Donald Trump ha extendido a la inteligencia artificial (IA) su costumbre de cambiar el nombre de los accidentes geográficos —Golfo de América en lugar de Golfo de México o Lago de América en lugar de Lago Ontario—. En un alarde de originalidad, en esta ocasión
no ha reutilizado las siglas llamándola inteligencia americana, sino que trata de impulsar que a esta tecnología se la identifique como superinteligencia (SI). Como en el caso del Golfo y del Lago, ha plasmado su voluntad con la firma de una
orden ejecutiva en la que establece el comienzo de la era de la SI.
Un cambio de nombre que viene de lejos
Las actuaciones del presidente han causado cierta sorpresa, pero
el cambio de nombre no ha sido una idea improvisada. En julio de 2025, en su intervención
con ocasión del lanzamiento del Plan de Acción de IA, ya manifestó su disgusto con la palabra "artificial". En diciembre de ese año, en la ceremonia de firma de la
orden ejecutiva destinada a limitar la capacidad de los estados para regular la IA, afirmó que siempre había pensado que debería llamarse "SI,
supreme intelligence", aunque añadió que la decisión correspondía a la industria.
Nueve meses después ya no habría lugar para esa deferencia.
La recta final de la operación la inició con una
consulta en la red social antes conocida como Twitter. En X, con 233.673 votos, los participantes eligieron como término más adecuado para la tecnología
inteligencia superior (41,5%), frente a las otras dos opciones de inteligencia suprema (30,7%) o inteligencia extrema (27,8%). Siguieron nuevas votaciones, hasta que el 21 de septiembre Trump enfrentó "superior" a una opción nueva,
"super", que ganó con holgura.
Lo más llamativo es que Trump haya sido políticamente correcto al introducir y respaldar finalmente la denominación superinteligencia en lugar de inteligencia superior, que podría parecer un menosprecio a la inteligencia humana. Parece, en cualquier caso, que
las siglas estaban decididas antes que la palabra.
"Lo más llamativo es que Trump haya sido políticamente correcto al introducir y respaldar finalmente la denominación superinteligencia en lugar de inteligencia superior"
Al igual que con los cambios de denominación del Golfo de México y el Lago Ontario,
Donald Trump aspira al reconocimiento global del nuevo término para la IA. Es probable que, al no tratarse de una entidad física como en los dos casos anteriores, el presidente confiara en tener mayor éxito en su objetivo. Pero si con el Golfo logró que Google o Apple adoptaran el nombre dentro de EE. UU.,
fuera de su esfera de poder, la realidad vuelve a contradecir sus deseos.
El vaso casi vacío para la aceptación del nuevo término
En primer lugar,
existe un choque potencial con una parte relevante de la comunidad tecnológica. El término "superinteligencia" ya tenía un
uso técnico consolidado.
La idea de una máquina capaz de superarnos y de mejorarse a sí misma se remonta a I. J. Good —colaborador de Alan Turing—, que en los años sesenta habló de una máquina "ultrainteligente". El término lo consolidó Nick Bostrom, primero en un artículo de 1998 y después en su libro de 2014. Con ese nombre, la academia designaba
un sistema que supera a las personas en prácticamente todos los dominios y que podría diseñarse a sí mismo para ser aún mejor, dejando desfasada a la inteligencia humana.
"Es probable que, al no tratarse de una entidad física como en los dos casos anteriores, el presidente confiara en tener mayor éxito en su objetivo"
Y la propia industria lo había convertido en su gran aspiración comercial: Meta bautizó en 2025 su división como Meta Superintelligence Labs, Ilya Sutskever fundó Safe Superintelligence y Microsoft habla de una "superinteligencia humanista", siempre como un estadio superior a la IA actual. En cambio,
la definición legal de IA —contenida en la
National Artificial Intelligence Initiative Act de 2020 (15 U.S.C. § 9401(3))—, que la orden ejecutiva asigna tal cual a la SI,
abarca sistemas mucho más modestos en capacidades, desde un modelo de frontera hasta un filtro de spam, un sistema de recomendación de una tienda en línea o el algoritmo que fija precios de alquiler.
Incluso
la aceptación del término SI por los
tecnooligarcas es matizada. Es cierto que una parte de ellos ha firmado el denominado
"Acuerdo de la Casa Blanca sobre Superinteligencia", pero en sus poco más de trescientas palabras, fuera del título,
no aparece en una sola ocasión el nuevo nombre que Trump quiere imponer a la IA: el texto habla de "modelos de frontera".
Tampoco se ha registrado ningún paso relevante hacia la adopción del término por la industria, salvo las declaraciones el día de la firma del acuerdo, un aparente respaldo de Jeff Bezos en Fox News y un mensaje adulador de Elon Musk en su red social en el que
anunciaba que SpaceXAI pasa a llamarse SpaceXSI, un cambio que hasta ahora no ha tenido reflejo societario.
