Una derrota, una invitación a reflexionar

En la campaña madrileña ha triunfado la retórica maniquea, inspirada por recetas de ‘marketing político’. A Comunismo o Libertad otros han opuesto Fascismo o Democracia. Los gabinetes de mercadotecnia han asentado la idea de que los ciudadanos sólo se dejan seducir por mensajes refrendatarios, con dos opciones totalmente perfiladas frente a las que votantes potenciales (los ya identificados y los predispuestos) han de elegir de manera obvia. En muchas campañas, a veces ni siquiera es necesario explicitar la alternativa. Cuando algunos apuestan por un eslogán como Independencia no hace falta explicitar Independencia o Statu quo. El debate político cotidiano ya ha sedimentado de manera muy extendida entre votantes nacionalistas que el statu quo es la alternativa a descartar (no un abanico de posibles alternativas federalizantes). De manera semejante, tras lanzar el señuelo maniqueo Comunismo o Libertad, a Isabel Díaz Ayuso le bastó forrar Madrid con una palabra: Libertad.

Determinadas palabras tienen un poder movilizador enorme si sintetizan una aspiración ampliamente compartida y que apela a profundas intuiciones morales del ser humano. ‘Libertad’ lo tiene. Lo tuvieron antes otras grandes palabras que en España capturaron anhelos colectivos. ‘Por el Cambio’ fue para el PSOE de Felipe González un motto extraordinariamente poderoso. No hacía falta pronunciar la alternativa: inmovilismo. Los españoles aspiraban mayoritariamente al cambio democrático, a la modernización, a la normalización de la situación política y económica del país en el marco europeo. Cambio bastaba para evocar todas esas potencialidades a las que casi nadie quería renunciar, y el PSOE consiguió representarlas con gran eficacia.

Sorprendentemente, ‘libertad’ fue un gran ‘motto’ de movilización de la izquierda española en los últimos años del franquismo y los primeros de la Transición (y lo había sido en el origen de movimientos socialistas a final del siglo XIX).  Como ha recordado recientemente Antonio Muñoz Molina en un excelente artículo, poco antes de la muerte del dictador en los muros de muchas paredes españolas aparecía garabateada la palabra como expresión de rebeldía democrática; ‘Socialismo es libertad’, rezaba el cartel con el que el PSOE encaraba su Congreso de 1976; ‘Libertad sin ira’, de Jarcha, terminó siendo uno de los grandes himnos musicales progresistas de la Transición.

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La derecha se la ha arrebatado a la izquierda, con escasa resistencia entre muchos sectores del progresismo. Para qué queremos la libertad si podemos ofrecer la igualdad, piensan algunos. Olvidan, por ejemplo, que ya en el Programa Máximo del PSOE, de 1879, se pretendía crear trabajadores “libres e iguales, honrados e inteligentes”. La apelación a la igualdad es un dispositivo de movilización poderoso, pero hay que reconocerle limitaciones en sociedades desiguales, donde la estratificación social está legitimada por concepciones meritocráticas: una parte importante de la ciudadanía está convencida de que las ventajas y privilegios de los que disfruta en comparación con otros (y casi siempre hay otros más abajo con los que compararse) son producto del merecimiento y deben ser protegidos frente a cualquier intento de nivelación. Lo está descubriendo (y explotando) la extrema derecha en buena parte de Europa, enfrentando a los pobres contra ‘los más pobres’ (los situados en el último peldaño, ya sean inmigrantes y otros excluidos dependientes de ayudas públicas).

Como decía el politólogo Norberto Bobbio, la aspiración nuclear de la izquierda ha sido y seguirá siendo la igualdad. Pero defenderla se convierte en causa perdida si no va aparejada a una concepción positiva, democrática y cívica, de la libertad. Frente a la libertad asocial de la derecha (la de los que tienen recursos para hacer lo que quieran), la izquierda debe ofrecer (y ofreció en su día) libertad para todos; sobre todo para los que menos tienen. Libertad desde la seguridad y la autonomía, libertad como emancipación y empoderamiento. 

