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Alexander Hermochenko

A propósito de Habermas, sobre la guerra en Ucrania

Vicente Palacio

5 mins - 9 de Mayo de 2022, 12:12

El artículo de Habermas sobre la guerra de Ucrania y el destino de Europa nos sorprende con un denso ejercicio intelectual. Es un relato lleno de matices, sin soluciones fáciles y muchos dilemas. Puede leerse como un intento desesperado de evitar una quiebra total de la racionalidad discursiva en un mundo que está emergiendo con nuevas reglas. 

Creo que debemos saludar uno de sus aspectos más controvertidos: sus referencias al realismo político y al tantas veces demonizado Henry Kissinger. La alusión no tiene nada de casual, y resulta absolutamente oportuna en relación al momento que vivimos respecto a Ucrania. 

La guerra, como sabía bien Kissinger, es el momento crítico de la relaciones internacionales. Ahí se juega todo y la política entra en catarsis, pasando a ser algo emocional, un fenómeno puramente de masas; y todos contribuyen a ello. 

Kissinger fue un genio de las relaciones internacionales. Seguramente contribuyó a evitar una conflagración con China y a una mejor comprensión del que hoy llamamos mundo multipolar. El hombre de Estado fue también un cínico y un político abominable precursor de coup d’Etat (en Chile, por ejemplo) y un pésimo ejemplo de los dobles estándares de nuestras democracias liberales durante la Guerra Fría. 

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Pero Kissinger sabía bien que el realismo no es en sí ni moral ni inmoral: depende de lo que hagas con ello. Máquiavelo también lo sabía; por eso es el comienzo de la Ciencia Política moderna: lo Stato


Así que, como parece inferirse de la reflexión de Habermas, no estaría mal que los europeos tuviéramos un Kissinger II capaz de jugar bien tácticamente, con una visión estratégica respecto a Rusia y China, y orientado a avanzar a una Ucrania democrática. Y que nos evitara caer en una nueva guerra fría por nuestro ardor belicista. Eso implicaría ganancias, pero también renuncias. Por desgracia, el nivel de gran parte de nuestros líderes europeos actuales es bastante inferior al de Kissinger

En un pasaje, Kant expresa de manera impresionante la dificultad de conciliar acción moral y realismo. Viene a decir que donde no hay posibilidad material de transformación, no existe obligación moral. Habermas (92 años, 1929) parte de Kant en ese aspecto fundamental. Hay también un fondo muy de Max Weber en su reflexión: para Europa, se trata del difícil equilibrio entre una ética de la convicción (una Ucrania democrática en Europa, la ayuda militar) y una ética de la responsabilidad que atiende a las consecuencias (el riesgo de las sanciones para las economías europeas, la prolongación del sufrimiento y más víctimas, o un nuevo derrumbamiento de Rusia). De fondo está una reflexión honesta sobre cómo abrir caminos para un nuevo estado de cosas. 

En su larga vida, Habermas ha visto de todo. Pero su marco teórico estaba más bien pensado para un tiempo de normalización democrática en Alemania y Europa (la post-Segunda Guerra Mundial) más que para un mundo que explosiona como el de ahora mismo. Estamos ante una ruptura que va más allá, o más acá, de lo típicamente político e incluso de lo identitario: una falla ontológica germana y europea. 



El paisaje de ideas y de líneas divisorias hoy en día en Alemania y en Europa es muy diferente al de los últimos 70 años. Eso explica en gran medida la sensación de cierta desazón que desprende la reflexión del filósofo. De pronto, parecen haber quedado muy atrás las transacciones, arduas y lentas, entre socialdemócratas y democristianos. Incluso los temores ante el crecimiento de la ultraderecha, aunque vivos, parecen quedar en un segundo plano. 

De hecho la ruptura político-epistemológica dentro de Alemania podría ser mayor de lo que creemos. Organizaciones sociales y formaciones de gobierno verdes-liberales-socialdemócratas estarían compitiendo por la hegemonía ideológica y cultural. Mientras tanto, desde fuera muchos tienen a Alemania en el punto de mira; intentando sacar provecho o tajada de la confusión, con diversos propósitos.

En relación a Ucrania, el ciudadano Jürgen no puede hacer mucho más que dar cuenta de los límites de una racionalidad comunicativa que se estrella contra varias paradojas. La acción práctica guiada por principios morales (los que Europa desearía aplicar en Ucrania) se topa hoy con una poderosa y compleja red geopolítica de intereses; con un poderoso entramado digital resistente a la crítica; con fuertes bloqueos comunicativos e informativos (manipulación y censura por ambos bandos) que dificultan encontrar el camino a una negociación y un resultado óptimo. 

Deja una sensación de algo denso e indescifrable, pero que puede servirnos como reflexión para evitar tanto el cinismo como la ingenuidad. Puede servir para que Europa despierte y encuentre su propio camino, sin subordinarse necesariamente a los intereses de EE.UU., ni a los de sus propias fuerzas internas más reactivas.  

Y eso sería bueno tanto para Ucrania como para Europa.
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