Existe una larga y trágica tradición de atentados contra presidentes y candidatos a la presidencia de Estados Unidos (cuatro asesinados y tres heridos, sin contar a aquellos a los que no llegaron a alcanzar los asesinos). A la luz del atentado ayer contra Donald Trump, no hace falta inventarse teorías conspiranoicas: llevamos así casi dos siglos.
En 1835 un hombre armado con dos pistolas disparó contra el presidente Andrew Jackson en el Capitolio y le hubiera matado de no haber funcionado defectuosamente las mismas, inaugurando así una historia de violencia anti presidencial que persigue a Norteamérica desde entonces.
La primera tentación —y en esta época de redes sociales la podemos comprobar en directo— es invocar todo tipo de conspiraciones y conjuras. La realidad suele ser mucho más trivial: desde el asesino del presidente Garfield en 1881, que quería que su sucesor Chester Arthur le nombrara para un cargo, hasta John Hinckley, que intentó —y casi logró— matar a Ronald Reagan en 1981 porque quería impresionar a la actriz Jodie Foster, los asesinos presidenciales suelen ser una mezcla de tarados, oportunistas o fanáticos, pero en la mayoría de las ocasiones son lobos solitarios que quieren pasar a la historia de una forma dramática, acabando con una figura histórica en base a agravios sobredimensionados en sus cabezas enfermas.
Mucho más graves son las consecuencias, especialmente en las ocasiones en que el asesino ha logrado su objetivo: la historia del país hubiera sido muy distinta, sin duda, si John Wilkes Booth no hubiera asesinado a Abraham Lincoln en 1865 —su vicepresidente, Andrew Johnson, era un sureño que había sido leal a la Unión durante la Guerra de Secesión, pero que una vez acabada esta, aplicó políticas cada vez más tibias a los confederados, retrasando durante años las políticas dirigidas a lograr un país más igualitario y haciendo que buena parte de los esfuerzos de la guerra fueran baldíos. Y aunque los efectos no fueron tan acusados, la sustitución de Garfield por Arthur, McKinley por Theodore Roosevelt o Kennedy por Lyndon Johnson también modificaron el curso de la historia.
"Teddy Roosevelt fue derrotado en 1912 cuando intentó presentarse nuevamente a la Presidencia (al igual que ahora Donald Trump) pese a sufrir un atentado durante la campaña que le dejó una bala permanentemente alojada en el pecho durante el resto de su vida"
En cambio, es bastante menos claro que los atentados fallidos tengan un efecto político decisivo: incluso un intento de asesinato tan grave como el de Ronald Reagan en 1981 sólo produjo un breve aumento de popularidad a su persona —apenas ocho puntos— que duró unos tres meses antes de volver a sus números preatentado. Teddy Roosevelt fue derrotado en 1912 cuando intentó presentarse nuevamente a la Presidencia (al igual que ahora Donald Trump) pese a sufrir un atentado durante la campaña que le dejó una bala permanentemente alojada en el pecho durante el resto de su vida. Gerald Ford no consiguió reeditar la presidencia en 1976 pese a sufrir "dos" atentados con apenas diecisiete días de diferencia durante su mandato.
La simpatía política generada por un atentado fallido tiene una duración muy limitada en el tiempo y lo cierto es que la América de 2024 es un país mucho más polarizado que el de 1981: las personas que apoyaban a Donald Trump le defenderán con el mismo o más fervor que antes de los acontecimientos de este sábado, mientras que aquellos que le detestan encontrarán rápidamente motivos para renovar su insatisfacción con el expresidente tras unos pocos días o semanas.
En cualquier caso, y con independencia del impacto que tenga este atentado en las próximas semanas en la opinión pública de Estados Unidos —e insisto, dado el clima político actual, creo que será más bien limitado—, algo que debería preocupar a sus ciudadanos es ¿cómo tuvo acceso el autor del atentado —del que seguramente descubriremos una vez concluya la investigación sobre sus motivos que tenía serios problemas mentales— a un rifle de combate?
En las próximas horas, días y semanas habrá ocasión de analizar el fallo de seguridad que permitió este atentado —y es evidente que se produjo un fallo de seguridad—, pero la cuestión cardinal —y que no tengo la menor duda de que no será objeto de debate alguno, dados los antecedentes— es el acceso indiscriminado que tiene la población estadounidense a las armas, incluidas personas con problemas mentales serios.
A menudo se olvida que la mayor parte de las muertes por armas de fuego en Estados Unidos son suicidios (esto es, personas con trastornos mentales que dirigen sus armas contra sí mismos). Pero lo cierto es que en numerosas ocasiones nos encontramos con personas que dirigen su furia contra terceros, sea en escuelas, estadios, centros comerciales o, como ayer, en un mitin político.
Y en esas circunstancias, la invocación a que haya más personas armadas que puedan contrarrestar al asesino de turno es contraproducente: ayer el asesino falló en su objetivo por unos pocos centímetros, y en incontables ocasiones hemos visto cómo la reacción de las fuerzas de seguridad ha sido tardía y errática (como en la matanza en el colegio de Uvalde, Texas, hace dos años).
"El problema es la facilidad con la que se pueden adquirir armas en Estados Unidos, y no deja de ser paradójico que ayer Trump estuviera a punto de fallecer como consecuencia de su política de lasitud en relación con este tema"
No, el problema es la facilidad con la que se pueden adquirir armas en Estados Unidos, y no deja de ser paradójico que ayer Trump estuviera a punto de fallecer como consecuencia de su política de lasitud en relación con este tema, una tolerancia cimentada en una maquinaria muy bien engrasada por parte del lobby de los fabricantes de armas que tiene en sus manos a la inmensa mayoría de los congresistas y senadores republicanos (y a no pocos demócratas).
Y si Trump finalmente acaba ganando las elecciones (cosa que era ya probable antes del atentado, y que éste no hace necesariamente más probable —aunque tampoco menos—) no puede caber la menor duda de que la legislación favorable a las armas seguirá abriéndose paso y que un Tribunal Supremo ya de amplia mayoría conservadora nombrada por presidentes republicanos la interpretará de la manera más favorable posible a los fabricantes y distribuidores de armas, poniéndoselo más fácil a futuros asesinos para atentar contra futuros presidentes.