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Democracia, violencia, olvido y trauma

Ana I. López Ortega

14 de Mayo de 2024, 07:00

Lamentablemente, el ataque a Matthias Ecke, uno de los candidatos del partido socialdemócrata alemán a las elecciones europeas de junio, con ser uno de los más graves, no es excepcional: se inscribe en un nuevo marco cognitivo que acepta la violencia como un instrumento político legítimo. Ese nuevo marco que alienta todas las variantes de la coacción, física y no física, es idiosincrático de algunas formaciones de ultraderecha europea. No en balde, Sajonia, el land por el que es candidato Ecke, es un bastión de Alternativa por Alemania (AfD), un partido que nació en febrero de 2013 pero que tomó impulso en 2015 con la crisis de los refugiados. En gran parte como consecuencia de aquel clima de creciente xenofobia, AfD irrumpió en 2017 en el Bundestag con 94 diputados (12,6%), que se redujeron a 83 en las elecciones de 2021 (10,1%).

Para entender mejor el desafío que supuso para Alemania el nacimiento y la consolidación en su seno de una formación de extrema derecha, conviene recordar que la alemana es una democracia militante. Ellos la llaman wehrhafte o streitbare Demokratie: democracia capacitada para defenderse o democracia combativa. La ley suprema alemana prohíbe, por ejemplo, que proliferen grupos hostiles a la Constitución, hasta el punto de poder restringir derechos básicos o apartar de la función pública a personas que formen parte de ellos. Punto culminante en su esfuerzo por blindar para siempre los principios democráticos y sociales del nuevo estado, el texto aprobado en 1949 establecía en su artículo 79.3 una «cláusula de eternidad» (ewigkeitsklausel) que, para evitar cualquier avance del totalitarismo, impedía la modificación de sus principios fundamentales, entre los que se incluyen desde la «sagrada» dignidad del ser humano hasta un cierto derecho a oponer resistencia, «cuando no exista otro remedio, contra quienquiera que se proponga eliminar el orden constitucional» (art. 20.4). Los límites de ese derecho de resistencia son tan difusos como el campo semántico de la palabra widerstand, que transita desde la idea de resistencia pasiva a la del forcejeo activo.

Conviene tener todo eso en cuenta para entender mejor que el gobierno alemán presentó en febrero un nuevo paquete de trece medidas para «combatir» a su extrema derecha (Rechtsextremismus entschlossen bekämpfen. Instrumente der wehrhaften Demokratie nutzen). «Se trata de defender nuestra sociedad abierta contra sus enemigos», dijo la Ministra Federal de Interior en la presentación del Plan de acción. «El núcleo de nuestra estrategia sigue siendo: prevención y dureza (prävention und härte). Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para evitar que esta ideología inhumana siga corroyendo nuestra sociedad». Lo más novedoso es el enfoque holístico de las medidas, un enfoque que permite no solo bloquear sus fuentes financieras sino también combatir el odio y la desinformación que circulan libremente por internet y hasta utilizar el deporte para contrarrestar la misantropía y la xenofobia social, instituyendo el premio para clubes deportivos «Deporte con Actitud» (Sport mit Haltung).

Es evidente que en la redacción de la llamada Ley Fundamental de Bonn de 1949 influyó y mucho el trauma del reciente pasado nacionalsocialista del último Reich. Explica su carácter combativo, firme y activo contra cualquier conato de reversión democrática. También la Constitución española de 1978 nació de otro trauma, el de la Guerra Civil. Sin embargo, el nuestro dista mucho de ser un texto militante, seguramente porque la superación de nuestro trauma guerracivilista se materializó, cuarenta años después, a través de lo que Jorge Semprún llamó «amnistía y amnesia», dos palabras que, no por casualidad, vuelven a estar en nuestro orden del día político: ya Freud, hablando precisamente de trauma y recuerdo, llamó la atención sobre el eterno retorno de lo reprimido. El consenso fue el motto y el motor de nuestra Transición. Y para conseguir ese consenso entre fuerzas que habían sido irreconciliables hasta ese momento hizo falta no solo el olvido sino también una redacción del texto constitucional lo suficientemente confusa y ambivalente como para permitir que todos pudieran interpretarlo a su favor. Por eso no incluye medidas preventivas, ni mucho menos duras, para prevenir ni combatir un retorno de la tentación autoritaria.

Eso explica por qué en España es y será tan difícil implementar ese enfoque holístico con el que el gobierno federal alemán pretende hacer frente a su rechtsextremismus. Aquella voluntaria amnesia que caracterizó y permitió nuestro pacto democrático ha acabado desembocando en un repunte memorístico que ha vuelto a dividir a la sociedad española, sencillamente porque no hay un consenso social sobre nuestro pasado. Y también porque, muy en sintonía con l’esprit dels temps, la autoridad académica de los historiadores se ha puesto en entredicho por diversos francotiradores revisionistas que han hecho de nuestra historia un frente más en su guerra cultural. En España, «inconstitucional» se ha convertido en lo que los alemanes llaman un kampfbegriff o concepto en disputa. Aquí, sencillamente, anticonstitucional es el otro: los independentistas, para Vox y para cierta corriente libre e igual del PP. O las leyes que promulga el adversario en el poder. Tampoco existen suficientes puntos comunes para combatir la violencia política en nuestro país porque para empezar tampoco existe consenso a la hora de decidir qué es y quién ejerce dicha violencia, ni siquiera en su versión más preclara, la del terrorismo, delito que algunos jueces y fiscales pretenden imputar al expresidente de la Generalitat de Catalunya. 

Existe, pues, una estrecha relación entre democracia, trauma y violencia: muchas de las actuales democracias europeas nacieron con la intención de cauterizar traumatismos violentos. La diferencia está en los matices: por ejemplo, entre una democracia que no quiso olvidar ni quiere que se olvide —la alemana— y otra, la nuestra, que hizo del olvido una virtud. Esas sutiles diferencias, sin embargo, explican lo poco y mal pertrechados que estamos para hacer frente a un fenómeno sociopolítico en peligroso auge: el retorno de la tentación totalitaria y de la violencia que siempre lleva aparejada. El retorno de lo reprimido.  
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