Xi y la literatura: cómo piensa y quién es el presidente chino

Deconstruir la estructura de pensamiento de los líderes mundiales es una tarea tan compleja como fascinante. Esto se vuelve aún más difícil cuando existen barreras culturales que en un principio pueden llegar a parecer infranqueables. Mucho se habla de las lecturas, los gustos musicales, cinéfilos, seriéfilos, o hasta en moda, de los mandatarios occidentales. Ex presidentes como Barack Obama incluso comparten sus listas de lecturas anuales o hacen playlists para Spotify con las canciones que más han escuchado durante el año. Sin embargo, para la gran mayoría de los occidentales, otros presidentes son un completo misterio. Tal es el caso del líder de la República Popular China, Xi Jinping.

Ingeniero quimico de formación universitaria, Xi ha demostrado en numerosas ocasiones su pasión por la literatura. No es poco común que sus discursos estén llenos de referencias de obras, ya sea de ficción como de no ficción. La propaganda oficial del Partido Comunista Chino muestra a Xi como un hombre de letras, culto, que es capaz de charlar de igual a igual con las mejores mentes de su generación, y que se siente cómodo en compañía tanto de la élite empresarial mundial como de los más pobres campesinos del interior profundo chino. Aunque, como en toda construcción de cualquier personaje público, pueden existir exageraciones, la verdadera forma de ser del presidente chino no se encuentra muy alejada de esto. Desde muy joven debió afrontar adversidades poco imaginables para un político de élite.

Durante la Revolución Cultural comandada por Mao Zedong, su padre, hasta entonces un importante dirigente comunista desde los primeros tiempos de la Revolución del 49, fue víctima de las purgas maoístas a comienzos de los 60. Su castigo fue el despojo de todos sus cargos, y el envío a re-educarse, al interior del país. Durante esos años, Xi quedó solo, con 13 años, con su educación formal interrumpida debido a los guardias rojos que irrumpían en los colegios para re-educar a los profesores. De adolescente aprendió a construir presas, reparar carreteras y transportar estiércol. Compartió una cama llena de pulgas con otros tres jóvenes. Uno de ellos, Lu Housheng, le contó a la BBC en 2017: «Todo lo que teníamos para comer en esa época era avena, hierbas y bollos cocidos al vapor. Cuando tienes tienes hambre no te importa lo que comes». Lu recuerda a Xi, ya en aquellos años, como “un lector voraz” y “un fumador empedernido”, que leía todo lo que llegaba a sus manos ayudado por una lámpara de querosén en su cueva.

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A pesar de lo que le sucedió a su padre, a los 18 años decidió unirse a la Liga de la Juventud Comunista. Tuvieron que pasar algunos años de intentos infructuosos y rechazos debido al pasado familiar, hasta que finalmente, a los 21, logró unirse al Partido Comunista. Cuando cumplió 25, su padre, que ya había logardo la rehabilitación política, se convirtió en gobernador de la provincia de Guangdong, vecina de Hong Kong y uno de los motores económicos en el crecimiento chino. Su ascenso dentro del Partido no paró más y fue meteórico. Quienes lo conocieron de joven aseguran que nunca ocultó sus ambiciones de llegar a lo más alto de la estructura de poder china. A su vez, en su conducta privada siempre cultivó un perfil muy bajo, poco se conoce de su vida personal. Actualmente está casado en segundas nupcias con Peng Liyuan, una reconocida cantante china, que había alcanzado la fama mucho antes que él.

Cuando estuvo en Cuba, por ejemplo, visitó uno de los más míticos bares de La Habana, El Floridita, lugar frecuentado por uno de sus escritores preferidos, Ernest Hemingway. Xi, contó a los medios, quería conocer los lugares donde el estadounidense vivió mientras escribía El viejo y el mar, una de sus novelas preferidas. Por eso, también se acercó a Cojimar, una zona humilde de pescadores en La Habana, donde el también autor de Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas confraternizaba diariamente con los lugareños. Hemingway mismo no estuvo exento de las luchas políticas de su tiempo. Participó como soldado en la Primera Guerra Mundial, y como reportero en la Segunda; también en la Guerra Civil Española. Y si bien sólo se encontraron personalmente una vez, tenía en alta estima a Fidel Castro.

En Francia, citó en sus discursos a Maupassant, Moliere y Stendhal. Rojo y Negro, la obra maestra de este último, es uno de sus libros preferidos; gusto que comparte con su par francés, Emmanuel Macron, otro presidente a quien le gusta mostrarse como un ávido lector. Cuando viaja a Rusia, en sus discursos allí cita a los grandes de la literatura de ese país: Tolstoi, Dovstoevski, Gogol o Pushkin. Otra de sus obras más leídas, según el mismo ha dicho, es Guerra y Paz, de Tolstoi. En un encuentro con la canciller alemana Angela Merkel, le contó que en una ocasión hizo 30 kilómetros a pie, en medio de la China rural, para pedirle prestado a un amigo el ‘Fausto’, de Goethe. Allí confesó que en realidad no lo entendió demasiado, ante las risas cómplices de la alemana, que le aseguró que no debía preocuparse, pues ni siquiera los alemanes entienden demasiado a Goethe.

En la biblioteca personal de Xi también se encuentran, por supuesto, tanto clásicos chinos como la literatura canónica del marxismo-leninismo. Ha recomendado públicamente las obras completas de Marx, en especial el Manifiesto Comunista y El Capital, también ha hecho lo propio con Hegel, Lenin y los escritos de Mao. A su vez, suele citar a pensadores fundamentales de la historia china como Confucio, o al neoconfuciano Zhu Xi. Al mismo tiempo que a clásicos literarios del país como los poemas de Feng Menglong, escritos en tiempos de la Dinastía Ming, o los libros de la Dinastía Song, escritos en el Siglo X. Xi se muestra como un conocedor profundo de la historia, el arte y la literatura de su país cuando viaja al extranjero, pero también hace lo mismo cuando se dirige a su propio pueblo.

Xi Jinping es el presidente chino con más poder desde Deng Xiaoping, o incluso, como aseguran algunos, el mismo Mao. Su campaña contra la corrupción y a favor de la austeridad para los miembros del Partido (“que nadie se una al PCCh si quiere ganar dinero”, suele repetir) le han granjeado una gran popularidad entre los chinos. Junto a Mao y Deng, es el único líder comunista chino en contar con su pensamiento en la Constitución. Joe Biden, no hace mucho, aseguró en una entrevista que su homólogo chino “no tiene un solo hueso democrático en su cuerpo”. Luego alabó su inteligencia y su capacidad para conducir los destinos de un gigante como China. Quizás, aproximándose a cuáles son sus lecturas y cómo se fue moldeando su personalidad a lo largo de los años, podamos entender de quién estamos hablando cuando lo hacemos de Xi Jinping, nada más y nada menos que el presidente de uno de los dos países más importantes del mundo.

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