Venezuela, salir del pozo o revolución

En Venezuela ya no es suficiente un cambio de Gobierno. El grado de deterioro del país ha hecho que las soluciones convencionales para un país suramericano, como por ejemplo un proceso electoral, no alcancen para regresar a una senda democrática. Hablar hoy en Venezuela de una transición democrática luce más como un ejercicio académico, no sin cierto grado de idealismo, que como una posibilidad real. Esto no significa que el país esté condenado a permanecer en el foso en el que se encuentra, pero sí obliga a replantear muchos de los supuestos sobre los que se han construido las alternativas para un cambio.

Uno de los aspectos más evidentes de la crisis venezolana es el colapso económico, el cual entre otras cosas se ha traducido en una crisis humanitaria, agravada por la Covid-19, y que además ha generado uno de los movimientos migratorios más grandes del mundo en los últimos años. La crisis del sector eléctrico, así como la carencia de agua y gas, son caras de ese mismo colapso generalizado. Aunado a esto, la presencia del narcotráfico y grupos irregulares en diversas zonas del país incrementan los niveles de violencia, que aunque no se trate precisamente de un narcoestado como señala el informe de WOLA, sí debilita aún más al Estado.

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Todos los factores mencionados arriba se han conjugado para que se empiece a hablar de Venezuela como un Estado Fallido, pero ¿realmente el país caribeño ha llegado a ese nivel? Al menos hasta antes de la pandemia no, como señala John Polga en su artículo Venezuela: ¿Estado débil o fallido?: “Venezuela todavía no es un Estado fallido, pero en muchos lugares está en quiebra”. Esta frase encierra un aspecto fundamental, y es que el grado en el que un Estado falla debe ser visto como una variable continua, y no como una variable discreta, y en ese sentido Venezuela presenta muchos síntomas que dan cuenta de un Estado incapaz de cumplir con ciertas funciones fundamentales.

Si algo es cierto sobre el caso venezolano es que, si bien no es único, es bastante novedoso para la región. Se trata de una situación en la que no solo ha habido un marcado incremento de la fragilidad estatal, sino que ha ido acompañado de un claro alejamiento de la Democracia. Esto ha llevado a que Venezuela se parezca hoy más a países del norte de África que a sus propios vecinos de la región. Si se analiza el grado de fragilidad del Estado como variable continua, y además esto se hace en combinación con otras variables, tales como el grado de Democracia y el nivel de Desarrollo Humano, se tiene que Venezuela es un agente extraño en su propio vecindario.

Lo anterior obliga a cambiar el foco de comparación, tanto para el diagnóstico del problema como para sus posibles soluciones. En un artículo reciente publicado en el New York Times los autores hacen referencia a la visita que hicieron Ricardo Lagos y otros líderes chilenos a Felipe González en 1986, en la que le consultaron al líder español sobre la mejor manera de enfrentar a Pinochet, “Primero concéntrense en salir del pozo, y luego intenten ampliar su influencia, paso a paso”, habría sido la sugerencia de González. Esta recomendación se hizo en el marco de un régimen sin duda autoritario, pero que estaba muy lejos de ser un Estado Fallido.

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Alternativamente a Venezuela se le puede comparar, tal como ya se ha señalado, con países como el Líbano, Libia, o Egipto, con quienes comparte niveles similares de fragilidad, autoritarismo y desarrollo humano. Un aspecto por resaltar de dichos países es que, luego de haber transitado tiempos esperanzadores en el marco de la Primavera Árabe, se encuentran en situaciones de conflictividad o retroceso democrático. Con respecto a esto último el mensaje es claro, no basta un nuevo gobierno, si no existen un conjunto de condiciones el cambio puede significar mayor conflictividad o autoritarismo.

Todos los procesos sociopolíticos son complejos, y la Primavera Árabe no escapa de esa realidad, y así como varios países que participaron en el 2011 en las protestas que sacudieron el mundo árabe hoy se encuentran atrapados en situaciones conflictivas, hay uno de ellos que parece haber sorteado ese destino. Se trata de Túnez, país que en el año 2014 logró consolidar su transición a través de una elección presidencial, la cual le permitió revertir la tendencia a una mayor fragilidad que venía arrastrando desde años atrás. Este no es el único espejo en el que se debe mirar Venezuela, y sin duda no es un caso perfecto, pero sí es una referencia que merece ser revisada.

