-
+
RONALD WITTEK (EFE)

¿Qué proyecto político para las elecciones europeas de 2024?

Thierry Chopin

12 mins - 22 de Enero de 2024, 07:00

Las próximas elecciones al Parlamento Europeo se celebrarán dentro de menos de seis meses en un contexto nacional, europeo e internacional muy concreto: pesimismo muy fuerte sobre la situación socioeconómica como consecuencia de la inflación y el estancamiento de la activación que han provocado la crisis energética; la radicalización del debate político en un contexto de impugnación de las reformas en Francia; ascenso y normalización de la derecha radical y extrema en muchos países miembros de la UE; riesgo de erosión del apoyo a Ucrania invadida por la Rusia de Putin y retorno de la violencia en Oriente Próximo.

En este contexto, los ciudadanos expresan un mayor interés por las próximas elecciones europeas, incluso más que en 2019, que ya registró un aumento de la participación electoral. Esto puede deberse a dos motivos. En primer lugar, los efectos de las crisis recientes: en particular, la pandemia y el impacto de las crisis geopolítica y energética. Así se desprende, por ejemplo, de los resultados del Parlemeter, que señala la lucha contra la pobreza y la exclusión social (36%) y la salud pública (34%) como las cuestiones más prioritarias. Más de un tercio de los europeos (37%) tiene dificultades para pagar sus facturas, ya sea temporalmente o la mayor parte del tiempo. En segundo lugar, una especie de "normalización" de la vida política europea: el debate europeo ya no se reduce a la división a favor o en contra de la Unión Europea. Ahora se centra más en el proyecto político, incluso para la izquierda y la derecha radicales, que trasladan sus prioridades políticas al ámbito europeo. Esto refleja los límites de una postura euroescéptica simplista en la opinión pública: el Rassemblement National, por ejemplo, ha abandonado su oposición al euro, que preocupaba a la opinión pública. Por el contrario, los partidos radicales proponen ahora una Europa a su imagen: centrada en la lucha contra la pobreza para la izquierda radical, en la lucha contra la inmigración para la derecha radical.

Esto indica la dirección que podría tomar el debate en las próximas elecciones europeas. Sin duda se centrará más en la orientación de las políticas europeas y en las carencias que han puesto de manifiesto las sucesivas crisis. Y los partidos radicales intentarán trasladar la tradicional división entre oposición y gobierno al ámbito europeo.

Además, el equilibrio político ha cambiado.

A nivel nacional, el panorama político está más fragmentado. La vida política de los Estados miembros se caracteriza ahora por una cuatripartición. Desde 2000, los partidos tradicionales (centro-izquierda y centro-derecha) han perdido escaños en los parlamentos nacionales, mientras que los partidos radicales y de extrema derecha y los liberales han ganado escaños. Agregados a nivel europeo, el centro-izquierda se ha mantenido estable desde 2017 (en torno al 20%), mientras que el centro-derecha sigue bajando (hasta el 27%), lejos de sus niveles más altos (40% y 47% respectivamente a principios de la década de 2000). La derecha radical y los liberales se sitúan en el 17% y el 18%, respectivamente. El impacto de esta dinámica a nivel nacional es que los gobiernos están más fragmentados y, por tanto, menos cohesionados. Esto hace necesario formar gobiernos de coalición o gobiernos minoritarios debilitados.

[Recibe los análisis de más actualidad en tu correo electrónico o en tu teléfono a través de nuestro canal de Telegram]

La misma dinámica puede observarse a escala europea. El equilibrio político en el Consejo Europeo se ha alejado del Partido Popular Europeo (Socialdemócratas 5, Renew 6, Partido Popular Europeo 10, Conservadores y Reformistas Europeos 2, pero representando en % de la población 33%, 24%, 16% y 23% respectivamente). No obstante, es probable que el PPE siga siendo un elemento clave en el futuro Parlamento Europeo. La cuestión que se planteará después de junio de 2024 es el posicionamiento del PPE, que podría volverse más imprevisible, lo que podría debilitar al ejecutivo comunitario. Por su parte, los socialdemócratas (S&D) y Renew han sido los más alineados hasta ahora, mientras que el PPE se inclina a la derecha (menos alineado con el S&D) cuando la gran coalición mayoritaria (PPE, S&D, Renew) no está unida, aunque gobierna el Parlamento Europeo desde 2019.

