El 30 de septiembre, Rusia trasladó a la Alianza Atlántica una advertencia difícil de ignorar. En una carta remitida a Bruselas, Moscú subrayó que cualquier intento de aislar Kaliningrado, el exclave ruso en el mar Báltico, podría llevarla a utilizar "
todo el arsenal de fuerzas y capacidades a su disposición, incluidas las armas nucleares". El escrito acusaba a la OTAN de seguir una línea "peligrosa e imprudente" y
advertía del riesgo de un conflicto armado directo, llegando a contemplar ataques contra los centros de decisión aliados desde las primeras fases de una escalada. Al día siguiente, el presidente ruso Vladímir Putin hizo público el mismo mensaje en el Foro de Valdái:
si Kaliningrado u otro territorio ruso sufría un ataque directo, la cuestión de recurrir a todas las armas disponibles pasaría "
inevitable e inmediatamente" a la agenda.
La secuencia es la habitual: advertencia privada, señal pública y una narrativa recurrente.
Este aviso encaja con una tendencia iniciada años atrás y que adquirió mayor nitidez con la
revisión de la doctrina nuclear rusa de 2024. La novedad no reside simplemente en ampliar los supuestos en los que podría contemplarse el empleo del arma atómica. También consiste en
hacer mucho más presente el riesgo nuclear en cualquier cálculo occidental sobre una eventual escalada. En este caso, es necesario convencer al adversario de que Rusia desea librar una guerra nuclear. Solo hace falta recordarle que
determinadas decisiones pueden activar una secuencia de medidas y contramedidas cuyo desenlace resulte difícil de controlar. Es la vieja lógica de
Schelling: presionar al adversario elevando el riesgo, pero sin llegar necesariamente al enfrentamiento directo. Aplicada a Ucrania, significa moverse constantemente cerca de ciertos límites,
en una guerra que va camino de cumplir cinco años, obligando a todas las partes a calcular qué pueden hacer,
hasta dónde pueden llegar y qué respuesta puede provocar cada paso.
"Es la vieja lógica de Schelling: presionar al adversario elevando el riesgo, pero sin llegar necesariamente al enfrentamiento directo"
Lo interesante es que, mientras Moscú recuerda de forma cada vez más explícita hasta dónde puede llegar la escalada, también está aumentando la presión en el extremo inferior. Desde 2022,
las acciones de zona gris en Europa se han intensificado y diversificado: sabotajes, ciberataques, incendios, interferencias, incursiones aéreas y operaciones encubiertas cuya atribución, intencionalidad y gravedad varían enormemente de un caso a otro. Ni todas responden necesariamente a una misma lógica ni
puede atribuirse automáticamente a Rusia cualquier incidente ocurrido en territorio europeo. Sin embargo, dada su frecuencia y
teniendo en cuenta los objetivos elegidos y la creciente utilización de medios capaces de producir daños físicos, este es un problema estratégico difícil de encorsetar como
episodios aislados. En conjunto,
permiten probar las respuestas aliadas e introducir incertidumbre en el cálculo occidental.
El intento de ataque contra el aeropuerto de Leipzig es, probablemente, el caso reciente que mejor ilustra esta dinámica. En agosto apareció allí un
dron cargado con explosivos. Este aeropuerto es uno de los grandes nodos logísticos europeos y también desempeña un papel relevante en el movimiento de material militar. Tras varias semanas de investigación,
Berlín atribuyó la operación a Rusia, que negó cualquier responsabilidad. Más allá del episodio concreto, el caso muestra cómo
una acción limitada y ambigua, muy por debajo de una agresión militar convencional, puede dirigirse contra infraestructuras esenciales para sostener a Ucrania.
Algo parecido sucede bajo el mar. Durante la primavera, fuerzas británicas, noruegas y estadounidenses detectaron cerca de Svalbard una
operación de la unidad rusa especializada en operaciones submarinas de gran profundidad, relacionada con capacidades para actuar contra cables submarinos.
La operación fue interceptada antes de que se produjera ningún sabotaje, pero resulta significativa porque muestra el interés ruso por disponer de
medios capaces de afectar infraestructuras críticas sin desencadenar una confrontación abierta.
Vistos por separado, estos episodios pueden tratarse como problemas técnicos, policiales o de inteligencia. Pero, ¿qué pasa cuando se acumulan?
La zona gris se agranda y pasa de ser un simple catálogo de instrumentos a funcionar como un
régimen de escalada: fragmenta la coerción y mantiene cada acción por debajo del nivel que facilitaría una respuesta contundente, mientras el conjunto modifica progresivamente la situación.
"Estos episodios pueden tratarse como problemas técnicos, policiales o de inteligencia. Pero, ¿qué pasa cuando se acumulan?"
