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JIM LO SCALZO (EFE)

Una Cámara dividida contra sí misma no puede sostenerse

Pedro Soriano Mendiara

5 mins - 9 de Octubre de 2023, 07:00

El triunfo de la moción de censura contra Kevin McCarthy, el Speaker (Presidente) de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, instada por uno de los congresistas de su propio partido, siendo un hecho muy significativo (es la primera vez en la historia del país que ocurre algo semejante), lo es todavía más como culminación del proceso de anarquía e incapacidad para gobernar que lleva aquejando a los republicanos desde hace ya más de una década.

Desde que en 2010, a lomos del denominado “Tea Party”, los conservadores tomaron el control de la Cámara, los Presidentes de la misma han tenido cada vez más problemas para dirigir a su grupo parlamentario y, de hecho, los dos antecesores de McCarthy, John Boehner y Paul Ryan, acabaron dimitiendo de su cargo por la frustración que les generaban las constantes rebeliones de sus diputados, que hacían imposible llegar a acuerdos, imprescindibles cuando en la Casa Blanca y/o en el Senado mandan los demócratas.

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Lo ocurrido el martes en Washington es un paso más, y el más serio, en la historia de esas sublevaciones intrapartidarias: los demócratas se unieron a ocho congresistas republicanos irredentos para hacer caer al Speaker. McCarthy había sido un líder débil desde el primer momento (su elección requirió quince votaciones el pasado enero) pero lo más grave es que tanto a su derecha como a su izquierda se le consideraba un hombre que había faltado reiteradamente a su palabra en sus negociaciones con unos y otros.

En cualquier caso, el derrocamiento del Speaker no es el preludio de una mejora en el funcionamiento de la Cámara, sino todo lo contrario: el nuevo Presidente, republicano con toda probabilidad, virará todavía más a la derecha para intentar asegurarse el respaldo de los congresistas de su partido que votaron contra McCarthy, y confiará en que los pocos conservadores no radicales (moderados ya no quedan apenas en este Partido Republicano), aterrorizados ante la perspectiva de ser derrotados en unas primarias el año que viene, se mantengan firmes y no pacten con los demócratas.

Esta incapacidad de pactar por parte de los republicanos, cada vez más persistente, es ominosa para Estados Unidos: el gobierno volverá a cerrar si no se llega a un acuerdo para aprobar las partidas presupuestarias esenciales a mediados de noviembre, la ayuda a Ucrania, imprescindible para ésta en su lucha contra la invasión rusa, está congelada, y según quien sea el nuevo Presidente de la Cámara, podría incluso ser bloqueada, creando una nueva crisis política de enormes dimensiones. 



Los incentivos políticos en estos momentos para llegar a acuerdos entre los dos grandes partidos están bajo mínimos, debido a la polarización ideológica, en la que el congresista demócrata más conservador está más a la izquierda que el congresista republicano más liberal (lo cual no quiere decir que ambos partidos estén igualmente polarizados: los republicanos están mucho más a la derecha de lo que los demócratas están a la izquierda).

Pero más allá de ese problema, que es enorme, el Partido Republicano tiene uno adicional, que es que en la Cámara de Representantes (y crecientemente también en el Senado) acoge, por citar al gran Michael Caine en “El Caballero Oscuro”, a gente que “simplemente quiere ver arder el mundo”. Los congresistas que ayer derrocaron al Speaker son en algunos casos los mismos que ya le hicieron la vida imposible a sus predecesores, del mismo modo que se la harán a su sucesor: son gente para los que la palabra “acuerdo”, que es la esencia de la democracia, es una señal de debilidad, y protegidos en distritos veinte o treinta puntos más republicanos que el país, nunca tienen miedo de ser derrotados por un demócrata o por un republicano moderado. No tienen incentivos para construir, sólo para destruir. Y en este caso, amenazan con destruir los cimientos de la democracia estadounidense.

Hace 165 años Abraham Lincoln inició uno de sus discursos más famosos con una cita muy similar a la que abre este artículo. En 1858, la cuestión de la esclavitud estaba desgarrando y reordenando el sistema político estadounidense: creando un nuevo partido, el Republicano, y dividiendo a otro, el Demócrata. Lincoln manifestó -y el tiempo le dio la razón- que esa situación de inestabilidad no era sostenible en el tiempo, y que Estados Unidos pasaría a ser todo esclavo o todo libre. Los demócratas están unidos en su defensa de la democracia constitucional, pero un dilema semejante al que exponía el Gran Emancipador parece atenazar ahora al que fue su partido: los republicanos, especialmente en la Cámara de Representantes, tienen que escoger entre el modelo autoritario de Trump y Putin, o volver al cauce de la celebración de elecciones libres y la aceptación de los resultados electorales, del que nunca debieron apartarse.

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