Sorpresa en las primarias chilenas

Este domingo, la política chilena volvió a sorprendernos. Al igual que ocurrió en el plebiscito de entrada y en las elecciones a la Convención Constitucional, las encuestas fallaron, y tanto en la primaria de Chile Vamos (la derecha) como en la de Apruebo Dignidad (la izquierda), dieron la campanada dos candidatos que no eran los favoritos. Sebastián Sichel (Chile Vamos) y Gabriel Boric (Apruebo Dignidad), dos personas que hace unos meses no figuraban en ninguna quiniela electoral, serán los candidatos de estos dos conglomerados para llegar al Palacio de la Moneda. 

Quienes hasta ayer mismo eran favoritos en todos los sondeos para convertirse en el próximo presidente de Chile (Daniel Jadue, del Partido Comunista, y Joaquín Lavín, de la derechista Unión Demócrata Independiente, UDI), quedan fuera de juego. Según establecen las normas que rigen las primarias legales, tuteladas por el Servicio Electoral Chileno (Servel), los candidatos derrotados no pueden inscribirse a la elección presidencial, por lo que ambos deberán dar un paso al costado. Ahora será el turno de Boric y Sichel, que competirán en agosto con el resto de candidatos que oficialicen sus candidaturas en las próximas semanas.

Sichel, un perfil técnico para afrontar la crisis del centro-derecha

En la derecha, cuatro propuestas políticas se medían para imponer su proyecto al resto del conglomerado: Sebastián Sichel, un candidato independiente con un perfil técnico y cercano a Sebastián Piñera; Joaquín Lavín, histórico miembro de la derechista UDI que se presentaba con un programa mucho más moderado y reformista de lo habitual; Mario Desbordes, líder de Renovación Nacional y defensor de una derecha con mayor énfasis en lo social; e Ignacio Briones, ex ministro de Hacienda con Piñera y miembro del partido de centro liberal Evolución política (Evópoli). 

Estas elecciones llegaban en un momento difícil para la coalición y, tras dos años acumulando derrotas políticas y electorales, la elección del domingo era crucial para establecer cuál sería la estrategia de cara a las elecciones de noviembre. “Por primera vez en mucho tiempo, corremos el riesgo de no pasar a la segunda vuelta”, apuntaba el pasado mes de mayo un Desbordes visiblemente preocupado tras los resultados de la Convención Constitucional. En estos comicios, la coalición de Chile Vamos, que incluyó en sus listas al ultraderechista Partido Republicano, obtuvo poco más del 20% de los sufragios; una cifra muy por debajo del tercio de votos y escaños que esperaban obtener y que, como bien apuntaba Desbordes, podía ser insuficiente para pasar a la segunda vuelta de las presidenciales. 

Para entonces, el encargado de evitar la debacle será Sichel, claro vencedor de la primaria y que, aunque no era favorito, sonaba desde hace meses como el posible tapado de la elección.

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Ex presidente de Banco Estado, ministro de Desarrollo Social con Piñera y ex vicepresidente de la Corfo (organismo multisectorial encargado del fomento de la producción nacional), la figura de Sichel es la del tecnócrata por excelencia. Militó durante años en la Democracia Cristiana, y aunque luego viró hacia el centro-derecha nunca se ha considerado un derechista de pro. Se reivindica como una persona de centro y tratará de presentarse de cara a las presidenciales como un hombre de gestión capaz de enfrentarse a los problemas del país. 

Durante toda la campaña, donde se midió a tres hombres de partido, hizo gala de ser una persona libre, independiente y que no recibía órdenes de partidos. Una estrategia perfectamente medida y adecuada a un momento político donde el rechazo ciudadano a los partidos políticos se ha incrementado notablemente. Sin embargo, esta estrategia que le sirvió para derrotar a sus adversarios puede que sea insuficiente de cara al mes de agosto. Un total de 1.343.892 de personas votaron en la primaria de la derecha. 400.000 personas menos que en la de Apruebo Dignidad, donde lo hicieron 1.750.889 de personas; una brecha que tendrá que colmar Sichel si quiere llegar al Palacio de La Moneda, para lo que necesitará que los votantes de Chile Vamos se mantengan unidos y salgan en masa a votar por él. 

