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IMANE RACHIDI (EFE)

Las razones detrás del liderazgo internacional de Sudáfrica

Juan Acevedo

8 mins - 5 de Marzo de 2024, 07:00

El 29 de diciembre de 2023, Sudáfrica presentó una demanda ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) acusando a Israel de genocidio. La capacidad económica y de defensa del país africano son relativamente menores a la de las potencias occidentales, los otros miembros de los BRICS y son apenas comparables a las de países como Malasia o Filipinas. Sin embargo, la acción de la CIJ es sólo el último ejemplo de la habilidad de los sudafricanos para actuar como una superpotencia normativa, superando incluso a países industrializados en su capacidad de influir el discurso moral global.

Hablar del rol de Sudáfrica como potencia normativa contradice muchos comentarios recientes sobre las relaciones internacionales del país. En los últimos años, algunos académicos y observadores han argumentado que Sudáfrica ha perdido su estatura moral. Ciertamente, el gobierno sudafricano no está cumpliendo con sus compromisos con sus ciudadanos; el país sufre un crecimiento muy modesto y las tasas de desigualdad, desempleo y pobreza son extraordinariamente altas—y van en aumento. Además, en los últimos años, Sudáfrica ha lidiado con casos sistemáticos de xenofobia y deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados. 

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El liderazgo político del actual partido de gobierno, el Congreso Nacional Africano (CNA) socavado enormemente la reputación del país. El CNA ha estado envuelto en abusos políticos y corrupción generalizados y relaciones complacientes con regímenes autocráticos y sin ley en el extranjero. Sin embargo, el legado del liderazgo moral global de Mandela continúa y Sudáfrica continúa desempeñado un papel determinante en la construcción de normas internacionales. 

Durante el apartheid, el mundo se unió para condenar al régimen. El país se convirtió en un paria y su membresía en las Naciones Unidas fue suspendida. Sin embargo, tras la caída del apartheid, los sudafricanos redefinieron radicalmente su papel en la política internacional. La prominencia del movimiento internacional contra el apartheid dio al Estado la oportunidad de aprovechar una ola de buena voluntad. En su famoso discurso “Soy africano”, el entonces vicepresidente Thabo Mbeki abordó las complejidades de la identidad sudafricana, afirmó su lugar especial en la lucha global contra el racismo y el colonialismo, y señaló su misión histórica de llevar lo que pronto llamaría un “renacimiento africano” para el mundo. 

A pesar de sus limitaciones posteriores, ésta fue una visión entusiasta para una superpotencia normativa en ascenso. Al poner en práctica esta visión, el país logró posicionarse como una potencia regional y un actor líder en temas de importancia global. En su Libro Blanco sobre el Mantenimiento de la Paz de 1999 el entonces ministerio de exteriores expresa claramente la visión internacional de Sudáfrica:

Las expectativas nacionales e internacionales han aumentado constantemente con respecto a un nuevo papel de Sudáfrica como miembro responsable y respetado de la comunidad internacional. Estas expectativas han incluido la esperanza de que Sudáfrica desempeñe un papel de liderazgo en una variedad de foros internacionales, regionales y subregionales, y que el país se convierta en un participante activo en los intentos de resolver diversos conflictos regionales e internacionales.
A inicios de la era post-apartheid, el país rápidamente se puso al día con su compromiso hacia las organizaciones internacionales convirtiéndose en miembro de varias agencias y grupos de las Naciones Unidas, como la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), el Movimiento de Países No Alineados (NOAL) y el G77. Haciendo honor al apoyo que recibió del NOAL y de la ONU durante el apartheid, el CNA abrazó el multilateralismo y se comprometió a reformar el orden occidental basado en reglas desde su interior. Pero incluso en estos años felices, el gobierno sudafricano reveló una racha disonante, negándose a condenar las violaciones de derechos humanos en Nigeria en 1995 y utilizando la fuerza militar para sofocar un golpe de estado en Lesotho en 1998 sin la aprobación previa de la ONU. 

