Rara vez tomo partido cuando se trata de un asunto complejo. Mi aparente neutralidad no se debe a la falta de interés, conocimiento o valentía. Simplemente, considero que
la verdad suele estar en los ojos de quien mira; que no solo vemos diferentes problemas, sino que contemplamos soluciones distintas, y que esas discrepancias son, en sí mismas, legítimas.
Este relativismo se acentuó cuando vine a vivir a España. En todos estos años he observado cómo
la mayoría de la gente se posiciona con gran seguridad sobre cualquier tema de discusión, ya sean conflictos internacionales, políticas públicas o soluciones a problemas sociales. La complejidad que entraña cualquier fenómeno, y que a mí me empuja a tratar de comprenderlo, conocer los
diferentes puntos de vista y comparar enfoques, se reduce a menudo a un simple "a favor" o "en contra".
Este maniqueísmo lo encontré también en el debate sobre la gestación subrogada.
En España,
la Ley 14/2006 declara nulo de pleno derecho cualquier contrato de gestación por sustitución, con o sin precio, y establece que la madre es la mujer que da a luz. En 2023, la reforma de la ley del aborto fue un paso más allá:
calificó la gestación subrogada como una forma de violencia reproductiva contra las mujeres y prohibió su promoción comercial. El Tribunal Supremo ha reiterado en varias sentencias que estos contratos suponen una forma de explotación de la mujer y un daño al interés superior del menor. Y desde el 1 de mayo de 2025 está en vigor una instrucción de la Dirección General de Seguridad Jurídica y Fe Pública que
cierra la vía por la que hasta entonces se inscribía en el Registro Civil a los bebés nacidos por gestación subrogada en el extranjero.
El rechazo hacia cualquier forma de regulación de la gestación subrogada lo he encontrado también en mi entorno, entre
personas que, a priori, parten de posiciones ideológicas antagónicas. Unos sostienen su postura en contra con argumentos basados en la naturaleza o en un ser superior; otros, en que esta práctica
mercantiliza el cuerpo de la mujer y abusa de él.
Cuando me han preguntado cómo me posiciono al respecto, explico que
presentar una enmienda a la totalidad me resulta complicado y que todo depende del caso. Según las circunstancias en las que se produce la práctica, puedo cuestionarla o, al contrario, verla como una oportunidad. Para esto último pienso en situaciones que conozco de cerca:
parejas heterosexuales, homosexuales y personas solas que, por el motivo que sea, no han podido concebir ni gestar un hijo. Gracias a la subrogación, pudieron cumplir el deseo de ser padres o madres
sin que esta se produjera en lugares miserables, en condiciones intolerables o bajo coacción directa o indirecta.
"Según las circunstancias en las que se produce la práctica, puedo cuestionarla o, al contrario, verla como una oportunidad"
En estas conversaciones informales llegaba incluso a reconocer que
no me hubiera importado ser gestante por altruismo hacia quienes quieren tener hijos y no pueden. Pero, por mucho que construyera un discurso que, a mi juicio, era sensato, a menudo veía cómo lo despachaban sin reflexionar ni responder realmente a lo que acababa de exponer. Así que decidí callarme, y
la gestación subrogada pasó a engrosar mi lista de temas tabú.
Las ganas de compartir mi opinión en torno a este debate surgieron hace unos días, cuando leí una noticia sobre
el primer ministro neerlandés, Rob Jetten, del partido socioliberal D66. En ella se contaba que
él y su pareja, el jugador de hockey argentino Nicolás Keenan, van a ser padres de un bebé que nacerá en 2027 gracias a una donante de óvulos y a una gestante. En la foto que compartieron aparecían los tres —Rob, Nico y Lisa, la mujer que gesta a su hijo— felices, junto a un mensaje de agradecimiento a la donante.
Tanto la gestante como la donante son personas de su entorno cercano, y no hay ninguna transacción comercial de por medio.
Me sentí muy orgullosa de los cuatro y de
una legislación neerlandesa que permite a las parejas cumplir un deseo que muchos compartimos, el de criar a un hijo, cuidarlo, quererlo y, a través de ese cuidado, construir una nueva generación llena de cariño y esperanza. Y me hizo pensar en algo más: en los Países Bajos, una noticia así puede recibirse con aplausos o con reservas, pero difícilmente con un portazo al debate.
En los Países Bajos,
la gestación subrogada altruista está permitida. Lo que sí castiga el Código Penal es el ánimo de lucro:
está prohibido mediar comercialmente y anunciar públicamente que se busca o se ofrece una gestante, y esta no puede recibir remuneración alguna. La ley considera madre a la mujer que da a luz, por lo que
los padres de intención solo se convierten en padres legales tras un procedimiento judicial posterior al nacimiento, normalmente una adopción.
"En los Países Bajos, una noticia así puede recibirse con aplausos o con reservas, pero difícilmente con un portazo al debate"
Esto podría cambiar pronto:
el Parlamento debatirá antes de fin de año la Ley de infancia, gestación subrogada y filiación. Si se aprueba,
un juez podrá validar el acuerdo antes del embarazo, de modo que los padres de intención sean padres legales desde el nacimiento. Además, el asesoramiento será obligatorio, cada parte contará con su propio abogado, se reforzará el derecho del niño a conocer sus orígenes y
seguirá prohibido el ánimo de lucro, hasta el punto de castigar penalmente el pago por la transmisión de la filiación, también cuando se realice en el extranjero. Su objetivo declarado es proteger mejor al niño, a la gestante y a los padres de intención, y combatir la explotación.
No escribo estas líneas para
presentar la regulación neerlandesa como un modelo que debamos importar, ni para sostener que haya resuelto los dilemas que plantea esta práctica. Los más críticos dirán que esta regulación no garantiza que todos los casos sean así ni que el abuso se vaya a evitar al cien por cien.
No voy a ser yo quien lo niegue.
Escribo para
defender el derecho a hacerse preguntas: en qué condiciones podría aceptarse la gestación subrogada y en cuáles no. Cuando hay coacción, necesidad económica o una desigualdad flagrante entre las partes, el rechazo suscita un amplio consenso. Cuando se trata de una mujer adulta, informada, sin presiones y acompañada durante todo el proceso, ese consenso quizá no sea tan claro. Entre ambos extremos se extiende una amplia gama de grises que la prohibición no permite explorar y que una conversación serena sí podría.
Debatir no equivale a defender la explotación del cuerpo de la mujer ni a desatender el interés superior del menor. Al contrario: es tomarse en serio ambas cosas.
"Entre ambos extremos se extiende una amplia gama de grises que la prohibición no permite explorar y que una conversación serena sí podría"
Permitámonos reconocer que no todo tiene por qué ser negativo y que, a partir de experiencias positivas como esta,
se pueden construir y replicar regulaciones y prácticas. Eso abriría la puerta a
la prudencia y al análisis de cada caso concreto antes de calificar sin matices una práctica como intrínsecamente buena o mala.
Mi alegato es modesto: dejemos espacio a las voces silenciosas, prudentes y discrepantes. No hacen ruido, pero no por ello son menos legítimas, aunque, en este país del que ya formo parte, la mayoría que grita rara vez las tenga en cuenta. Quizá
un debate algo más sosegado —aburrido, diría un neerlandés— nos haría a todos un poco más felices.