Lunes, 2 de noviembre de 2026
ELECCIONES EUROPEAS

Los 'enfants terribles' de Europa caen por las urnas

Las derrotas de Viktor Orbán y Aleksandar Vučić marcan un giro en Hungría y Serbia tras años de hegemonía política. Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense, examina cómo las nuevas oposiciones lograron imponerse en las urnas: "la alternancia ha terminado produciéndose a través de los mecanismos electorales existentes".

Ruth Ferrero-Turrión Ruth Ferrero-Turrión 2 de noviembre de 2026
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Aleksandar Vučić (izquierda) y Viktor Orbán (derecha) en una rueda de prensa conjunta en 2024. | Attila Volgyi / Xinhua News / Europa Press
Aleksandar Vučić (izquierda) y Viktor Orbán (derecha) en una rueda de prensa conjunta en 2024. | Attila Volgyi / Xinhua News / Europa Press
En apenas seis meses, dos de los dirigentes que mejor habían representado la deriva iliberal y autoritaria de Europa han sido derrotados en las urnas. Viktor Orbán, después de dieciséis años gobernando Hungría, y Aleksandar Vučić, tras más de una década dominando la política serbia, han tenido que reconocer que sus respectivos proyectos políticos ya no cuentan con el respaldo mayoritario de sus sociedades. Dos países, dos trayectorias diferentes y una misma conclusión. Los regímenes que parecían haber perfeccionado los mecanismos para perpetuarse en el poder también pueden ser derrotados electoralmente. Y, quizá más importante, pueden serlo sin necesidad de reproducir sus métodos ni de construir una alternativa ideológica completamente opuesta.

"Los regímenes que parecían haber perfeccionado los mecanismos para perpetuarse en el poder también pueden ser derrotados electoralmente"
Durante años, Hungría y Serbia se convirtieron en los enfants terribles de la política europea. Orbán hizo de la democracia iliberal una propuesta política explícita, construyendo un sistema en el que el pluralismo electoral convivía con la captura de las instituciones, la concentración mediática y el debilitamiento de los contrapesos democráticos. Vučić, por su parte, consolidó en Serbia un modelo de estabilocracia que combinaba autoritarismo doméstico, clientelismo y una calculada ambigüedad geopolítica. Ambos supieron presentarse ante sus respectivas sociedades como garantes de estabilidad y ante sus interlocutores internacionales como interlocutores imprescindibles.

Las oposiciones tradicionales de ambos países intentaron desalojarlos del poder mediante alianzas electorales, coaliciones entre partidos y acuerdos programáticos que, en última instancia, fueron incapaces de romper la hegemonía de los gobernantes. La experiencia húngara de 2022, cuando una amplia coalición opositora fue derrotada por Orbán, constituye probablemente el ejemplo más evidente de los límites de aquella estrategia: la suma de partidos resultó insuficiente para construir una mayoría social alternativa.

En 2026 ha sucedido algo diferente. En ambos países, aunque mediante procesos muy distintos, la alternancia ha sido posible cuando las estructuras partidistas tradicionales dejaron de ocupar el centro de la oposición. En Hungría, Péter Magyar, procedente del propio universo político de Fidesz, construyó alrededor de Tisza una plataforma capaz de atraer a sectores ideológicamente heterogéneos. En Serbia, el movimiento estudiantil surgido tras la tragedia de Novi Sad ha conseguido transformar una movilización social contra la corrupción en una candidatura electoral que ha desbordado a los partidos existentes. El objetivo era construir un sujeto político diferente, al margen de las coaliciones entre organizaciones desacreditadas.

"El objetivo era construir un sujeto político diferente, al margen de las coaliciones entre organizaciones desacreditadas"
Esta distinción es fundamental. Las coaliciones tradicionales se articulan mediante negociaciones entre élites partidistas, reparto de candidaturas y compromisos programáticos. Los nuevos frentes democráticos han operado sobre una lógica distinta. La prioridad consistía en articular un objetivo compartido capaz de atravesar las divisiones ideológicas existentes, antes que negociar un programa exhaustivo de gobierno. Recuperar las instituciones, combatir la corrupción, restablecer las garantías democráticas y poner fin a la apropiación patrimonial del Estado. Esa es la clave para entender cómo se produjeron las derrotas de Orbán y Vučić.

No estamos, por tanto, ante victorias de la izquierda frente a la derecha. Ni siquiera necesariamente ante un desplazamiento ideológico de las sociedades húngara y serbia hacia posiciones más progresistas. Magyar representa un conservadurismo de centroderecha que mantiene posiciones restrictivas en materia migratoria y comparte determinados presupuestos nacionalistas con su antecesor. En Serbia, la Lista Estudiantil reúne sensibilidades muy diversas, desde posiciones liberales y europeístas hasta sectores conservadores y nacionalistas. Por encima de sus diferencias económicas y sociales, los une el rechazo a un sistema político percibido como corrupto y autoritario.