En este contexto, el mensaje político dominante en la actualidad es el transmitido por la derecha conservadora, radical y extrema en torno al tríptico de la inmigración, la oposición a las políticas climáticas y la identidad. Este mensaje se basa en el discurso de la "ciudadela sitiada" y en la explotación de los sentimientos de empobrecimiento y deterioro de las condiciones de vida. Considera la política y la economía como un juego de suma cero que excluye el reparto y la solidaridad con los que se identifican como ajenos a la comunidad nacional (en particular, los inmigrantes). Esta narrativa ya no forma parte de una estrategia de "salida" (eurofobia), aunque el discurso de Gert Wilders en los Países Bajos llame a la vigilancia. Su objetivo es llevar un discurso que atrae a nivel nacional al ámbito de la UE -como hemos visto recientemente en los Países Bajos, cuando el impulso parecía haberse frenado en España y Polonia (a pesar de que el partido Ley y Justicia salió vencedor en las elecciones legislativas del pasado octubre)- y plasmarlo en las políticas europeas. Es desde esta perspectiva desde la que podemos entender la "normalización" de la derecha radical y extrema: utilización del voto de protesta/antisistema pero posicionamiento como partido de gobierno creíble siguiendo el modelo de Giorgia Meloni en Italia.



Frente a este discurso dominante, existe un riesgo muy real de que las fuerzas políticas moderadas se limiten a reaccionar, dejando que la derecha radical y extrema impongan los términos del debate.

¿Cómo podría ser un proyecto alternativo? Un discurso alternativo podría estructurarse en torno a cuatro ejes.

El primer eje debe poner de relieve la inestabilidad del mundo en que viven los europeos y la idea de que la unión hace la fuerza frente a las amenazas. Simétricamente, Europa también muestra sus debilidades cuando no está unida (como al principio de la pandemia y al principio de la crisis energética), exponiendo a Europa a un deterioro de sus condiciones de vida y de su influencia. También es esencial afirmar la necesidad de acercar Europa a las preocupaciones cotidianas de sus ciudadanos: defender su seguridad, su salud, su poder adquisitivo, la educación de sus hijos y su estilo de vida, y contribuir a preservar los servicios locales. Naturalmente, este mensaje "macro" debe ilustrarse sistemáticamente con ejemplos del impacto de las acciones de base de la UE en la vida cotidiana de los ciudadanos (incluso al nivel más local) y anclarse en cuestiones muy concretas y en su territorio. Véase, por ejemplo, el mapa (aunque lamentablemente incompleto) de los proyectos financiados por el Plan Europeo de Recuperación. A continuación, esto puede aplicarse a la dimensión geopolítica reafirmando el argumento de la soberanía europea (como complemento de la soberanía nacional) para defender los intereses comunes de los europeos en un mundo inestable y conflictivo (el nivel de conflictos en el mundo es el más alto desde la Segunda Guerra Mundial). Por último, en este primer ámbito, es necesario desarrollar un discurso prospectivo con políticas que apoyen: la innovación y la modernización de la economía para que Europa no sea sólo un continente envejecido; la movilización europea para elevar el nivel de educación y formación, condición esencial para aumentar la productividad y, por tanto, el nivel de vida.

El segundo eje que debe situarse en el centro de este discurso es la necesidad de demostrar que responder juntos a los retos a los que nos enfrentamos significa encontrar los medios para llegar a un acuerdo a nivel europeo. Debemos tener claro que las próximas elecciones europeas determinarán las condiciones para forjar políticas a escala europea que respondan a estos retos. Es esencial definir el tipo de Europa que queremos: una Europa capaz de ejercer su soberanía en el mundo actual; capaz de promover sus intereses y valores; capaz de invertir a escala europea. Los últimos años han demostrado lo que una acción europea decidida puede lograr en términos concretos: proteger la actividad económica y el empleo durante la pandemia; movilizarse para producir vacunas; reaccionar conjuntamente ante la agresión rusa en nuestra vecindad inmediata; tomar medidas en respuesta a la crisis energética. Pero también que esta acción europea sigue siendo demasiado limitada, como lo demuestra la insuficiencia de las inversiones europeas en el pasado, lo que se traduce en un aumento de la dependencia, el envejecimiento de las infraestructuras y la incoherencia de las políticas industriales nacionales, como hemos visto en el ámbito energético. En este contexto, la alternativa es clara: o los europeos encuentran soluciones comunes a las transformaciones mundiales actuales y futuras (las políticas agresivas de Rusia; la formación de bloques en torno a China y Estados Unidos; el cambio climático; el desarrollo de la inteligencia artificial, etc.); o permanecen pasivos y esta inacción les pone en peligro, lo que es inaceptable. Por ejemplo, en el contexto de la búsqueda de una mayor autonomía estratégica y de la fragmentación del comercio internacional, es esencial reforzar las cadenas de valor europeas, incluso promoviendo la (re)implantación industrial en las regiones europeas más pobres, donde el diferencial de costes laborales con el resto del mundo es menor, pero que necesitan inversiones para ser más competitivas e integrarse mejor en el tejido productivo europeo.