Esta lógica ofrece, además, otra ventaja. Para responder, hay que detectar el incidente, investigarlo,
atribuirlo y decidir después quién responde, cómo y con qué intensidad. Todo ello lleva tiempo y,
cuando llega la respuesta política, la operación suele haber terminado. Entretanto,
cada acción puede haber revelado información sobre sensores, tiempos de reacción, protocolos o tolerancias. Así se pone a prueba al adversario y se aprende de su respuesta sin ofrecerle un blanco claro que justifique una escalada.
También está cambiando la geografía de esta competición.
La retaguardia europea forma ya parte del esfuerzo que permite sostener la guerra en Ucrania: aquí se produce armamento, se adiestra personal, se almacenan municiones y se mueven buena parte de los recursos que llegan al frente. Aeropuertos, puertos, ferrocarriles, fábricas, redes eléctricas,
cables submarinos y nodos de comunicación
adquieren así un creciente valor estratégico y, con él, una mayor exposición a la presión rusa.
Por eso
la escalada en la zona gris no tiene por qué desembocar en un ataque convencional contra un aliado.
Existe un amplio espacio intermedio. Una campaña de drones contra infraestructuras críticas, combinada con interferencias electrónicas, ciberoperaciones o sabotajes, podría servir para presionar a los gobiernos europeos,
dificultar la continuidad de su apoyo a Ucrania y generar costes internos, todo ello sin recurrir a una agresión militar abierta contra territorio aliado.
No hay evidencia pública de que Moscú haya decidido dar ese paso, pero sí de una dinámica que apunta en esa dirección: trasladar progresivamente la presión desde el frente ucraniano hacia los medios europeos que permiten sostenerlo.
Aquí aparece la relación con la coerción nuclear.
No es necesario suponer que exista un plan maestro que coordine cada sabotaje, cada vuelo de dron y cada amenaza atómica. Las cadenas de mando y los actores pueden ser distintos, pero
lo relevante es el efecto conjunto. En la parte alta del espectro, Moscú procura dejar claro hasta dónde puede llegar la escalada. En la baja, en cambio, explota la ambigüedad sobre autoría, intención y proporcionalidad de la respuesta. Entre ambos extremos queda la decisión política occidental.
"En la parte alta del espectro, Moscú procura dejar claro hasta dónde puede llegar la escalada. En la baja, en cambio, explota la ambigüedad sobre autoría, intención y proporcionalidad de la respuesta"
La señalización nuclear introduce prudencia en cualquier decisión de escalar, mientras la zona gris explota la incertidumbre sobre cuándo resulta necesario responder con mayor contundencia. La primera introduce prudencia; la segunda la explota.
Eso no significa que la amenaza nuclear conceda a Rusia un veto. Desde 2022,
Occidente ha cruzado repetidamente límites que Moscú había presentado como potencialmente escalatorios, desde el suministro de sistemas cada vez más avanzados hasta la incorporación de Finlandia y Suecia a la OTAN. La coerción nuclear ha condicionado los ritmos y los debates, pero no ha determinado las decisiones occidentales.
La reacción aliada a la última advertencia nuclear refleja ese equilibrio. La OTAN
rechazó las amenazas rusas, recordó su carácter defensivo y mantuvo que
no existe una amenaza convencional inminente contra territorio aliado. Al mismo tiempo,
está reforzando la defensa frente a drones, sabotajes y amenazas contra infraestructuras críticas. La cuestión no es ignorar el riesgo nuclear, sino evitar que su mera invocación condicione
la respuesta occidental.
El problema europeo tampoco consiste en decidir si cada dron, incendio o sabotaje constituye un
casus belli. La cuestión es reconocer cuándo una
sucesión de acciones limitadas deja de ser una suma de incidentes y empieza a modificar la naturaleza de la confrontación. Para ello es necesario
identificar patrones, acelerar la atribución y disponer de respuestas graduadas que permitan imponer costes sin tener que elegir entre la inacción y una escalada desproporcionada. Ahí reside una de las paradojas de la
gestión de la escalada: cuanto más se explota la zona gris para competir por debajo de la guerra abierta,
mayor es el riesgo de erosionar los propios umbrales que deberían contener la confrontación.
"La cuestión es reconocer cuándo una sucesión de acciones limitadas deja de ser una suma de incidentes y empieza a modificar la naturaleza de la confrontación"
La sombra nuclear y la zona gris no son, por tanto, problemas separados. La primera eleva el coste percibido de escalar; la segunda dificulta determinar cuándo hacerlo.
Juntas amplían el espacio en el que Moscú puede probar límites e imponer costes sin provocar necesariamente una respuesta militar abierta. El reto aliado consiste en
impedir que la prudencia —imprescindible frente a una potencia nuclear— acabe convirtiéndose en parálisis. Porque la ventaja para Rusia no está necesariamente en borrar los umbrales, sino en conseguir que resulte cada vez más difícil saber cuándo los hemos cruzado.