Hay también sectores de la izquierda que piensan que sobran las apelaciones transversales si podemos multiplicar los destinatarios del mensaje. ¿Para qué vamos a poner todos los huevos en una cesta, si podemos interpelar a grupos interesados por la digitalización, la transición verde, el feminismo, la defensa de colectivos LGTBI, los valores del cosmopolitismo, etc? La premisa sería que acercando el mensaje a cada colectivo con cierto perfil identitario (muchas veces con contornos muy difusos y militancia muy heterogénea) podemos llegar al corazón de más gente, prescindiendo del poder de movilización de los grandes anhelos transversales pero sin renunciar, sobre el papel, a una proyección amplia. El problema quizás sea que las apelaciones identitarias más intensas sólo sintonizan con anhelos de segmentos muy minoritarios e hipersensibilizados dentro de los colectivos a los que van dirigidas. Muchas dejan frías e indiferentes a grandes bolsas de ciudadanos que quizás tengan preferencias e inquietudes compartidas con esos colectivos, pero que no tienen la intensidad para moverles a votar a un partido u otro, o al menos no lo hacen como factores primordiales. Eso en el mejor de los casos; en el peor quizás se sientan cercanos al partido por su sensibilidad a ciertos temas y apelaciones, pero les alejen o incluso repelan otros.

Los ciudadanos se mueven por narrativas ilusionantes que, en todo caso, puedan agrupar esas apelaciones particulares en marcos transversales (catch-all) como progreso, avanzar, derechos, etcétera. Si no existen o se desdibujan, muchos ciudadanos que se consideran feministas, con sensibilidad verde, que entienden la importancia de la digitalización o comparten los valores cosmopolitas frente a la xenofobia, pueden paradójicamente terminar apelados con más eficacia por mottos como libertad, con mayor capacidad de pulsar fibras morales; como aparentemente hicieron muchos votantes centristas en Madrid.

El PSOE y Unidas Podemos intentaron, a última hora, trabajar con democracia y la amenaza fascista; con escaso éxito. La inmensa mayoría de ciudadanos en España se considera demócrata, y están convencidos de que la democracia no está en peligro, ni siquiera pese al empuje de fuerzas inequívocamente reaccionarias e iliberales. Mal haría la izquierda si renuncia a la precisión en el uso de conceptos y abusa de la hipérbole, puesto que esto resta credibilidad a sus mensajes y conduce a la inconsistencia. Un partido reaccionario e iliberal no es un partido fascista, y posiblemente no haya politólogo serio que lo defienda. Y un partido conservador que puede necesitar el apoyo parlamentario de un partido reaccionario e iliberal no se entrega a los brazos del fascismo, aunque haga algo reprochable con consecuencias muy indeseables. 

Recientemente, en Estados Unidos y Europa tenemos varias experiencias que acreditan que la pujanza de la derecha radical puede conducir a un severo deterioro de la calidad democrática y a la acentuación de elementos iliberales del sistema político; muy inquietantes de por sí, pero el camino hasta llegar al fascismo es muy largo. El fascismo es un fenómeno histórico asociado a una etapa trágica como para banalizarlo colgándole la etiqueta a cualquier partido o movimiento reaccionario chusquero y con tics autoritarios con cierta influencia sobre las políticas sectoriales. 

Por eso, democracia no es un motto movilizador. La alternativa no explicitada contra la que se pide a votantes de la izquierda que voten no tiene la dimensión perturbadora y amenazante que algunos siguen creyendo que tiene. Y posiblemente no llegue a tenerla ya por mucho que se agite, al menos con la magnitud que pueda necesitarse para asegurar una movilización electoral determinante. De ahí que Ayuso y José Luis Martínez-Almeida pudieran bromear sobre las acusaciones al PP de “fascistas” sin pestañear frente a la reacción turbada y escandalizada de muchos progresistas. Tras más de 40 años de progreso democrático a todos los niveles, institucionales y culturales, hay un fantasma que ya no recorre España: el del fascismo.

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