Trump no es fascista (pero eso no es lo importante)

Decía Isaiah Berlin que cuando las palabras entran en la esfera política, emprenden viajes semánticos imposibles de predecir. A nadie se le escapa que los significantes libertad o igualdad no tienen un significado preciso cuando se emplean en manifestaciones, parlamentos o soflamas tuiteras, sino que en dichos contextos entran en una especie de nebulosa en la cual están permanente mediados por tal o cual otro discurso. No hay nada de malo en ello: hacer política y pensar la política son actividades sociales distintas y, por tanto, les corresponden semánticas distintas. A no ser que caigamos en el error (tan propio de ciertos intelectuales) de creer que los usos del lenguaje en la esfera pública debieran seguir a los que se dan desde la vita contemplativa, es un hecho con el que debemos convivir con naturalidad.

Lo mismo ocurre con palabras cuyo significado debería en principio ser menos vago y cuyo estudio sí se reserva, al menos en parte, a la actividad académica o ensayística. Comunismo, reaccionario, posmoderno o polarización son términos que hace tiempo se arrojan al adversario y cuyas definiciones cuesta anclar. En general, su uso lingüístico tiene que ver más con la búsqueda de ciertos efectos perlocutivos que con la voluntad de matizar o aclarar con rigor, lo cual puede llevar a que se desarrolle cierta impermeabilidad entre militantes políticos y académicos al borde un ataque de nervios. Quienes estudian el populismo, por ejemplo, están viviendo la formación de esta confusión semántica en vivo y en directo, frente a la cual probablemente no haya mucho que hacer. Pero sea como fuere, la palabra que tendría que encabezar cualquier taxonomía de este tipo de términos huidizos es, por supuesto, ‘fascismo’.

Recientemente se ha reabierto la confusión en torno al concepto, provocando la intervención de politólogos e historiadores en el debate público. El detonador ha sido el asalto al Capitolio por parte de manifestantes de extrema derecha, con quienes Trump ha tenido una actitud incitadora y benevolente, que ha hecho que muchos se pregunten si acaso éste no ha desvelado, por fin, su verdadero rostro. Los grandes teóricos del fascismo como Roger Griffin, Emilio Gentile o Zeev Sternhell han tenido enormes reservas a la hora de colgarle la etiqueta al populismo de derechas contemporáneo, pero recientemente Robert Paxton ha roto el consenso.

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En realidad, el problema del abuso del término no es novedoso: lo señalaron Palmiro Togliatti e Ignazio Silone en los años 30 y se burló de él George Orwell en los 40. De hecho, es probable que lo que Gentile llama «inflación semántica del fascismo» tenga pocos años más que el propio fenómeno. Quizás también sea el caso de lo que el italiano llama burlonamente «fascismo platónico», la idea de que se trataría de una ideología que siempre encuentra nuevas y variadas encarnaciones y que existe en un lugar ideal (y esto no se dice de otras ideologías, como el liberalismo o el conservadurismo), permanentemente al acecho de un modo u otro, como un monstruo a la espera de encontrar nuevos disfraces (es la misma paranoia que algunos conservadores tienen con el marxismo desde hace un siglo).

Pero en realidad, ¿qué es el fascismo? Es evidente que la definición de cualquier movimiento político puede llevar a quebraderos de cabeza y oscilaciones temerarias en la pendiente de la abstracción de la que hablaba Giovanni Sartori, pero tras décadas de análisis y debates sí se pueden apuntar rasgos elementales. Lo fundamental es entender que el fascismo pertenece a una época muy concreta. Está íntimamente ligado a las secuelas de la Primera Guerra Mundial (con su consiguiente brutalización de la política y el irredentismo que dejó en países como Alemania, Hungría o Italia), y a la crisis del modelo democrático-liberal. Es un movimiento con reverberaciones románticas y vitalistas que se alza contra la modernidad y critica su espíritu individualista, universalista y materialista; pero no lo hace propugnando un retorno al pasado (como deseaban los tradicionalistas decimonónicos), sino prometiendo un mundo nuevo (que será también un mundo re-encantado), a menudo desde discursos apocalípticos.