La lectura europeísta de ambos resultados exige también matices. Es cierto que Magyar ha impulsado una normalización de las relaciones de Hungría con Bruselas y que la recuperación del Estado de derecho constituye una condición imprescindible para reconstruir esa relación. Pero su proyecto conserva parte de las posiciones húngaras anteriores en cuestiones como la inmigración o la ampliación europea. En Serbia, las ambigüedades son todavía mayores. El movimiento estudiantil ha evitado deliberadamente pronunciarse con claridad sobre cuestiones divisivas como Kosovo, Rusia o la integración europea. La regeneración democrática, por tanto, puede abrirse paso sin un giro geopolítico profundo.

"La regeneración democrática, por tanto, puede abrirse paso sin un giro geopolítico profundo"
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes del momento europeo. Mientras buena parte del continente experimenta el avance de fuerzas reaccionarias, nacionalistas y abiertamente contrarias a algunos principios fundamentales de la democracia liberal, dos de los países que durante años simbolizaron esa deriva han optado por la alternancia. El cambio responde al convencimiento de amplios sectores de la ciudadanía de que la continuidad de esos gobiernos impedía el funcionamiento normal de sus democracias, más allá de sus preferencias ideológicas.

Resulta relevante, además, la forma en que los dirigentes derrotados han reconocido el resultado electoral, en contraste con lo ocurrido en Brasil o EE. UU., donde la contestación del derrotado ha puesto en cuestión el propio sistema democrático. Así, Orbán aceptó su derrota en abril y Vučić ha hecho lo propio este octubre, aunque en Serbia todavía está pendiente la confirmación definitiva del escrutinio. Después de años de erosión institucional, concentración de poder y debilitamiento de la competencia política, la alternancia ha terminado produciéndose a través de los mecanismos electorales existentes. Por supuesto, esto no quiere decir que esos sistemas funcionaran en condiciones plenamente equitativas, ni que desaparezcan de inmediato las estructuras de poder construidas durante años. Pero demuestra que incluso en democracias profundamente deterioradas pueden abrirse oportunidades de cambio cuando existe una movilización social suficientemente amplia.

La experiencia serbia añade un elemento singular: la evolución del movimiento estudiantil hacia una alternativa electoral. Una protesta concreta contra la corrupción y la falta de responsabilidades políticas tras el derrumbe de la marquesina de la estación de Novi Sad ha terminado convirtiéndose en una alternativa política gracias a su capacidad para extenderse territorialmente, sostener la movilización durante meses y conectar con sectores sociales muy diferentes. La sociedad civil serbia ha pasado de presionar a las instituciones a disputar directamente el poder a quienes las controlaban.

"La sociedad civil serbia ha pasado de presionar a las instituciones a disputar directamente el poder a quienes las controlaban"
En todo caso, es importante ser cautos, puesto que sería prematuro confundir la derrota de Orbán y Vučić con la desaparición del orbanismo o del sistema político construido por el SNS. Las redes clientelares, los intereses económicos y las estructuras institucionales que sostuvieron ambos proyectos no desaparecen con una noche electoral. Tampoco resulta evidente que las coaliciones sociales construidas fundamentalmente alrededor del rechazo a un adversario puedan mantener su cohesión cuando tengan que afrontar decisiones distributivas, conflictos territoriales o dilemas internacionales.

Precisamente ahí reside el desafío de estos nuevos gobiernos. Ganar unas elecciones contra un régimen iliberal exige construir una mayoría negativa suficientemente amplia. Gobernar después requiere transformar esa mayoría en un proyecto institucional duradero, capaz de gestionar desacuerdos y reconstruir mecanismos democráticos sin reproducir las prácticas de quienes han sido derrotados.

Hungría y Serbia ofrecen así una lección relevante para una Europa que parece resignada al avance de las fuerzas reaccionarias. La respuesta al autoritarismo puede articularse fuera de las grandes coaliciones partidistas y de una confrontación ideológica simétrica. Puede surgir de una ciudadanía que reclama algo aparentemente más elemental: que las instituciones vuelvan a pertenecer a todos y no a quienes gobiernan. Pero también plantean una advertencia. La regeneración democrática puede ser una condición necesaria para el cambio político, aunque no garantiza por sí sola una transformación social ni una orientación más progresista.

"La regeneración democrática puede ser una condición necesaria para el cambio político, aunque no garantiza por sí sola una transformación social ni una orientación más progresista"
Los enfants terribles de Europa han caído por las urnas; en el día después habrá que esperar para ver si sus sucesores serán capaces de desmontar los sistemas que heredaron o si se limitarán a administrarlos de otra manera. Derrotar electoralmente al autoritarismo constituye una victoria democrática indiscutible, pero conseguir que esa victoria se convierta en una democracia más sólida es una tarea mucho más difícil.
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación