Siluetas españolas en la bruma

“Es la incertidumbre lo que le encanta a uno, todo se hace maravilloso en la bruma”, según Dostoyevski. La falta de coincidencia en el gusto entre el escritor moscovita y los líderes de la UE, al menos en asuntos de economía pública, no es una revelación del momento político en España, pero sí un elemento más en su análisis. El Presidente de la Comisión, Juncker, considera urgente la formación de un gobierno que garantice la estabilidad. El Presidente del Eurogrupo, Dijsselbloem, y el Comisario de Asuntos Económicos, Moscovici, han recordado a los partidos decisivos en la conformación del nuevo ejecutivo español que tienen agendada su primera tarea: introducir más ajustes presupuestarios.

La preocupación bruselense no está relacionada con la demora en la formación del gobierno en España. Algunos Estados miembros tardan de media el doble (Bélgica) o hasta el triple (Países Bajos) de lo habitual aquí. Menos aún tiene que ver con la posibilidad de que Madrid, tras la entrada de los liberales en el ejecutivo de Cameron la legislatura anterior, deje de ser la única capital de Europa occidental sin experiencia en coaliciones. Hoy mismo 23 de los 28 gobiernos nacionales de la Unión integran ministros de al menos dos partidos. Tres son en cambio los motivos de inquietud de los políticos europeos: las debilidades de la recuperación económica en España, la menor probabilidad de que se introduzcan reformas estructurales con un gobierno no liderado o apoyado por el PP, y la contestación a la consolidación fiscal que podría venir de la mano de la entrada en el gobierno de Podemos.

España es un Estado sometido al componente corrector del Pacto de estabilidad y crecimiento, y sus objetivos macroeconómicos están en riesgo de incumplimiento desde hace meses. En los últimos cuatro años, se redujo el desequilibrio presupuestario, pero la deuda pública, que rozaba el 70% en 2011, se disparó treinta puntos. La tasa de desempleo (20,9%), especialmente juvenil (46,24% entre 16 y 24 años), sigue siendo alarmante. El verano pasado, las recomendaciones del Consejo en el marco del Semestre europeo advertían del riesgo de incumplimiento de los objetivos de déficit para 2015 (4,2%) y 2016 (2,8%). También, de la alta proporción de la población activa con un empleo temporal, o de la tasa de abandono escolar prematuro. Mencionaban, incluso, asuntos menos presentes en la discusión pública española como las deficiencias estructurales del sistema de investigación e innovación, la falta de un sistema de evaluación independiente de proyectos de grandes infraestructuras, y la ausencia de progresos en el ámbito de la fiscalidad medioambiental.

Cierto es que los partidos más relevantes en la formación del próximo gobierno español, a excepción de Podemos, están comprometidos con la consolidación fiscal. Las diferencias entre PP, PSOE y Ciudadanos residen en el énfasis sobre la necesidad de aumentar la recaudación (y cómo) y recortar el gasto (y cuál). En principio, el PP prefiere rebajas tributarias, sobre todo en beneficio de las sociedades y el patrimonio; mientras, el PSOE exploraría un incremento de la carga tributaria hacia el capital y el uso de recursos naturales finitos para poder financiar un “ingreso mínimo vital”. Podemos pone el foco, sin embargo, en el aumento de los ingresos públicos, de entre 30.000 y 40.000 millones de euros a lo largo de la legislatura, y entiende que el BCE debería reestructurar las deudas públicas de los países de la zona euro que sobrepasen el límite del 60%. Por otra parte, PP, PSOE y Ciudadanos coinciden en la defensa de “más Europa”, en general, y de una mayor integración económica y política en la zona euro, en particular. Continuarán reclamando avances en el mercado único digital, la unión energética, la unión fiscal, y la rendición de cuentas a escala europea. Podemos podría defender posiciones menos federalistas y más nacionalistas.

En resumen, un gobierno en minoría del PP supondría la continuidad del eje Berlín-Madrid. Un ejecutivo socialista abordaría una reforma fiscal progresiva, y sería más proactivo en Europa, aliándose con Francia, Italia y Portugal para intentar ampliar los plazos de reducción del déficit. Solo la entrada de Podemos en el gobierno supondría un cambio en la política europea de España. Este partido sería menos sensible a la evolución de la recaudación a la hora de ampliar gastos sociales. Sus demandas de mayor flexibilidad afectarían a la revisión de los objetivos de deuda y déficit. Last but not least, tendríamos que despejar la incógnita sobre el futuro comportamiento de sus Ministros en el Consejo de la UE, dado el riesgo de que se limiten a instrumentalizar su participación en las decisiones conjuntas, como han hecho hasta ahora los diputados de Podemos en el Parlamento Europeo.

Por lo de pronto, las piezas del rompecabezas que antes o después compondrán el nuevo ejecutivo español son siluetas en la bruma que disgusta en los entornos germano-bruselenses. Si me preguntan a mí, mientras no se invente el juego en el que nadie gane, desconfíen de quienes, como sugería el maestro Borges, traten de sobornarles “con la incertidumbre, con el peligro, con la derrota” y también de quienes se atrincheran en un falso Aleph.

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