Un contexto económico incierto

La recuperación de la economía española está en marcha, pero está siendo más lenta y menos intensa de lo anticipado. La revisión del dato de crecimiento del segundo trimestre por parte del Instituto Nacional de Estadística (INE) y el avance de las cifras de contabilidad nacional del tercer trimestre han sido un jarro de agua fría. Entre los meses de abril y junio crecimos un 1,1% inter-trimestral, muy por debajo del 2,8% inicialmente anticipado por el INE, y en el tercer trimestre avanzamos un 2%, un registro superior al del anterior, pero aun así por debajo de lo previsto y que, desde luego, no refleja el rebote que se esperaba tras el levantamiento de restricciones a la movilidad ligadas a la pandemia y el normal desarrollo posterior de la vida social. 

Es cierto que esas cifras de crecimiento contrastan con la buena marcha de algunos de los principales indicadores macroeconómicos, como los del mercado de trabajo. Según la última edición de la Encuesta de Población Activa (EPA), el número de ocupados ya supera los 20 millones, una cifra récord que no veíamos desde antes de la crisis financiera de 2008. Esto, unido a la evolución positiva de otras variables como la recaudación tributaria, sugiere que el INE probablemente acabe revisando al alza esta primera estimación de crecimiento del tercer trimestre.

Aun así, es evidente que la recuperación económica en marcha está siendo menos vigorosa de lo previsto debido, entre otros factores, al mantenimiento de las tensiones inflacionistas impulsadas por el encarecimiento de los precios de la energía y la persistencia de problemas en las cadenas de suministro globales. La exigua aportación de la demanda interna al crecimiento del último trimestre indica que la inflación, que en octubre alcanzó un nivel máximo en casi 30 años y que es superior a la del resto de grandes economías europeas, está haciendo mella sobre el poder adquisitivo de los hogares y alimentando su prudencia en cuanto al gasto en consumo. Por su parte, la inversión no termina de despegar, lastrada por la crisis energética y el incremento de los precios de los bienes intermedios, así como por el lento proceso de desembolso de los fondos de recuperación europeos Next Generation EU, que se esperaba que dieran un impulso adicional a la recuperación y el crecimiento económico.

Gráfico 1.- Tasas de inflación en la ‘eurozona’ y España (% de variación anual, 2021)

Fuente: elaboración propia a partir de datos de Eurostat.

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En el horizonte, los riesgos bajistas pueden lastrar la evolución de la economía durante los próximos meses. Entre ellos, unas expectativas de inflación elevadas a medio y largo plazo que puede que precipiten la retirada de estímulos y el endurecimiento de la política monetaria por parte del Banco Central Europeo, mediante el encarecimiento del crédito. En Estados Unidos, este proceso ya ha comenzado: la Reserva Federal anunció hace unos días que empezará a reducir sus compras de deuda, aunque por el momento no variará los tipos de interés. La incertidumbre en torno a la evolución de la pandemia y el grado de protección de las vacunas inoculadas frente a potenciales nuevas variantes de la Covid-19 que puedan surgir este invierno es otro frente de preocupación que puede pesar sobre el consumo de las familias y la reactivación económica. 

El escenario central es que todos esos riesgos irán desvaneciéndose paulatinamente durante los próximos meses, pero las principales instituciones internacionales y casas de estudios nacionales ya se han apresurado a revisar sus previsiones de crecimiento para este año, que cada vez se mueven más en el entorno del 5%, e incluso por debajo. El Fondo Monetario Internacional ya lanzó una primera advertencia en su edición de otoño de Perspectivas Económicas Globales, donde recortó significativamente el crecimiento esperado para la economía española. Lo dejó en un 5,7%, frente al 6,2% anticipado en verano. A nivel nacional, Funcas ha rebajado su previsión de crecimiento para 2021 en 1,4 puntos, hasta el 4,8%, y el gobernador del Banco de España anticipó hace unos días en el Congreso de los Diputados “una revisión significativa a la baja del crecimiento” para 2021.

Por último, las previsiones de la Comisión Europea la semana pasada confirman que la reactivación está perdiendo vigor y que, además, España se está quedando atrás en relación con sus principales socios de referencia europeos. De acuerdo con las estimaciones de la Comisión, España crecerá un 4,6% este año, lejos de los registros proyectados para otros sospechosos habituales como Grecia o Italia, para los que la Comisión prevé unos crecimientos del 7,1% y del 6,2%, respectivamente.

Gráfico 2.- Previsiones de crecimiento de las grandes economías europeas para 2021 (%)

Fuente: elaboración propia a partir de datos de la Comisión Europea.

Las cifras anteriores se alejan mucho de la estimación del Gobierno, que prevé que la economía crezca este año un 6,5%, según queda recogido en el cuadro macroeconómico que da soporte al proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2022, que está en fase de tramitación parlamentaria. Con unos niveles de crecimiento muy inferiores a lo previsto, será difícil que se pueda cumplir en el resto de las estimaciones presupuestarias. 

A todo lo anterior se añade que la economía española arrastra desde hace años importantes debilidades estructurales que no podemos obviar y que pueden condicionar la recuperación y, en último término, suponer una rémora adicional al crecimiento económico a medio y lago plazo. Contamos con un largo historial de elevados niveles de deuda pública, que no han hecho sino agravarse con la crisis pandémica; y con unos niveles de déficit estructural que antes de la pandemia ya se encontraban entre los más elevados de la Unión Europea y que las partidas de gasto estructural recogidas en el plan presupuestario para 2022 (alza de las pensiones, Ingreso Mínimo Vital, etc.) empujarán aún más alza.

Según cálculos de la Comisión Europea, el déficit estructural puede pasar de representar el 4,1% del Producto Interior Bruto antes de la pandemia al 4,7% este año; reto al que se añade la pobre dinámica de la productividad en España, que guarda una estrecha relación con algunos de los problemas del mercado de trabajo y que apenas ha crecido a un ritmo promedio anual del 0,2% en las últimas dos décadas, incidiendo en los bajos niveles de crecimiento potencial de la economía. 

Gráfico 3.- Déficit público estructural de España (2018-2023)

Fuente: elaboración propia a partir de datos de la Comisión Europea. Nota: las cifras para los años 2021 a 2023 son estimaciones

Tenemos importantes reformas estructurales en el horizonte, enmarcadas en el Plan España Puede y orientadas a imprimir una transformación verde y digital de la economía española que debiera redundar en mayores niveles de productividad, competitividad, resiliencia y empleo. El cambio demográfico, señaladamente la creciente longevidad, es otro de los retos que tenemos por delante y que deberíamos ser capaces de abordar mediante el paquete de reformas anunciado por el Gobierno. Y, no menos importante, debiéramos ir pensando ya en recuperar la senda de la estabilidad presupuestaria, anticipando un plan de consolidación fiscal centrado en sanear y reforzar la calidad de las cuentas públicas y que dote a la economía española de mayores niveles de credibilidad; más todavía en un contexto marcado por la futura reactivación de las reglas fiscales europeas. En definitiva, mucha tarea por delante.

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