Estos días se ha hecho público que la entrada de decenas de miles de personas en Ceuta a finales de julio de 2026 coincidió con la incursión de buques de la Marina Real de Marruecos en aguas territoriales españolas. Cada episodio admite una explicación por separado: presión migratoria desbordada, por un lado, e incidente marítimo o error de cálculo, por otro. Pero considerados en conjunto,
ambos se entienden mejor como una estrategia híbrida; es decir, como el empleo orquestado de distintas herramientas de poder con el fin de ejercer presión y desgastar a un rival. Como señalé en un
artículo anterior,
el primer paso para hacer frente a este tipo de estrategias consiste en identificarlas, y eso exige una perspectiva integral. Si se examinan por separado, solo se aprecian actuaciones inconexas, sin percibir el patrón ni cómo se modulan los diferentes instrumentos, tal como ilustra el siguiente gráfico.
Multinational Capability Development Campaign (MCDC). 2019. 'Countering hybrid warfare'. MCDC Countering Hybrid Warfare Project.
La detección de las estrategias híbridas es difícil porque
el proceso de decisión de la otra parte funciona como una caja negra, inaccesible salvo que sea penetrada por los servicios de inteligencia. Algo particularmente difícil en el caso de Marruecos porque las decisiones se adoptan en un círculo muy restringido. Como consecuencia,
la orquestación solo se puede inferir, bien de la existencia de precedentes que dibujen un patrón, o bien de coincidencias que cuesta atribuir a simple casualidad. Como es lógico, siempre existe el riesgo de identificar falsos positivos al analizar un caso concreto. Por eso, la ambigüedad y la negación plausible son dos de los elementos característicos —y dos de las ventajas—
del conflicto en la zona gris.
Mantienen abierta una explicación inocua que encarece los costes políticos de una respuesta firme.
Con esa cautela en mente, la intrusión de los buques de guerra marroquíes al comienzo de la crisis puede interpretarse como el empleo de la herramienta militar en combinación con la instrumentalización de
la presión migratoria, que fue su cara más visible. Y cabe suponer además, de manera razonable, que
obedeció a un doble propósito.
"La intrusión de los buques de guerra marroquíes al comienzo de la crisis puede interpretarse como el empleo de la herramienta militar en combinación con la instrumentalización de la presión migratoria"
El primero fue
erosionar aún más un punto focal. Los puntos focales,
también llamados puntos de Schelling, son lugares donde
las expectativas de los actores convergen de forma espontánea, sin negociación explícita. Imaginemos que estamos de visita en Roma. Hemos quedado con alguien en la plaza de San Pedro y se ha agotado la batería del móvil. Es muy probable que vayamos al obelisco: ocupa el centro de la plaza, se ve desde cualquier ángulo y, sobre todo, asumimos que la otra persona pensará lo mismo. Una frontera entre dos vecinos con un contencioso territorial funciona de manera análoga. Es reconocible y, aunque no medie amenaza explícita,
se presume que traspasarla provocará una respuesta significativa, porque la otra parte no puede limitarse a "dejarlo estar".
Lo ocurrido en Ceuta durante los primeros días de la crisis, tanto en la frontera terrestre como en las aguas territoriales,
ha desdibujado esa nitidez en un punto focal básico vinculado a la integridad territorial de España. No es una cuestión menor. La erosión de un punto focal es acumulativa si responde a una "
táctica salami", donde ningún episodio aislado basta para justificar una respuesta contundente, pero cada uno desplaza un poco más el umbral de lo que la otra parte asume como intolerable. Por eso
conviene valorar la crisis de Ceuta por el estado en que deja dicho punto focal y por los efectos que ello tendrá en futuras interacciones estratégicas.
"Ningún episodio aislado basta para justificar una respuesta contundente, pero cada uno desplaza un poco más el umbral de lo que la otra parte asume como intolerable"
La segunda razón guarda una relación estrecha con la primera. Al activar el instrumento militar, es muy probable que
Marruecos aprovechara para poner a prueba la disuasión española, analizando con qué rapidez y en qué proporción reaccionaron el Gobierno y, en este caso concreto, las Fuerzas Armadas. De ahí la relevancia de las informaciones publicadas sobre
la atención que prestaron a la zona los dos satélites militares marroquíes de observación terrestre. El envío de buques de acción marítima y de un par de fragatas de la Armada los días siguientes fue, entre otras cosas, un mensaje (
signalling).
Sin embargo,
la credibilidad de la disuasión depende de tres elementos: capacidad, comunicación y determinación. El despliegue naval aportó los dos primeros. La determinación, en cambio, se juzga por el comportamiento político. Y ahí
la respuesta del Gobierno resta credibilidad. Esforzarse por exculpar a Marruecos, gestionar la crisis de forma deficiente y restar importancia a la intrusión de los buques transmite un mensaje que contradice el enviado por el despliegue de la Armada. A la vez, llamarlo "hecho puntual", como hizo la portavoz del Gobierno hace apenas unos días, supone
adoptar la lectura fragmentada que persigue precisamente quien emplea las estrategias híbridas. Restablecer la nitidez del punto focal ("las fronteras deben respetarse") exige un análisis que sepa identificar patrones y permita disuadir y responder en consecuencia.