Sin embargo, en conjunto, el gobierno sudafricano cultivó una imagen de neutralidad y liderazgo internacional. La memorablemente apodada “nación arcoíris” aprovechó conscientemente su peculiar fusión demográfica, política y económica de Este y Oeste, Norte y Sur, para construir un puente entre los mundos desarrollados y en desarrollo. Estos extraordinarios dones, a menudo movilizados con prudencia, no han estado a disposición inmediata de otras potencias emergentes. Aquellos que podrían haber superado a Sudáfrica en su apuesta por la hegemonía moral—incluidos China, India, Indonesia, Brasil, Argentina, Egipto y Rusia—carecían de la fluidez con la que Sudáfrica cuenta para actuar como interlocutor entre diversas perspectivas y tradiciones globales. Otros de estos posibles contendientes descendieron al estatus de “países canallas”, y otros estaban demasiado centrados en cuestiones domésticas y regionales, careciendo del sentido de propósito moral global de Sudáfrica.



Una explicación posible para la participación activa de Sudáfrica en la formulación de normas internacionales es la necesidad del país de alcanzar un “equilibrio blando” o soft balance con las potencias y poderes hegemónicos regionales. Este es el caso de los BRICS, donde Sudáfrica es el eslabón más débil. A pesar de esta brecha de poder, Sudáfrica es mucho más activa en las organizaciones regionales y en la ONU que sus pares y ha tenido más éxito, movilizando sus recursos diplomáticos para fomentar diversas redes internacionales y remodelar las reglas del juego a su favor. 

La temprana incorporación del Sudáfrica al grupo de los BRICS es un indicador de su capacidad de liderazgo. El país se ha convertido en un importante mediador de conflictos en toda África, ayudando a mejorar las disputas violentas en Angola, Burundi, la República Democrática del Congo, las Comoras, Etiopía, Costa de Marfil, Kenia, Madagascar y Mozambique. En 1995, también desempeñó un papel importante a la hora de persuadir algunos países reacios a firmar la prórroga del Tratado sobre la No Proliferación (TNP). Durante su primer mandato como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU en 2007-2008, los diplomáticos sudafricanos lograron aprobar una resolución para fortalecer el papel de la Unión Africana en la resolución de conflictos regionales. En este proceso, Sudáfrica ha logrado posicionarse como un vínculo vital entre África y el mundo. 

Los éxitos de Sudáfrica también se pueden medir con datos. En los años comprendidos entre 1994 y 2023, el país acumuló consistentemente más coautorías y patrocinios de resoluciones de la Asamblea General de la ONU que países más poderosos. En general, grandes potencias como China, Rusia, Gran Bretaña, Alemania, Japón y Estados Unidos no han alcanzado ni la mitad de las cifras de Sudáfrica. 
 
Source: Datos generados con información de Biblioteca Digital de la ONU

Este relativo éxito pone en perspectiva la demanda ante la CIJ puesta por Sudáfrica. Sin duda, la gravitación del país hacia los países BRICS lo expone a varias críticas. A Sudáfrica le resultará cada vez más difícil mantener su posición moral en un mundo cada vez más complejizado y polarizado. Recientemente, ya ha sido duramente criticado por abstenerse de votar para condenar la invasión rusa de Ucrania y la limpieza étnica de los musulmanes Rohinyá en Myanmar. Aunque estos fracasos retratan al país como un aliado de Rusia y China, Sudáfrica aún tiene un enorme peso normativo a nivel global. El país ha sido fundamental para movilizar a la mayoría de las naciones del mundo detrás de su audaz acción de demandar a un país poderoso como Israel que cuenta con el firme respaldo de Estados Unidos. Esta acción lleva consigo un potencial considerable para impactar el curso de la política interna de Estados Unidos y remodelar su orden global basado en reglas. La época en la que los países menos poderosos tenían medios de impugnación y opciones limitados para oponerse a las acciones unilaterales de las grandes potencias han quedado atrás. 

Sudáfrica puede explotar su poder de intermediación en el Sur Global para fortalecer la cooperación con otros líderes regionales menos poderosos, como Indonesia, Colombia y Chile y promover colectivamente normas que replanteen el sistema de gobernanza global liderado por Occidente más allá de la competencia bipolar y multipolar entre grandes potencias. La estatura moral de tal coalición probablemente obtenga suficiente apoyo de otros países del Sur Global para revivir el espíritu del Movimiento NOAL y la demanda ante la CIJ puede ser sólo el comienzo de algo mucho más grande. La visión de un renacimiento africano sigue viva.
 
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