También en clave interna,
la sustitución del término está abocada a entrar de lleno en el debate político en EE. UU. Dentro del Congreso, en las proposiciones de ley presentadas para crear un
marco de evaluación de riesgos de la IA o
pausar el desarrollo de la superinteligencia,
se reserva el nombre de superinteligencia para una inteligencia artificial que permite a los dispositivos o al
software "igualar o superar el rendimiento y las capacidades cognitivas humanas en la mayoría de los ámbitos o tareas".
Es decir, de nuevo el nombre propuesto por Trump se utiliza para
una tecnología con mayores capacidades que los sistemas que hoy conocemos como IA. Si todo pasa a ser superinteligencia, las iniciativas que pretenden frenar solo a los sistemas más avanzados quedan semánticamente diluidas: apropiarse del vocabulario del debate sobre el riesgo es también una forma de desactivarlo.
Asimismo, tampoco está teniendo una acogida positiva inmediata en la esfera internacional. No ha trascendido que ningún otro mandatario secundara en su intervención la
propuesta de cambio de nombre en la Asamblea General de Naciones Unidas anunciada por Trump.
Igualmente, China no se ha sumado. Trump presumió tras su
encuentro con Xi de que el líder chino aceptaba el término, pero el Ministerio de Exteriores se limitó a decir que "respeta" la formulación estadounidense. En el comunicado posterior a la reunión,
Pekín rehúye el término —incluso pone "inteligencia artificial" en boca del propio Trump—, mientras la
Casa Blanca lo incluye.
"Si todo pasa a ser superinteligencia, las iniciativas que pretenden frenar solo a los sistemas más avanzados quedan semánticamente diluidas"
Además, desde el mismo día del
discurso en la ONU, la Administración Trump ha
ordenado a los diplomáticos que utilicen el nuevo término.
La delegación estadounidense será así la única que diga SI en foros donde todos los demás dicen IA.
La primera prueba llegará con la cumbre del G20 que EE. UU. preside este año: será interesante comprobar si el término se cuela en su declaración final o en los documentos del G7 y la OCDE, y qué fórmula de equivalencia e interoperabilidad entre ambos términos se aplica.
Lo que se juega con el nombre
E
l objetivo final de Donald Trump con la propuesta de renombrado de la IA es incierto. La orden ejecutiva que abre la era de la superinteligencia es, en apariencia, contradictoria. Al mismo tiempo que ordena el uso del nuevo término en lugar del utilizado hasta ahora
"en la máxima medida permitida por la ley", solicita, en un plazo de sesenta días, una definición para el vocablo y una evaluación de la medida en que amplía o reemplaza el término IA. Pero la contradicción es solo aparente: mientras tanto,
la orden define la SI exactamente igual que la ley de 2020 define la IA. Cambia la etiqueta, no la cosa, y aplaza cualquier cambio de fondo a una futura ley. Esta ambigüedad puede servir también para dar certidumbre jurídica a los contratos y obligaciones vigentes en la Administración estadounidense.
No es desdeñable para el análisis que la propuesta de renombrado de Trump coincida con el fragor del
debate sobre la regulación de la IA. Cada vez que el presidente ha hablado del cambio de nombre, lo ha hecho junto a un hito desregulador: el Plan de Acción en julio de 2025, la ofensiva contra las leyes estatales en diciembre, el rechazo a cualquier supervisión internacional en la ONU y
un acuerdo voluntario con la industria el mismo día de la orden.
"La propuesta de renombrado coincide con el fragor del debate sobre la regulación de la IA. Cada vez que Trump ha hablado del cambio de nombre, lo ha hecho junto a un hito desregulador"
Es conocida la querencia de Trump por impedir cualquier norma que constriña la actividad de los desarrolladores de los modelos de frontera. No obstante,
es difícil que el cambio de nombre sitúe a las tecnológicas estadounidenses productoras de modelos de frontera al margen de las normas legales sobre IA existentes —tanto a nivel subnacional en EE. UU. como en otras áreas como la UE—. Pero abre un debate sobre ello.
No se puede descartar que todo sea parte de una táctica al estilo Bannon de inundación del terreno —saturar el debate de iniciativas para que ninguna reciba un escrutinio a fondo— para obtener alguna ventaja en este campo.
Por lo pronto,
Trump ya ha declarado enemigos en su red social Truth Social a todos los que usemos el término IA en lugar de su propuesta de denominación.
La declaración apunta a un intento de sustitución total de la terminología, pero la historia de la segunda presidencia del magnate neoyorquino nos invita a esperar cualquier desenlace.