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FRANCESCOCH (GETTY IMAGES)

El veneno de nuestras democracias: ¿Hay antídoto contra la desinformación?

Ángela González Montes

11 mins - 22 de Febrero de 2024, 07:00

Thomas Jefferson estaría hoy algo perdido en el nuevo ecosistema comunicacional. Ya no podría elegir entre “periódicos sin gobierno o gobiernos sin periódicos”. Básicamente porque los periódicos ya no son el principal elemento vertebrador de la opinión publica en las democracias postmodernas.

Cuando al periodismo le va mal, la democracia se resiente. Y viceversa.

El Digital News Report 2023, señala que la tendencia a evitar el consumo de noticias alcanza ya un 36% y el porcentaje de personas que asegura estar realmente interesado en las noticias ha descendido 15 puntos en apenas 7 años, especialmente en menores de 35 años. Precisamente en este grupo de edad se produce un doble fenómeno que les convierte en más vulnerables ante la manipulación: hablamos de la doble brecha en consumo de información: por un lado, la generacional - Tik Tok es la primera fuente de información para un 20% de menores de 35 a nivel mundial- y, por otro lado, la de pago - en los 20 países más ricos, solo un 17% pagó por noticias online. A su vez, los grandes medios de comunicación tienen que claudicar ante el poder del infotainment, de la IA y del algoritmo para adaptar sus contenidos a los públicos jóvenes

Por otro lado, la polarización también hace que se debata menos. Según este estudio, casi un 47% de los usuarios ya ni participa ni reacciona a las noticias. Pasamos de la fatiga informativa a la fatiga democrática. Desincentiva a unos, pero moviliza a un electorado más radical. Y la desinformación es uno de los elementos que más influye en este fenómeno.

El informe de riesgos globales para 2024 del Foro Económico Mundial la posiciona como la principal amenaza global en el corto plazo. En el contexto de las elecciones europeas más importantes en décadas, no es baladí que la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, centrara su discurso en Davos sobre cómo la desinformación y sus variantes limitan nuestra capacidad para abordar los grandes retos mundiales como son los climáticos, tecnológicos, demográficos y, también, democráticos. 

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Este nuevo escenario es causa de preocupación en el año en el que casi 4.000 millones de personas están convocadas a las urnas. Son 4.000 millones de oportunidades de infectar los sistemas democráticos - algunos más imperfectos que otros - con mentiras, bots y deepfakes. Más de la mitad de los europeos reconocían en el último eurobarómetro haber estado expuestos a diferentes formas de desinformación y un 70% manifiestan estar preocupados por las injerencias de países extranjeros – lo que se conoce como FIMI por sus siglas en inglés (Foreign Information Manipulation and Interference)- en procesos electorales.

Si tuviéramos que elegir un concepto o palabra para este 2024, sin duda, sería una urna, pero también una lupa. Es el año en el que toda la maquinaria contra la desinformación tendrá que ser testada al máximo. Ante ello, cabe preguntarse ¿Están los poderes públicos preparados para hacer frente a la Blitzkrieg desinformativa que nos espera? 

En este sentido, la UE ha sido pionera. En 2018 ya contaba con un Código de Buenas Prácticas en materia de Desinformación. En 2022 se aprobó la versión 2.0, con mejoras considerables como la desmonetización de la difusión de desinformación; transparencia de la publicidad política y una mayor cooperación con los verificadores de datos. Pero no era suficiente. Había que poner coto a los principales distribuidores de mentiras. Y en 2022 se aprobó el famoso paquete de servicios digitales que, a partir del 17 de febrero, permitirá a la Comisión Europea aplicar multas de hasta el 6 % del volumen de negocios anual global.  

El morbo de los tuits cruzados entre Elon Musk y el Comisario Thierry Breton esconden, en realidad, la batalla real por hacer que el desarrollo de la tecnología se ajuste a los valores y principios democráticos. Muchas veces se acusa a la UE de ser un mero poder regulador. Pero qué poder. En este caso, regular sobre contenidos digitales e IA y sus efectos es estar a la vanguardia de la protección de la democracia. 

La DSA (Digital Services Act) es solo la punta del iceberg. La UE cuenta con diferentes instrumentos como la red EDMO (Observatorio independiente que reúne a verificadores y académicos de toda la UE), líneas de subvenciones para financiar proyectos de investigación en el marco de Horizonte 2020 o el famoso grupo East StratCom Task Force liderado por el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE). 



En pleno repliegue democrático, la UE ha tenido tiempo para prepararse y protegerse de cara a las elecciones europeas de junio. Pero no podemos olvidar que se tratan de 27 elecciones nacionales diferentes y que cada estado miembro tendrá que actuar de forma conveniente. Para ello, el paquete de medidas denominado “Defensa de la Democracia” recomienda a los Estados abordar la protección y la ciberseguridad de las infraestructuras relacionadas con las elecciones y propone medidas para minimizar los riesgos de injerencia de terceros países. Por otro lado, el SEAE acaba de publicar el segundo informe sobre sobre manipulación informativa e injerencias extranjeras donde establece, como principal novedad, un marco de respuesta global, denominado “FIMI toolbox”.

