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Cristian Soto Quiroz

¿Adiós a la Constitución de Pinochet? Chile se debate entre el continuismo o el cambio

Sonia González Fuentes

6 mins - 3 de Septiembre de 2022, 08:00

Estos días se ha abierto un periodo de reflexión para los chilenos y chilenas que tienen que decidir si aprueban o rechazan el texto de la nueva Carta Magna surgido de una Convención Constitucional elegida democráticamente. Este órgano constituyente, compuesto por 155 delegados y delegadas, ha estado trabajando durante 12 meses para redactar una nueva Constitución que será sometida a ratificación este domingo.

Comparado con el proceso que dio a luz a la Constitución española de 1978, la verdad que observo la experiencia chilena con cierta envidia. En el caso de España fueron 7, frente a los 155 miembros que ha tenido la Convención chilena, los ponentes encargados de elaborar el primer anteproyecto. Todos hombres, a diferencia del carácter paritario de la chilena, inédito en la historia del constitucionalismo a nivel mundial. Y quedó fuera el nacionalismo vasco, teniendo la chilena un porcentaje de escaños reservados a los pueblos originarios tradicionalmente excluidos de estos procesos. Así pues, sin madres fundadoras, sin la participación de representantes de todas las sensibilidades políticas y con una omisión clara de las organizaciones de la sociedad civil —pues los 7 ponentes pertenecían a partidos con representación parlamentaria a diferencia de la chilena, conformada con una mayoría de independientes—, la población española aprobó un texto constitucional que se estudia como referente y fruto del consenso. A favor de Chile, además, se debe añadir que, ante el estallido social de octubre de 2019, este país encontró una vía institucional para vehicular ese malestar social y decidió, a través de un plebiscito y por una amplia mayoría, elaborar una nueva Constitución. En España, como algún académico ha señalado hablando de la transición política, el aperturismo reformista posibilitó las conquistas rupturistas.

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No sólo me genera envidia el proceso, también los contenidos, más allá de que el articulado tenga vacíos e imprecisiones y se pueda perfeccionar, mejorar o reformar en algunos temas. Me gustaría destacar una cuestión que ha sido central y transversal marcando un hito en el constitucionalismo del siglo XXI. Me refiero a la perspectiva de género. Aparte de una Convención Constitucional paritaria, se trata de un texto constitucional feminista. De los 388 artículos, 30 hacen referencia a cuestiones de género que pretenden reducir las inequidades entre hombres y mujeres, con acciones específicas orientadas a mujeres y reconociendo nuevos derechos como a una vida libre de violencias machistas, a recibir una educación sexual integral, a garantizar los derechos sexuales y reproductivos o a cuidar y ser cuidadas, etc. Como he leído estos días en algunas entrevistas y artículos de opinión, mientras que en la Constitución vigente de 1980 sólo aparece mencionada la palabra mujer una sola vez, concretamente en el artículo 19 que postula la igualdad formal entre hombres y mujeres, en la propuesta constitucional que se votará el domingo las mujeres chilenas aparecen mencionadas 59 veces. Se avanza, por tanto, desde la igualdad formal hacia una igualdad sustantiva que sí tiene en cuenta el plus de desventaja que las mujeres tienen en la realidad. Y esto me parece una conquista histórica porque no somos ni un grupo ni un colectivo, las mujeres somos la mitad del mundo. 


Me fui a la Constitución española y las mujeres prácticamente no existimos. Aparecemos dos veces, una para declarar que "el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica”, y otra para indicar que se prefiere el varón a la mujer en la sucesión al trono de la Corona española. Habrá quien piense, claro, eran otros tiempos, pero no es cierto. Ya en su momento la Plataforma de Organizaciones Feministas de Madrid denunció que “tampoco está claro que sea la Constitución de todos los españoles. Pero lo que sí está claro es que no es la Constitución de las españolas”. Cristina Alberdi, abogada feminista, insinuaba de manera sarcástica entonces que Olimpia de Gouges fue condenada a la guillotina al pretender implantar la Declaración Universal de los Derechos de la Mujer. El debate en algunas de estas cuestiones que sí aborda la chilena, en España continúa en el mismo punto que hace 44 años. Y no sólo las mujeres están presentes en la propuesta de texto constitucional que se votará el domingo, también se menciona a colectivos que se encuentran en situación de vulnerabilidad: a las niñas, niños y adolescentes, a los pueblos originarios, a las personas mayores, migrantes, con discapacidad, privadas de libertad, etc. 



He leído interpretaciones progresistas, más liberales, incluso conservadoras del nuevo texto constitucional en función de la sensibilidad política de quien las hacía. Que haya diferentes interpretaciones está dentro de la normalidad. Estos 12 meses de trabajo de la Convención Constitucional han ido acompañado paralelamente de un proceso de deliberación pública intenso. He viajado a Chile en varias ocasiones y he encontrado un país vibrante, con una ciudadanía empoderada. De nuevo envidia sana. Han sido cientos los debates que se han organizado promovidos por las universidades, por organizaciones sociales, por organismos internacionales. Desde la cooperación europea, y lo conozco de manera más cercana, se impulsó el Foro Chile-UE que ha contado con varias iniciativas y con la participación de más de 100 experto/as de primer nivel de uno y otro lado del Atlántico, protagonizando debates robustos, valientes para un país que quiere dar respuestas a viejos y nuevos problemas en un momento en el que se está dando un cambio de época.

El mundo ha seguido con mucha atención este innovador proceso y leer estos últimos días a intelectuales progresistas que señalan que “el proyecto de nueva Constitución es malito” me parece tremendamente injusto. Creo que no se puede olvidar que este proceso impulsó la esperanza y que se estuvo de acuerdo en definir un proyecto de vida en común que se llama Chile, al que nadie tiene derecho de apropiación exclusiva, menos aún para disfrazar intereses inmediatos y partidistas. Ningún resultado habría sido del agrado de todos y todas, sin embargo, entendía que la aprobación del nuevo texto constitucional no era la meta, sino la salida y que desde ahí se empezaba a construir. Por eso espero que el próximo 4 de septiembre, “mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre [y la mujer] libre para construir una sociedad mejor».


 
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