el aborto del, tras los nombramientos de Trump, derechista Tribunal Supremo.
  • El esencial acceso a la innovación de todas las sociedades y la adaptación de éstas a las revoluciones tecnológicas en curso (incluida la biogenética que se puede convertir en una de las mayores fuentes de desigualdad). Aquí entra, naturalmente, la diferencia entre trabajo y empleo. Las izquierdas no tienen sobre esta revolución tecnológica un pensamiento construido.
  • La racionalización y humanización de una globalización controlada.
  • El impulso a los bienes comunes globales (entre ellos el medio ambiente, la sanidad -el progresismo global ha estado demasiado ausente durante la pandemia del COVID-19-, la conectividad, el acceso a la tecnología, al conocimiento y la educación, la mayor causa de desigualdad).
Naturalmente, con lo más difícil de diseñar y conseguir: el cómo, los medios e instrumentos. Para luego plantearlo en otras instancias internacionales.

Esto no puede ser una agenda impulsada solo desde Europa. El Viejo Continente, aunque a él quiere venir mucho inmigrante, se ve, eso Viejo, con una historia atractiva en los últimos años pero que ha generado las peores guerras internas y externas en el siglo XX. Y ahora la actual entre Rusia y Ucrania (o, si se prefiere entre Rusia y la OTAN en Ucrania). Vista desde el Sur Global se ve como un lejano asunto entre europeos, incluyendo a EE. UU. como potencia global muy presente en Europa), aunque les afecte (inflación, precios de los alimentos, la fortaleza del dólar, etc.).

Desde luego, la derecha radical tiene una agenda. Muy diferente. La conservadora se la tiene que volver a construir ante la crisis del neoliberalismo, y no basándola solo en la reducción de impuestos y servicios públicos, y la defensa de valores de género periclitados.

Pero ese progresismo global por construir debe también pensar en un orden global que no sea impuesto por Occidente desde un sentimiento de superioridad, sino que incorpore, enriqueciéndose, los intereses legítimos y culturas de valores de otras potencias en ascenso, como son China e India. Eso también debe ser parte de la nueva agenda progresista.

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