‘Turbopolítica’ contra la intrascendencia

España parece instalada desde hace tiempo en la ‘turbopolítica’ (Vallespín, Gutiérrez Rubí), un fenómeno de aceleración del tiempo político observable en la concatenación de episodios excepcionales como las mociones de censura en Murcia (Comunidad y Ayuntamiento) y Castilla y León, o el adelanto electoral en la Comunidad de Madrid, con el correlato de la crisis de Gobierno provocada por la salida del vicepresidente segundo y la reaparición del transfuguismo, encarnado en la figura de Toni Cantó.

Esta aceleración, esta acumulación de sucesos que se sitúan fuera de lo que sería la vida ordinaria de nuestro sistema político, no es nueva. Responde al cambio profundo operado en éste a raíz de la quiebra de los partidos tradicionales y sus equilibrios estables como consecuencia de la crisis de 2008, una crisis económica convertida en crisis de representación a la que aún no se ha sabido encontrar salida (Sandra León). Este episodio y sus consecuencias son visibles en todas las democracias (Claudi Pérez), pero en España se reviste de una especial crudeza puesto que coincide en el tiempo con la grave fatiga de materiales del sistema nacido en 1978, que no ha sabido incorporar a las generaciones jóvenes (los hijos e hijas de la democracia, nacidos a partir de 1976).

En la última década (desde 2011, año del estallido del 15-M y del derrumbe del PSOE de la generación de la Transición) se han sucedido en la arena política episodios novedosos, inéditos en los 30 años anteriores. En las elecciones europeas del verano de 2014, por primera vez desde 1982, el apoyo conjunto a PSOE y PP no llegó al 50% de todo el voto válido. Esto se produjo en medio de la sacudida creada por tres fenómenos coincidentes: la aparición de Podemos, la abdicación de Juan Carlos I y la confesión de Jordi Pujol. En 2016 se tuvieron que repetir las generales. En el verano de 2018 una moción de censura tumbó, por primera vez, al Gobierno. En 2019 se volvieron a repetir las elecciones generales. En enero de 2020, por primera vez desde la Segunda República, se conformó un Gobierno de coalición.

Entre 1977 y 2011 se celebró una elección general cada 3,1 años, mientras que en los últimos seis ha habido una convocatoria general cada 1,5 años. De 1977 a 2015 se recurrió dos veces al mecanismo excepcional (y plenamente constitucional) de la moción de censura, mientras que en los últimos tres años se han debatido en el Congreso hasta tres mociones de censura (Pablo Iglesias y Pedro Sánchez contra Rajoy, y Santiago Abascal contra Sánchez).

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Parece evidente que algo ha cambiado en el panorama político español. El recurso a la convocatoria electoral, no sólo en el ámbito general, sino también en el marco autonómico (aquí Cataluña bate todos los récords, con cinco convocatorias en los últimos 11 años), se ha convertido en moneda corriente, aprovechando una legislación que otorga un poder casi discrecional al jefe del Ejecutivo en este ámbito (Juliana).

Hay quien ha buscado las razones de esta aceleración del tempo político en las debilidades de los actores del sistema, desde los partidos y su funcionamiento interno (Gallego-Díaz, Gascón, Dudda) hasta la personalidad de sus dirigentes (López Burniol). Es cierto que se percibe en los líderes políticos una predilección por la quema de etapas, aparentemente atacados por una necesidad incorregible de saltar de un lado a otro, de un cargo a otro, de una arena a otra, permanentemente en el foco, deprisa, deprisa. En este sentido, ha causado estupor la salida de Pablo Iglesias del Gobierno, poco más de un año después de su entrada, para encabezar la lista de Podemos en las elecciones a la Asamblea de Madrid.

Pero más allá de las razones tácticas de Iglesias para salir del Ejecutivo (Contreras y Baroja, Molina), su movimiento es coherente con nuestro tiempo acelerado y volátil, en el que nada es para siempre, todo fluye y nada permanece; ni las relaciones personales, ni los empleos, ni el lugar de residencia. Quemar etapas rápidamente no es un defecto propio de los políticos contemporáneos, sino una característica constitutiva de nuestra realidad más próxima (Hartmut Rosa). La política, en el fondo, no hace más que responder a ese elemento, no hace sino adaptarse, como se ha adaptado siempre a los cambios sociales. La diferencia de nuestro tiempo, tal vez, es que en esta ocasión la política no lidera los cambios, no los impulsa ni los define; simplemente los persigue.

A una sociedad acelerada le corresponde una política acelerada; es así de sencillo. Nuestra sociedad se basa en la búsqueda de la atención inmediata. La nuestra es una sociedad de ruido constante en la cual todo el mundo pugna por ser escuchado, por recibir atención. Los medios pelean por la atención, las marcas también, la gente compite por hacer oír su voz por encima del ruido constante, que atruena desde cientos de miles de canales a la vez. Los políticos, la política, hacen igual. Y para conseguirlo se debe a la espectacularidad, al cambio constante, a los golpes de efecto, a las jugadas (es importante este término) de último minuto.

Esta necesidad genera un tipo de política en la que es más importante (recibe más atención) el insulto de un diputado a una ministra que lo que decía esta ministra en el momento de ser insultada. Tienen más eco las sesiones de control al Gobierno, convertidas en disputas de bar transmitidas en vivo y en directo, que el debate de un decreto.