Aunque muchos dicen que es el mejor candidato para crecer hacia el centro, su candidatura tiene dos peligros fundamentales. El primero es que no genere adhesión suficiente dentro de los suyos. Tras una campaña bastante dura para ser una primaria, donde las críticas a los partidos han estado a la orden del día, Sichel tendrá que ser capaz de mantener unida la coalición. El segundo es que su perfil, menos ideológico que el de Desbordes o Lavín, haga más profunda la fractura de la derecha chilena que teóricos como Cristóbal Rovira Kaltwasser llevan años señalando. Como apunta Rovira en el artículo enlazado, desde el primer mandato de Piñera (2009-2013), cuando el presidente subió ligeramente los impuestos a las rentas más altas y no cedió a los chantajes de los militares pinochetistas condenados por violaciones de derechos humanos, se fue generando poco a poco un descontento en los sectores más duros de la derecha. Estos sectores se agrupan hoy en el Partido Republicano de José Antonio Kast, una formación ultraderechista que lidera este ex militante del ala más dura de la UDI. Kast, que aún no ha anunciado su candidatura a las próximas elecciones presidenciales, obtuvo un 8% del voto en 2017, un porcentaje que aspiraría a mantener o incluso a superar este mes de agosto si llega a presentarse. Para alcanzar este objetivo, algunos de sus colaboradores consideran que la candidatura de Sichel es la que más conviene a los republicanos: un técnico que rechaza definirse de derechas y que tuvo importantes responsabilidades durante el segundo Gobierno de Piñera (2017-hoy), duramente criticado por la formación ultraderechista.  

Quienes opinan lo contrario sostienen que, en una campaña en la que todos los candidatos tratarán de conquistar el centro, el riesgo de que Kast aprovechara la moderación de su adversario del centro-derecha para hacer más profunda esta fractura existiría con cualquiera de los cuatro que se presentaban a la primaria. Sin embargo, Lavín (UDI) parecía la opción más segura a la hora de amarrar el voto más derechista de Chile Vamos, que suele simpatizar con la UDI. A pesar de la moderación desplegada durante los últimos meses, y de los resquemores que había generado este viaje al centro en las filas de su propio partido, era poco probable que los militantes y simpatizantes más fieles de la UDI fueran a decantarse por un candidato de otro partido en la elección presidencial. A diferencia de Lavín, Sichel no podrá apelar a la lealtad partidaria para frenar a Kast por la derecha, y éste será sólo uno de los problemas que tendrá que afrontar el candidato en la elección más complicada para el centro-derecha en las últimas décadas. 

Boric, la victoria de una generación 

Jadue, del Partido Comunista, y Boric, de Convergencia Social (uno de los partidos que integra el Frente Amplio) fueron los dos únicos candidatos de la izquierda que compitieron en una primaria a la que finalmente no concurrió el Partido Socialista. Horas antes del cierre del plazo de inscripción a las primarias, el Partido Socialista estuvo a punto de hacerlo en la de Apruebo Dignidad (Frente Amplio y comunistas). Sin embargo, la tan anhelada primaria amplia de la izquierda resultó ser un espejismo y se vino abajo en pocas horas, pasando a un duro intercambio entre socialistas y miembros de Apruebo Dignidad. 

Finalmente, tan sólo compitieron la nueva izquierda chilena, encarnada por Boric, dirigente del partido Convergencia Social (una de las tres formaciones que integra el Frente Amplio) y el candidato del renovado y municipalista Partido Comunista, Jadue. Dos opciones con muchos más puntos en común que diferencias a nivel programático, lo que prometía una campaña de guante blanco, sin descalificaciones ni ataques personales.

En buena medida hubo juego limpio entre ambos adversarios, pero en las últimas semanas, y a medida que Boric iba ganando terreno, un Jadue cada vez más nervioso endureció el tono. El lunes pasado, en unas declaraciones de las que seguramente se arrepienta a estas horas, afirmó que las votaciones de su oponente en el Parlamento “habían permitido que hoy en día tengamos presos políticos en Chile”; una alusión al voto favorable de Boric y varios miembros del Frente Amplio a algunos artículos de la polémica Ley Antibarricadas, que se votó en el Parlamento a finales de 2019.

Estas declaraciones traspasaron el umbral del juego limpio que habían establecido ambas candidaturas y supuso el impulso final para un Boric que planteó una campaña mucho más potente que la de su adversario. Con un programa que ponía un gran énfasis en la descentralización territorial y la juventud, sin perder de vista la necesidad de transformaciones sociales y económicas profundas, Boric fue creciendo a lo largo de la campaña, como se fue reflejando en los debates televisivos. En el primero, hace tres semanas, el candidato del Frente Amplio lució un poco más a pesar de que apenas hubo confrontación, y ya en el del fin de semana pasado salió muy reforzado ante un Jadue tremendamente descolocado. 