En efecto, y aunque suene paradójico, el fascismo es una ideología revolucionaria y utópica y, en última instancia, anti-conservadora (el compromiso autoritario entre fascistas y derechistas estuvo lejos de ser una relación idílica) que tuvo mucho de revuelta juvenil y de ruptura generacional. Quiere construir un nuevo orden y un Hombre Nuevo que emerja de las cenizas de la decadencia liberal y aparte a unas élites decrépitas. No tiene un plan concreto para superar el capitalismo, pero sí propone introducir políticas corporativistas (que quedarían en poco, para decepción de muchos militantes), muchas de ellas influidas por el pensamiento de la izquierda nacionalista. Se opone de forma axiomática a la democracia y desea articular un vínculo místico entre un líder y su pueblo desde una jerarquía muy marcada; aunque, a diferencia de los reaccionarios, acepta la participación (siempre encuadrada) de las masas en política. Glorifica la violencia y la guerra, y presenta grandes promesas imperiales, a menudo apelando a la nostalgia por un pasado idealizado y a una movilización total de la sociedad. Quiere poner la política por encima de todo y rechaza la idea de que los individuos existan más allá de sus respectivas comunidades nacionales o raciales.

El fascismo es, en definitiva, una rama (y muy particular) de la derecha radical. Comparte con otros extremistas su anti-pluralismo y su anti-igualitarismo, pero tiene características propias que son muy específicas de su contexto histórico. Frente a ello, los nacional-populistas contemporáneos como Trump se contentan con inflamar el debate público estigmatizando a inmigrantes y minorías, socavando las victorias culturales de la New Left y flirteando con los límites de la democracia liberal, en un tira y afloja tras el cual no se esconde ningún horizonte político concreto; no digamos ya ninguna promesa utópica. Su política económica es básicamente continuista y su política exterior no ha reservado finalmente demasiados sobresaltos. Su existencia es sin duda alarmante, pero los paralelismos con el pasado son excesivos. Si lo situásemos en el periodo de entreguerras, apenas destacaría dentro de la derecha europea, y fácilmente sería eclipsado por radicales no-fascistas como Ernst Jünger o Raoul Francé. Es factible, si se desea, estirar el concepto de fascismo para incluirlo en la categoría; por ejemplo, definiéndolo como cualquier forma de autoritarismo político patriarcal y violento, pero entonces no habría forma de no colgarle la etiqueta también a Gengis Khan o a Louis XIV.

¿Significa esto que el fascismo es un fenómeno soterrado, que no debiera preocupar a nadie que conozca sus rasgos históricos característicos? La pregunta es complicada, pero diría que la respuesta debe ser negativa. El fascismo no ha desaparecido, aunque sus condiciones socio-culturales de posibilidad se hayan visto enormemente mermadas. Al igual que el anarquismo o el comunismo revolucionario, se debate entre lo que Raymond Williams llamaba «lo arcaico» (aquello que pertenece al pasado y se reconoce como un mero resto) y «lo residual» (aquello que pertenece al pasado pero sigue de algún modo operativo, capaz de dar coletazos); pero ello no implica que debamos tener una actitud laxa ante él. Fenómenos contemporáneos como la alt-right (que nunca simpatizó con Trump del modo en que se representó en algunos medios), CasaPound, algunas facciones de la Nouvelle Droite y del neo-eurasianismo o el sorprendentemente exitoso (aunque ya caído en desgracia) Amanecer Dorado son prueba de ello. No cabe duda de que cierto centrismo melodramático y cierto izquierdismo que fantasea con reeditar batallas pasadas abusan del término, pero ello no debiera conducir a no reconocerlo como fenómeno operante (si bien marginal y, como dice Griffin, «grupuscular») a la hora, por ejemplo, de inspirar acciones terroristas.

Sea como fuere, en realidad la pregunta clave quizás sea si realmente importa que Trump sea o no técnicamente fascista. Al fin y al cabo, no es necesario serlo para lanzar discursos discriminatorios y autoritarios desde la derecha. Tenemos múltiples ejemplos históricos de ello: los integrantes de la Konservative Revolution, Enrico Corradini, Franz von Papen, Ion Antonescu o Charles Maurras no eran fascistas, pero sus ideas representaban un peligro para la democracia y la convivencia nacional e internacional. Lo mismo ocurre con el racismo: existen múltiples formas de estigmatizar a minorías de forma que peligre su seguridad, pero no todas ellas son necesariamente racistas (de hecho, históricamente lo han sido tan sólo por un breve periodo de tiempo).

Lo importante es que Trump y sus aliados internacionales son objetivamente un peligro para la democracia liberal y para la convivencia multiétnica y que han demostrado que tienen la capacidad tanto de situar sus ideas en el ‘mainstream’ mediático como de contagiar a partidos conservadores. Enfrentarse a ellos requerirá muchos esfuerzos y un grado considerable de destreza política, pero desde luego contenerles no pasa por fetichizar ciertas palabras ni por ubicarles en coordenadas ideológicas de las que no participan.

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