¿Son responsables de ello nuestros políticos? Claro, pero no los únicos o los primeros (Lapuente). Lo son de seguir el juego, pero no lo han inventado, lo cual quizás es aún más triste y preocupante.

El resultado de todo ello es perverso. Implica la desaparición del proceso político, su invisibilización a ojos de la ciudadanía, que sólo percibe la bronca y el griterío, las jugadas de tahúr, el circo. Todo ello convierte la política en un espectáculo más, que se ve obligada a competir con los otros espectáculos por la atención de la ciudadanía en el mercado de los canales, lo que acaba degradando la deliberación política (Innerarity). La competencia por la atención, por ser, por no quedar relegada, está convirtiendo la política en un entretenimiento más; de ahí su asimilación con las series sobre este asunto.

Esta deriva no es ajena a la creciente tecnificación de la acción gubernamental de las últimas décadas, paralela a la desaparición de modelos políticos alternativos. La práctica entrega de la gestión gubernamental a los técnicos ha dejado a los políticos sin un espacio en el que lucirse y generar atención. A partir de los años 70, el Ejecutivo robó el protagonismo al Parlamento como arena principal de la política. Nuestro sistema de Ejecutivo reforzado, plasmado en la Constitución de 1978, es prueba de ello. Las décadas que van de los años 70 a principios de este siglo son la era de los gobiernos, convertidos en los instrumentos de dirección política por antonomasia y, por lo tanto, en fábricas de liderazgos políticos.

El constreñimiento de los márgenes de acción de los gobiernos, con la creación de la Unión Europea y la dinámica de tecnificación de la propia gestión gubernamental impuesta por el paradigma neoliberal, dejó a la política sin su reclamo de atención principal. Desde entonces, ésta va desapareciendo de los gobiernos, a la par que los grandes liderazgos (Mitterrand, Kohl, González). Esto, sumado a la multiplicación de las fuentes de atención (internet, televisión digital), ha obligado a la política a competir por la atención del público desde otros ámbitos, y desde una posición menos preeminente. De ellos, el ámbito por excelencia es el terreno electoral.

Las elecciones, como culminación de la política como show, como competición, como concurso televisado, se han convertido en el mayor reclamo de atención por parte de la política y los políticos, desplazando a la tediosa y nada espectacular gestión ejecutiva, o a la reiterativa acción parlamentaria, a la que le falta el punto de subidón que sí ofrece una cita electoral. Sólo hay que ver la capacidad de captar atención que tiene una convocatoria electoral desde el mismo momento en que se anuncia; el caso reciente de Madrid es más que evidente. Lo tiene todo: tensión, drama, culminación. Las elecciones son a la política lo que la final de la Champions al fútbol. En contraste con ello, todo lo demás son partidos de Regional.

Se entiende, desde este punto de vista, la querencia de nuestros dirigentes por la convocatoria electoral permanente, por quemar plazos, por no apurar las legislaturas y estar constantemente jugando (apostando, otro concepto interesante) a convocar elecciones. Es cierto que hay una razón que apunta a la propia naturaleza de jugadores de estos dirigentes, pero eso no puede explicarlo todo.

Existe un entramado con vida e intereses propios que da aliento y empuja a los actores políticos, que vive del consumo electoral. Un entramado de yonquis donde conviven desde el mundo de la comunicación política hasta los propios medios de comunicación, pasando por publicistas, spin doctors, empresas de sondeos, tertulianos, asesorías, webs de pronósticos, fanáticos de series y analistas de todo pelaje. Todos ellos conforman una especie de complejo electoral-industrial, similar al complejo militar-industrial que denunció Eisenhower en su discurso de despedida. Este complejo ha ido tomando cuerpo en las últimas décadas y hoy en día posee cierta capacidad de satisfacer sus necesidades e intereses (no sólo económicos, que también), mediante el sometimiento a una presión permanente a unos actores políticos anhelantes, a su vez, de atención y protagonismo.

Se es injusto con la política cuando se le reclama que se comporte exactamente a la inversa de como lo hace el conjunto de la sociedad. En un tiempo en el que la economía es un gran casino, en el que los medios priorizan las noticias en función del clickbait y la legitimidad de los opinadores depende del número de seguidores en las redes sociales, la política no puede ser otra cosa que lo que es. Quizás debiera serlo, pero ¿puede? Es más, ¿tenemos derecho a exigirle que lo sea?

La exigimos que sea pausada en un mundo acelerado, profunda en un mundo superficial, desprendida en un mundo dominado por el propio interés individual, respetuosa en un tiempo de insultos y furia, sagrada en un mundo de iconoclastas. Tal vez todo sea producto de la nostalgia de un tiempo pasado, cuando la política dirigía y no iba a remolque. La última generación que creyó en ella como una herramienta capaz de cambiar sus vidas fue la nacida entre 1940 y 1960. La posteriores han nacido y crecido en otro mundo, en el que el poder transformador de la política iba desvaneciéndose hasta parecerles simplemente un plató más del gran circo multipantalla en el que viven; un guiñol, a veces incluso entretenido.

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