El alcalde de Recoleta y su equipo no supieron diferenciarse de Boric a base de propuestas, ni gestionar la fuerte campaña anti-comunista de ciertos sectores, aumentada tras estallar las protestas en Cuba. Las diferencias programáticas entre ambos, como la polémica Ley de Medios de Comunicación que pretendía implantar Jadue, fueron cayendo del lado de Boric; y finalmente, sin saber bien cómo mostrar los aspectos que hacían mejor su candidatura, los de Jadue terminaron recurriendo a la carta de recriminar al Frente Amplio su excesiva moderación. Una jugada que derivó en estos ataques que rompieron el buen tono de la campaña y que contribuyeron a decantar la balanza del lado de Boric. 

La contundencia de la victoria de Boric no la esperaban ni desde su propio conglomerado, como así reconoció el candidato la misma noche electoral. El de Magallanes venció en todas las regiones del país y superó las expectativas de todas las encuestas, que de nuevo han fallado estrepitosamente. Su victoria y candidatura a la Presidencia del país supone la consagración de una nueva generación de políticos, la de los que lideraron las movilizaciones de 2011. De hecho, en estas elecciones Boric se volvió a ver las caras con la comunista Camila Vallejo, portavoz del comando de Jadue, con quien se había enfrentado en 2011 en las elecciones para la Presidencia de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Boric, Vallejo y Giorgio Jackson (dirigente del partido del Frente Amplio, Revolución Democrática), tres jóvenes que en 2011 ocupaban los puestos dirigentes más altos del movimiento estudiantil, representan a esta generación que hoy se encuentra en primera línea política. De ellos tres, ha sido Boric quien ha hecho saltar definitivamente por los aires el tapón generacional, y será el primer representante de su quinta en pelear por sentarse en La Moneda.

El diputado de Convergencia Social tendrá ahora la inmensa responsabilidad de ser el candidato de la izquierda en la elección más importante de las últimas décadas. Quien venza pilotará el que será el Gobierno de la nueva Constitución. Un Ejecutivo que Boric pretende “que salga con menos poder que con el que entró”, lo que refleja el compromiso del de Magallanes con la descentralización administrativa y las reformas que impulsen mecanismos participativos y contrapesos al Gobierno hiper-presidencialista chileno. 

Opciones de cara a la primera vuelta

Las victorias de Boric y de Sichel han supuesto, en primer lugar, un varapalo enorme para las demoscópicas chilenas, que no se acercaron en absoluto a los resultados de la elección. Nadie esperaba la holgura de sus victorias, lo que de primeras da a ambos candidatos una enorme autoridad dentro de su coalición. Ahora queda ver cómo afrontarán la carrera presidencial y las consecuencias que puede tener esto en las demás formaciones políticas.

La idea de Boric de cara a los próximos meses será ser ‘convocante’; un concepto que repitió mucho durante la campaña y que en la nueva etapa que viene puede materializarse en tratar de atraer a los sectores más progresistas de la antigua Concertación, representados por los socialistas de Paula Narváez. Sin embargo, esta operación requerirá de mucha cautela para no perder apoyos a su izquierda. Ensanchar la base social más allá de los 1.750.000 de votos de la primaria de Apruebo Dignidad es, sin duda, una prioridad para Boric si quiere convertirse en presidente, pero la posibilidad de que los sectores más beligerantes del estallido social, representados por la Lista del Pueblo, levanten una candidatura criticando su pactismo con la Concertación, es una opción real. El candidato, muy acostumbrado a pactar y considerado por muchas voces del mundo de la política como una persona abierta y dialogante, tendrá que hacer gala de sus mejores dotes para mantener un equilibrio entre crecer hacia el centro sin perder los apoyos que ya ha ganado a su izquierda los últimos meses.

En una situación semejante se encontrará Sichel, al que la sombra de Kast le perseguirá durante toda la carrera presidencial. Viajar al centro sin perder a los votantes de Chile Vamos será el objetivo de su campaña, pero ojo, que ninguna de estas dos cosas está garantizada. Si la Democracia Cristiana decide impulsar la candidatura de Yasna Provoste, el ex ministro podría encontrarse con un centro excesivamente poblado, de donde podrían pescar la democristiana Paula Narváez (si finalmente presenta su candidatura) e incluso Boric. El centro puede convertirse en un terreno tremendamente pantanoso para Sichel, que al igual que Boric deberá hilar muy fino sus equilibrios si no quiere poner en riesgo pasar a la segunda vuelta. 

El panorama chileno ha dado un giro de 180 grados en las últimas horas, y las próximas semanas serán cruciales para ver en qué términos se desarrolla la competición electoral prevista para noviembre de 2021. Por ahora, nos hemos llevado las dos primeras sorpresas. Veremos qué nos depara la política chilena.

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