En dicho informe se destacan 5 tipos de amenazas frecuentes que se producen en periodos electorales que los poderes públicos deben tener muy presentes. En primer lugar, las orientadas al consumo de información o manipulación de la agenda setting – es decir- los temas de los que se habla. En Polonia, por ejemplo, un mes antes de las elecciones que dieron fin al gobierno de Ley y Justicia, las narrativas introducidas en redes sociales cambiaron de Ucrania a temas nacionales como la migración o el cambio climático, de los más utilizados en las narrativas desinformativas. De cara a las elecciones europeas veremos que este patrón se repetirá en las esferas públicas nacionales, desplazando las narrativas orientadas a Gaza y Ucrania- utilizadas para dividir a los europeos. En los últimos meses el conflicto palestino-israeli ha desplazado a Ucrania, pasando del 60% de los casos de desinformación en marzo de 2022 a apenas el 10% en octubre de 2023 según la red EDMO. Lo que se pretende con esta estrategia es generar desconfianza en las fuentes oficiales y medios de comunicación.  

En segundo lugar, encontramos las que manipulan la capacidad de voto de la ciudadanía, es decir, las que promueven la abstención o el voto nulo. Las estrategias utilizadas tienen que ver con falsas amenazas de bomba cerca de los colegios electorales, generar confusión sobre los requisitos para votar, persuadir sobre la abstención como gesto de protesta o el uso de papeletas falsas. De esta forma se contribuye generar desconfianza en el propio sistema. 

En tercer lugar, las centradas en ataques personales a candidatos y partidos políticos a través de acusaciones de corrupción, escándalos o ataques basados en su sexo, orientación sexual o procedencia. Dos ejemplos claros, los ataques a la política holandesa Sigrid Kaag que tuvo que dejar la política o el Macronleaks de 2017. Los efectos inmediatos son el aumento de la polarización y la dedicación política como desincentivo. ¿Quién va a querer ser candidato/a en un contexto de tanta agresividad? 

En cuarto lugar, encontramos las que generan dudas sobre la propia democracia y el sistema electoral. No hace falta irnos muy lejos para buscar un ejemplo claro: el asalto al Capitolio es una de las reacciones más conocidas de este tipo de narrativas. Y muchas de ellas son incentivadas por los propios líderes populistas que utilizan las mismas estrategias que las injerencias extranjeras para hacerse con el poder y dinamitar el sistema desde dentro. 

Y, por último, las enfocadas a la infraestructura- es decir, ciberataques – especialmente sensibles en sistemas con voto electrónico. En este caso, los ataques suelen producirse contra infraestructuras secundarias o mediante la suplantación de webs como forma simbólica de demostrar el daño que pueden realmente llegar a hacer. En cuanto al momentum, el grueso de los ataques analizados se produce durante el mes anterior a las elecciones y aumenta durante las 72 horas antes de las mismas. Para este informe el SEAE ha analizado 750 incidentes diferentes, con más de 4.000 canales activos, las herramientas son cada vez más sofisticadas, debido, en mayor medida, al desarrollo de la IA que no es todavía mayoritario.

Una ciudadanía bien informada siempre será más resiliente. Este es, precisamente uno de los mantras de los países nórdicos y bálticos en sus estrategias para combatir la desinformación y el FIMI, basadas en un enfoque preventivo o prebunking, como las orientadas a la alfabetización digital y mediática desde edades tempranas incluidas en el sistema educativo. El papel de los factcheckers o verificadores es cada vez más importante, pero las medidas orientadas a combatir los efectos a posteriori, conocidos como debunking, no son las más efectivas. 

En cuanto a España, somos el tercer país, por detrás de Hungría y Bulgaria, que afirma estar más expuesto a la desinformación según el eurobarómetro. Más allá de la incorporación de la desinformación como amenaza híbrida en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2021, y de la aprobación del procedimiento de actuación contra la desinformación en octubre de 2020 en el contexto de la pandemia, se conocen pocas propuestas o acciones enfocadas a la prevención que implique a medios y sociedad civil. En contexto político toxico alimentado por la polarización pensar en una Estrategia o Pacto Nacional contra la Desinformación es casi una utopía. 

Con motivo del 20 aniversario de Facebook, The Economist titulaba que las redes sociales- las autopistas de la desinformación- son menos sociales. Se publica menos contenido y el debate se traslada a redes privadas como Whatsapp y Telegram lo que conlleva riesgos: es más difícil detectar las narrativas falsas, las cámaras de eco se agrandan y el algoritmo premia el consumo de entretenimiento en detrimento de la información. Llegados a este punto las sanciones, la eliminación de contenido, el cierre de páginas webs y cortar el flujo de financiación de los grupos organizados de la industria de la mentira, tal vez no sea suficiente. El primer paso siempre pasa por concienciar al público de lo que está pasando. Y el segundo, por fortalecer el papel de las instituciones democráticas. 

Castells afirmaba en su libro “Comunicación y poder” que quien gana la batalla de las mentes, gana la batalla del poder. Al fin y al cabo, la desinformación no es más que una herramienta que sirve para dominar las mentes en la configuración de la opinión pública. Si ésta está contaminada, la democracia se verá seriamente perjudicada. Nos jugamos mucho en las próximas elecciones en EEUU y en la UE, no hay vacuna contra la desinformación, pero sí mecanismos para que cause el menor daño posible. Entre gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, a día de hoy, Jefferson, seguramente, tendría que conformarse con gobiernos manipulados por algoritmos. 

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