En tercer lugar, en esta perspectiva general, este mensaje político debería articular tres cuestiones clave: competitividad y solidaridad (dimensión económica y social), seguridad (dimensión geopolítica) e identidad (dimensión cultural vinculada a la cuestión del modo de vida europeo). Si no avanzamos en esta dirección, nuestros ciudadanos seguirán sintiendo que el mundo exterior y sus amenazas se les imponen. Vemos aquí la importancia de la dimensión emocional, que es muy fuerte, en la medida en que está ligada a un sentimiento de miedo, empobrecimiento y pérdida de influencia en un mundo que parece incontrolado. Si no se abordan estos temores, se transformarán en un sentimiento de impotencia que cristalizará en un sentimiento de cólera, del que el auge del populismo y de los extremos es una expresión política importante y evidente. Se trata, pues, de superar este sentimiento de impotencia aportando respuestas a los temores de desvalorización individual, de desvalorización colectiva y de identidad, y demostrando que la UE contribuye, junto con los Estados miembros, a aportar soluciones cuando aporta respuestas conjuntas basadas en la solidaridad. En este sentido, debemos poner de relieve y utilizar mejor nuestra fuerza colectiva, tanto interna como externa, para responder a las expectativas de los ciudadanos con respecto a las instituciones europeas (demanda democrática de capacidad de iniciativa y de hacer lo que las grandes potencias son capaces de hacer). Si no lo hacemos, fomentaremos una gran frustración, por no decir resentimiento, como consecuencia de las dificultades para ponerse de acuerdo ante los acontecimientos. La compra conjunta de vacunas durante la pandemia y de gas ante la crisis energética agravada por la guerra de Ucrania son ejemplos que permiten vincular la dimensión exterior y global con la local e incluso la más personal y concreta (vacunas, precio de la gasolina en el surtidor, etc.).

Por último, además de las respuestas de emergencia a los choques y a los temores resultantes en la opinión pública, también es esencial lanzar proyectos en el marco de una estrategia a medio y largo plazo, cuyos resultados permitan a Europa afirmarse como potencia soberana y a sus ciudadanos identificarse con un modelo de sociedad que reúna a los europeos en torno a preferencias colectivas compartidas. Para lograrlo, necesitamos construir una nueva narrativa positiva. Como previeron Robert Schuman y Jean Monnet ya en 1950, las realizaciones concretas siguen siendo la condición para el advenimiento de una solidaridad de hecho entre los Estados miembros. Pero esta solidaridad, muy apreciada por Jacques Delors, seguirá siendo incompleta mientras no pueda completarse con una identificación común con la Unión. Aunque pertenezcan a tradiciones e historias nacionales diferentes, los países de la UE comparten valores, principios e intereses comunes que los distinguen de otros países y regiones del mundo, ya sean China, Rusia o Estados Unidos. Si la UE demuestra que aplica decisiones y políticas acordes con sus principios, podrá convencer mejor a los franceses y a los europeos de su utilidad y legitimidad para afrontar y superar los retos del mundo actual y del futuro. Estos retos exigen una unión más unida, más fuerte y más solidaria de los europeos para que su modelo sea "competitivo" en la competencia mundial por los modelos de organización política, económica, social y medioambiental. Es la condición sine qua non para devolver a los europeos la confianza en sí mismos, el orgullo, la ambición y el sentido de la libertad.
 
Read the article in English

El artículo original en francés lo ha publicado Telos

¿Qué te ha parecido el artículo?
Participación