En el año 2011, luego que Zine El Abidine Ben Ali fuera derrocado, se constituyó en Túnez una Asamblea Constituyente. Ese espacio, si bien fue dominado por el partido Ennahda (Renacimiento), que obtuvo el 40% de los votos y 89 de los 217, forzó a que se diera una coalición entre Ennahda y los otros dos partidos con mayor votación. De este hecho se desprende una lección para Venezuela, luego del derrocamiento del Dictador lograr una coalición es clave. En el caso de Túnez el sistema político esta diseñado para que esas coaliciones sean necesarias, en el caso de Venezuela no es así y quizás sea un cambio importante por hacer.

Vías para “salir del pozo”

Efectivamente Venezuela necesita “salir del pozo”, lo que entendemos como revertir la situación de fragilidad del Estado y el retroceso democrático en el país. Sin embargo, ¿qué va primero? Para responder vale la pena identificar dos grandes posibles vías, por un lado, está la recuperación de la democracia, de tal manera que se logre cierto reconocimiento entre las partes en conflicto y su respectiva representación; por otro lado, está revertir el proceso de deterioro del Estado, evitar que la fragilidad se agudice. Ambos son importantes y no necesariamente excluyentes, pero el factor clave para que sean viables es la relación de poder entre actores en conflicto.

Esa relación de poder se da entre el Estado y la Sociedad, donde esta segunda agrupa a un conjunto diverso de actores, tales como partidos políticos, sector empresarial y en términos amplios la sociedad civil organizada. El Estado puede ser inclusivo, despótico o débil en base a su relación con la Sociedad (Acemoglu & Robinson, 2018), en la medida que hay un equilibrio será el primer caso, mientras que cuando es el Estado el que claramente predomina sobre la Sociedad se tratará de un contexto de despotismo, en tanto que una situación de debilidad estatal se da cuando la sociedad es más fuerte, entendiendo esto como un “estado de naturaleza” en términos de Hobbes.

Parte del problema de fondo de Venezuela es que esa relación entre Estado y Sociedad Civil históricamente ha estado dominada por el primero, específicamente a través de su control de la renta petrolera. En este sentido, Venezuela se parece a los países del norte de África, los cuales, al igual que Venezuela, tienen contratos sociales “que se basaban en la provisión de beneficios sociales más que en la participación política” (Zintl, & Houdret, 2020), y que, según estos autores, en el caso de los países de África fue la ruptura de ese pacto, del Estado como proveedor de beneficios, lo que originó la Primavera Árabe.

El pacto social venezolano también ha estado caracterizado por un Estado que provee beneficios, y en este momento en que eso no está ocurriendo se pudiera estar a las puertas de una mayor conflictividad. Sin embargo, una confrontación y eventual cambio de gobierno no es garantía de transición a la democracia, como ya se ha mostrado acá. El aspecto clave es que un nuevo pacto social no solo logre el reconocimiento de todos los actores, sino que cambie la relación entre Estado y Sociedad. En ese aspecto reside el gran reto del futuro de la estabilidad política y social en Venezuela.

Una vía alternativa al nuevo pacto social es la llamada transición desde adentro, que no es otra cosa que el acercamiento paulatino hacia la democracia sin que las relaciones de poder internas cambien de manera significativa, al menos no en el corto plazo. De alguna manera eso fue lo que ocurrió en México con la transición de la “dictadura perfecta” del PRI hacia un modelo más democrático; sin embargo, esto implica un supuesto que hoy Venezuela no cumple, un Estado medianamente funcional. En ese sentido, la segunda vía quizás pase primero por recuperar cierta funcionalidad estatal, en especial la provisión de servicios públicos y la seguridad.

En la crisis venezolana coinciden el aumento del autoritarismo y una mayor fragilidad del Estado, cada uno de estos aspectos por sí solos implican acciones específicas, pero cuando ambos están presentes de manera simultánea las recomendaciones deben plantearse en términos de un sistema más complejo. Un proceso electoral hoy en Venezuela que no se traduzca en un evento cuya naturaleza apunte al reconocimiento de las partes en conflicto, y además a una nueva relación entre Estado y Sociedad, solo estará condenando al país a un ciclo indefinido de revoluciones o permanecer en el pozo en el que se encuentra actualmente.

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