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Guillermo Gutiérrez Carrascal (Sopa Images/Lightrocket vía Gett)

Metaverso y el futuro del trabajo

José Varela Ferrio

6 mins - 1 de Abril de 2022, 12:20

Es la palabra de moda, sin duda la más mediática y comentada del momento: Metaverso. Día sí y día también, empresas de todo tipo y pelaje anuncian su aterrizaje en esta distopía –supuestamente– hecha realidad. Del mundo de la moda al inmobiliario, pasando por el retail o el automovilístico, todos anuncian su intención de buscar su sitio virtual en esta realidad paralela. Para la crítica queda el contexto de su presentación –una empresa sometida a una fortísima presión bursátil, regulatoria y ética, entre acusaciones de monopolio, sangría de usuarios y displicencia ante los discursos de odio–, su falta de originalidad –Second Life, su sosias informático, data de hace dos décadas–, las sospechas de burbuja especulativa –se cifran en cientos de millones las operaciones inmobiliarias gestionadas– y su demostrable insustancialidad –sí, todo el mundo habla de ello, pero la audiencia mundial del Metaverso, hoy por hoy, es menor a la población de Albacete–.

Como casi siempre en estos casos, la innovación conlleva unas implicaciones laborales nada despreciables. De hecho, en su keynote de presentación, el concepto trabajar en el Metaverso se da por hecho en varias ocasiones, sin que nadie le aplique un espíritu crítico.

La primera implicación que conllevaría trabajar en el Metaverso es la referente al ámbito geográfico. Un mundo virtual como el que se propone no entiende de fronteras nacionales y, por tanto, pondría en un brete un concepto tan básico y fundamental como la norma laboral que sería de aplicación al 'metatrabajador'. Si a lo largo de nuestra historia hemos asistido a encarnizados conflictos sobre qué condiciones laborales asisten a los trabajadores transfronterizos, imagínense lo que pasaría si el trabajo se desarrollase en un lugar intangible.

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Otro término que se vería alterado es el ámbito personal, inaplicable tal y como lo entendemos ahora si quien trabaja no somos nosotros, o al menos no sería nuestra imagen, sino un holograma o avatar. Habrá quien opine que es una oportunidad para desterrar las discriminaciones estereotípicas por género, condición física o vestimenta, pero obviamos que la solución no puede pasar por sumergirnos en una ficción embustera, en donde ni estamos seguros de con quién interactuamos.


La organización del trabajo es otro aspecto ineludible: un entorno tan sumamente informatizado invita sin remisión a la asignación algorítmica de tareas y a la vigilancia milimétrica y continuada de la actividad laboral. Los espacios reservados a la intimidad y a la autonomía personal quedarían sometidos a la productividad controlada informáticamente.    

El espacio de trabajo, en teoría etéreo, inevitablemente pasaría a realizarse desde nuestras casas en su totalidad. Trabajaríamos embutidos en cascos de realidad virtual o gafas de realidad aumentada, muñequeras o mancuernas con detección de movimiento, lápices que plasman nuestra escritura y toda una panoplia electrónica que serían la envidia de Woody Allen en El Dormilón.

Traslademos esta escena de persona trabajadora en su casa, enfundado en un traje digital, a la realidad laboral de 2022. Una gran mayoría de las empresas españolas rechazan, de plano, cualquier cosa que suene a teletrabajo, habitualmente por los costes asociados que conlleva. ¿Aceptarían estas mismas empresas sufragar los miles de euros que costaría la infraestructura para trabajar en el Metaverso (ordenador de alta potencia, una conexión a Internet de baja latencia y altísima velocidad, además de todos los elementos necesarios hacer posible esa realidad virtual y aumentada)? 



Otro aspecto fundamental es el relacionado con la salud y la prevención de accidentes y riesgos. En realidad, ponerse un casco virtual es erigir una barrera entre los límites físicos de nuestra vivienda con la realidad virtual a la que se accede. Surgen así dudas que deberíamos despejar antes de lanzarnos a trabajar en el metaverso: ¿dispone todo el mundo de suficiente espacio en su vivienda para poder moverse en esa oficina en la nube? En caso de que esta ceguera física, provocada por llevar el casco virtual, suponga un golpe real con una pared o un mueble, ¿quién se haría cargo de las reparaciones en nuestro hogar?; ¿se consideraría accidente laboral?

Y qué decir de los riesgos psico-sociales que, indudablemente, surgirán por trabajar en el Metaverso. Si aún no hemos sido capaces de articular un derecho a la desconexión efectivo, por el mero hecho de llevar nuestra oficina en nuestro móvil, ¿cómo vamos a ejercer tal derecho en un entorno laboral inmersivo y separado de nuestra materialidad? ¿Qué consecuencias para nuestra salud mental tendría trabajar toda nuestra jornada laboral a través de un yo remoto e incorpóreo, que ya no dispone de elementos de socialización laboral o que destierra cualquier vestigio de compañerismo?

La propuesta de trabajar en el Metaverso encierra peligros evidentes: deslocalización de la actividad, despersonalización del trabajador, 'taylorismo digital', vigilancia algorítmica, ultra-conectividad aneja a severos riesgos psico-sociales y, lo peor de todo, una intencional huida del modelo de relación asalariado, para convertirla en una relación mercantil (trabajador autónomo) ¿Les suena? Sí, es exactamente la misma propuesta que plantearon –y algunas aún osan plantear– las plataformas digitales de reparto.

Cuando se desvía la innovación de su objetivo primordial, el bienestar humano, siempre se acaban minando los derechos de las personas trabajadoras. A veces olvidamos que el movimiento ludita, el Manifiesto Comunista o la huelga de La Canadiense no son más que respuestas sociales a un proceso tecnológico que denostaba el componente humano, hasta alcanzar un punto de conflicto que nadie quiere, que nadie desea, que a nadie interesa.

Nos tocará otra vez a los sindicatos contener y reconducir la tentación innata que exhiben aquellos –pocos, pero poderosos– para usar la innovación en su exclusivo beneficio. Y lo haremos como lo hemos hecho durante cientos de años de historia: sin caer en la tentación de posicionarnos como refractarios a cualquier avance tecnológico; advirtiendo, señalando y denunciando los peligros que conlleva tal progreso; oponiéndonos racionalmente y, si es preciso, judicialmente a cualquier intento de mermar nuestros derechos como personas y trabajadores; y, finalmente, logrando que los beneficios de nuevas tecnologías aporten prosperidad para todos, sin dejar a nadie atrás.
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